domingo, 1 de marzo de 2009

En el Túnel (III y Fin)

…como verdaderos ríos, caudalosos entre lluvias y presas desbordadas vaciaron de ausencias mis días imaginarios entre semejante reino de luz y  saber esencial. No acertaba a encontrar el por qué, la razón de aquél encuentro sin sentido pues no era mi aspiración saber mi fin sin más. Como cualquier mente mortal dotada de músculo vital mi aspiración era la del puro desconocimiento sobre el fin, la marca del tiempo, la razón de su existencia. Tan sólo se conformaba mi pobre vida en la  utilidad del tiempo, el disfrute y la forma de vivir este con quien o quienes dieran a uno lo que este pobre uno pudiera dar sin más complicaciones.





La hora o lo que  se denominase  tal espacio temporal estaba decidido a hacerla llegar. No me hizo falta forzar,  ni siquiera llamar a aquella mujer que siempre estaba donde la  brisa de mi necesidad levantaba su soplo. Como el resto del tiempo pasado allí los nervios y la tensión no mostraban sus síntomas en mí. Con calma me acerqué a ella, su olor me  golpeaba como ese despertador machaca tus oídos  en el preludio de la consciencia total   cada mañana. No sabía quién era ella, pero sabía que era  ella la que sin esfuerzo daba alas o las cercenaba sin piedad a la masa de músculo   rojo que mantenía mi  flujo vital.

-          ¿y bien?¿ No encuentras en este lugar el  final del tránsito tantas veces soñado? 

-          Sigo perdido, tanto por eso como por la razón de estar aquí. Creo que no es este el lugar para mí, sino  el tren desde donde  me transpuse. El Saber y  la Razón de nada servirían llevarlo  a donde  pertenecen mis suspiros. Tachado de loco o de iluminado, una esquina sería mi destino y  poco después  sería mi alma sin cuerpo la que retornase a este reino intemporal.

-          Dices bien, pero no es tal fin el que pretendo para tu  ser de cuerpo y alma. Perdido el aire que aún respiras, ganada la verdadera energía, tras la pura desconexión este sería tu  mundo donde   desde el firmamento estrellado hasta el submundo  más inesperado desbrozaríamos los por qué de la eterna confrontación entre tiempo y  destino.

-          No sé de tiempo nada más que la pura crónica del mecánico tic tac que marca el destino mortal indiscutible. Todo lo demás es puro azar sin otro enlace que el puro golpe de timón de la propia nave humana de las que unas  embarrancan, otras zozobran y las mas navegan  pero siempre terminan por varar, pues solo hay unas millas limitadas  para navegar. Además, no será quién logre al fin  varar con la nave intacta el mejor capitán, sino el que  dibuje las mejores estelas entre cada golpe de mar aunque acabe por romper sus cuadernas antes de tocar arena en las playas del hipotético destino humano.

Escuchaba mientras me miraba sin causarme  zozobra tal y como cuando alguna mujer  me produce  mientras mis pies posan en tierra conocida.  La suerte estaba echada, mi negativa  bien fundada y sólo esperaba que me devolviesen al vagón de aquél tren o al menos sobre el balasto al que iba mi cuerpo cuando  perdí mi equilibrio   en el túnel…

-          Deseas entonces regresar al mundo que decís real, donde todo es tan falso como la  voz que lo describa.

-          Si, ese es  mi deseo,  el grado de realidad prefiero ser yo quien lo   asuma; es una apuesta a la que prefiero jugarme parte del triunfo de cada día. El riesgo de la derrota también es el premio del conocimiento por su misma vía. No creo que la verdad absoluta traiga nada a alguien que  ha nacido entre mentiras leves,  piadosas, aduladoras, manipuladoras, embaucadoras; alguien que ha descubierto verdades en miradas, en caricias, en palabras de ánimo,  entre  amistades ocultas por el tímido halo de la  vergüenza colegial; alguien que  se ha encontrado con la realidad en  tantas veces como golpes de mar, destino, amor, muerte y soledad. Creo que la verdad absoluta es un cielo que hay que tratar de alcanzar sin esperar acariciar su tapiz, es el gran viaje hacia lo desconocido en el que  cuanto más cerca estemos de tal  valor absoluto descubriremos lo  relativo que  se nos mostrará, pues serán miles de caminos diferentes los que conseguiremos  atisbar desde semejante atalaya  elevada.

-          Me duele perder tu  relativa razón como dices, pero ese  será  el destino. Sin más.

Se acercó a mí y como un remiso golpe de brisa sus labios volvieron a salpicar  de  balsámica humedad los míos mientras todo se desvanecía lentamente. La oscuridad volvía, los ruidos ensordecedores de los rieles  bajo las ruedas metálicas del "Cercanías" atronaban mis oídos. Nada veía, el golpe no acababa de llegar, sólo estaba seguro que Shambala no existía ya en mi percepción.  

El golpe no fue tal, caí sobre el balasto mientras las tres luces rojas  de fin del convoy se adentraban en la oscuridad lejana con  dirección a la capital. Nada me dolía pero no era capaz a incorporarme,  arrastrando mi extraño cuerpo desbordado por el miedo a la llegada del siguiente “cercanías”, traté de alcanzar la salida del túnel para pedir ayuda.  Salí  al fin, un frio húmedo del rocío me  empapó el rostro mientras la tenue luz  del nuevo día me permitió  situarme frente al entramado de vías y  resguardarme de cualquier sorpresa mortal. Quise sentarme apoyando mi espalda en la base de la entrada del túnel cuando me di cuenta que mi cuerpo  no era tal sino  algo parecido a un ectoplasma  sin masa corpórea sobre la que apoyar  los sentimientos. Comencé a llorar, no  sabía y tampoco me importaba  si  brotaban lágrimas, lloraba de  impotencia  abatido y derrotado sin saber  lo que  hacer o emprender.

De pronto comenzó a llover de forma fuerte, poco a poco comencé a sentir el pinchazo acerado de cada gota sobre mi piel. Un estruendo, otro tren a gran velocidad que   se abrió paso arrojándo viento ardiente de forma violenta a mi lado, golpes, gritos, voces, manos, caricias, olores…

-          ¡Despierta, son más de las ocho, llegas tarde!

Reconocí el olor, el sabor y la voz, no era  Shambala, ni  el palacio de la Razón y el Saber pero era donde estaba las razones y  por los que sabía los motivos. Entre  voces y algún grito salimos todos a la carrera, unos al colegio, otros al trabajo.





“Algún día se lo contaré” pensé mientras  aquella mañana opté por llegar a la capital en coche.   

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