miércoles, 18 de marzo de 2009

Viejas Historias sobre Cuentos Reales (4)

…El último en subir a bordo fue como no podía ser de otra forma Don Pedro. Con el bote asegurado en el pescante de babor, Don Ramón comenzó la maniobra de alejamiento de aquel lugar de ejecución sumaria. Realmente el buque no partía de muelle alguno, ni siquiera desde la cubierta se recogía maroma alguna recién liberada del noray en el muelle. El “Gorbea” comenzó a vibrar de forma más tozuda en su interno corazón de metal y vapor mientras desde fuera la mar enfurecida multiplicaba sus golpes de amura barriendo en cada encapillada la solitaria cubierta invadida de la sal y agua vencida ya por el metal de humana forja.

- ¡Alejandro, muchacho! ¡Cuida del herido y procura lo que necesite como hicimos contigo! ¡Quedas liberado de tus responsabilidades!
Con aquella orden Don Pedro subió raudo al puente para tomar el mando de su guardia. Don Ramón con la seriedad propia de un hombre hecho ya a su circunstancia de pequeña deidad sobre la nave destilaba el amargor de ver la desgracia que a nadie que de la mar viva pueda soportar ni siquiera observar. El “Fremont” como un pelele manoseado sin piedad ni descanso por las manadas de olas que acudían en grupos de forma cobarde, cada vez bandeaba de forma más lenta sus costados. Como si de un hermano se tratase, el “Gorbea” no lograba despegarse de aquél espectáculo mortal, era como si esperase la mano de Don Ramón y detrás de esta el cabo de la vida para su hermano de metal.




No pasó siquiera una hora con la oscuridad entrando por el este cuando llegó el último golpe, el definitivo; la proa no levantó más su otrora orgulloso mascarón y lentamente, ajeno al oleaje victorioso, la popa fue elevándose sobre la furia de viento y mar. El codaste enseñaba ya la hélice que consiguió reflejar algo del brillo de un sol oculto y en retirada que tuvo el detalle de alumbrar el estertor del “Fremont”. Cada vez más elevado sobre la proa como queriendo demostrar su hidalguía de caballero de la mar se despidió de quienes miraban aquel mensaje perpetuo de lucha y entrega. Un estruendo llegó hasta el Gorbea traído por el viento como un adiós, la crujía dejó de ser una línea, el Fremont se desgarraba mientras su chimenea desaparecía arrastrada por otra ola ebria de protagonismo en medio de aquel festín.
Todos los hombres en silencio miraban aquella estampa. Desde el puente calados hasta los huesos Don Ramón y tras él todos los demás se descubrieron. Don Pedro de manera solemne entre aquella confusión abrió vapor al tifón y un bufido rompió el silencio de cada uno que rezaban como sus padres les habían enseñado por las almas de los que allí quedaban ya sepultados para siempre. Alejandro consiguió reanimar al Capitán Imre que forcejeando se libró de las mantas hasta lanzarse a cubierta. Alejandro como pudo se abalanzó sobre él deteniendo aquella carrera suicida en la misma regala del Gorbea. Fue otro golpe mas sobre el Capitán, seguía vivo frente a su nave de la que solo pudo ver como la popa con el nombre del buque que dejaba la superficie entre burbujas, espuma y remolinos que desaparecerían en minutos de la superficie.
Abatido, derrotado y cautivo de su propia desgracia se dejó llevar hacía el comedor de oficiales donde Alejandro lo acomodó en el butacón de Don Ramón mientras el mayordomo le ofreció un caldo caliente cargado de aguardiente para aliviar de manera artificiosa semejante dolor natural. Estaba agotado después de todo y rindió su ánimo al fin. Con cuidado lo acomodaron en el camarote del práctico con Alejandro siempre a su lado como si de su padre se tratase.

Entre ruidos tan distintos como el run- run de la máquina propulsora o el del viento silbar junto a los estallidos de la mar contra el Gorbea, era un silencio dominador el que rodeaba el largo combate del hombre y el metal contra la naturaleza en estado puro. La noche trascurrió sin más pena ni más gloria que la continuidad de rumbo noroeste intentando capear la situación. Alejandro renunció a despertar al capitán y veló sus sueños tan reales como algunos gritos entre sudores. Fue una larga noche prolija en tensiones, sentimientos de compasión y mucha, mucha reflexión, quizá excesiva para un joven de quince años.

El alba anunciaba el hastío de los dioses que parecían querer anunciar su despedida por el oeste, entre sus divinas manos llevaban la pieza cobrada sin posibilidad de devolución y eso les parecía una buena razón para retirarse hasta la siguiente ocasión. El capitán Imre se despertó agitado sobre las ocho de la mañana, buscaba su camarote, el pupitre donde esperaba la carta de navegación con un ansia y fuerza imposibles de detener. Mientras gritaba Alejandro pidiendo ayuda como pudo lo contuvo hasta que justo al llegar uno de los marineros de guardia aquél alma atormentada cayó la fin en la cuenta de su nueva situación.

Así salieron del camarote para acudir al puente donde Gustav Imre como capitán del Fremont en un español con rudo acento germánico agradeció a todos y en especial a Don Ramón los esfuerzos y riesgos corridos para salvar a su tripulación. Quiso saber cuál era el rumbo y destino del “Gorbea”


- Sr. Imre, llevamos rumbo noroeste , nuestra posición es 46º 41’ N y 5º 27´ W. Arribaremos a Cardiff en Gales si este maldito temporal lo permite y los submarinos del Kaiser tiene a bien hacer la vista gorda a nuestra carga y destino.
- Graciás, capitán. Sabe usted que la bandera de nuestro buque era alemana…
Aquél "era" sonó con desgarro
- Si Don Gustav. No ha de preocuparse, en el caso de que no les permitiese abandonar la Gran Bretaña les ofrezco hacer el viaje de regreso a España a bordo del Gorbea para poder retornar a su país desde el nuestro.
- Muchas gracias por semejante ofrecimiento, en cuanto vea a mi tripulación les comentaré su ofrecimiento y le daré respuesta. ¿Puedo quedarme en el alerón, Capitán?
- ¡Por supuesto! ¡Alejandro, prepara dos cafés bien calientes para dos capitanes de la marina mercante!
Alejandro corrió al oficio a cumplir la orden mientras Don Ramón con su porte digno acompañaba a su colega de semblante abatido y andar cansino.

Mientras ambos hombres contemplaban la superficie de una mar con síntomas de cansancio Alejandro quedó apoyado sobre la regala que cerraba el puente hacia proa, justo al lado del timonel y de Don Pedro que le daba órdenes procurando mantener el rumbo. Pensar era lo que hacía mientras miraba la fina proa que rebanaba cada ola a cada rato más floja en fuerza. De vez en cuando algún roción desde la misma proa al romper le escupía sobre el rostro y lo sacaba del ensimismamiento en el que se bañaba su ser de forma intermitente desde que se toparon con el “Fremont”.



- Alejandro, muchacho. Cuídate de los rociones que vas a enfermar y después de lo pasado sería el colmo de la singladura. Anda, baja a ayudar en la cocina, te haré llamar cuando te necesitemos. Te has portado como un hombre, como un hombre de mar que es lo que se busca entre babor y estribor.
- Gracias, Don Pedro.

Con aquella medalla honorífica de más valor que el oro del mismo rey Don Alfonso bajó tres cubiertas más abajo saltando de dos en dos los estrechos escalones metálicos que lo separaban de su verdadero oficio. Las mas de 300 millas que restaban por la proa serían seguro un desfile triunfal por muchas patatas que debiera pelar…

2 comentarios:

Lúcida dijo...

Saltando de dos en dos los estrechos escalones... imaginé A Alejandro como un niño saltando de felicicidad.

lola dijo...

Es un triste relato, Dicen que el capitán se hunde con su barco, debió de sentirse muy mal el Capitán Gustav Imre, al verse alejado de su barco, sin la posibilidad de poder salvarlo. El personaje Alejandro fue una gran ayuda y un consuelo,

Bonito relato. Saludos.