jueves, 15 de abril de 2010

Las sirenas y los sueños vivos



Soplaba un fiero nordeste sobre la rada de Gijón, la temperatura en el termómetro de la playa sobre la escalerona mentía ante mi piel cobarde resguardada bajo una leve pero efectiva cazadora negra, intentando convencer que los 10 grados sobre cero eran reales. La sensación térmica no permitía sentir más de los 2 o 3ºC sobre el viento inacabable que curtía a quien osara salir del refugio de las calles de la ciudad.



Como valiente sin causa baje las escaleras de esa especie de pedestal al que mis vecinos hace ya años llamaron escalerona por ser algo más grande que las otras, que juntas se atrevían a tocar con sus peldaños la arena y la mar batiente. La pleamar se resistía con su reflujo álgido a tomar el camino de la derrota y dejar a su hermana retornar al seno materno de su ser, pero los astros, las inercias, los miles de años de simple rutina astronómica hicieron su trabajo y Doña Pleamar se dejó engatusar con su próxima vuelta a reinar y bajo valles y olas moribundas tan necias como tozudas  comenzó su retirada.

Mientras, mis descalzos pies, tan valientes ellos como insensatas sus intenciones hollaron el blando y húmedo arenal aún cubierto por una fina película de agua y sal. Choque térmico que terminó por demostrar que nada es lo suficientemente "algo" pues siempre habrá otro "algo" que lo será más. Caminaba con el frio haciéndose hueco en mí en un engañoso triunfo, pues era su propia aclimatación a mi cuerpo el que lo derrotaría en pocos segundos. Tengo que decir que el viejo Sol trataba de calentar pieles y sentidos a través del limpio cielo que nos regalaba el nordeste sin lograrlo de forma muy clara.

Dejaba a mi espalda las termas de los Romanos y la parroquia de San Pedro que tantos quebraderos le trajo en mis sueños a María Liébana tras la muerte de Gaspar. A más de un kilómetro, el rio Piles traspuesto en su género a sutil ría por su devenir femenino que  así las define, me dejaba un trecho largo para sentir lo que uno desea mientras sueña vivo entre realidades tan efectivas como incuestionables.

Puedo ver una vela cerca del horizonte, no, son dos pero es uno el navío. Si, poco a poco se aproxima con la mayor y la Génova tensas al máximo, los bigotes a proa de un blanco solo superado por el que reflejan sus velas al alumbrarlas el sol me demuestran que lleva buen andar. Siempre fue un placer el navegar "a un largo" sin temor a virar. La proa lanzada le daba ese aspecto de los viejos “pailebotes” de los 30 y los 50 que ahora tan feos los hacen de proa vertical.

La piel de gallina, el vello erizado aún no sé si por el nordeste fresco y la helada marea que aún bañaba mis pies descalzos o por presentir algo que desde dentro quiere volver a salir. Camino hacia el rio transfigurado en ría sin dejar de observar al velero que parece vaya a varar sobre la arena de la playa. Me detengo y comienzo a bracear mientras grito para dar aviso a su patrón que su orza va a hacer tierra de un momento a otro. El velero vira una cuarta a estribor mostrando su hermoso costado de puro nácar en el que puedo imaginar la cubierta de caoba rematando hasta la bañera. Pero dejo de gritar pues nadie hay sobre la rueda de su timón

Miro hacia atrás donde la avenida del muro cierra la playa con sus paseantes y sus coches sin alma y me doy cuenta que nadie mira al velero, sino a mí como si fuera algún "sonado" de los típicos y tradicionales que pueblan el paseo de la bahía. Les hago un gesto hacia el velero y algunos se sonríen mientras otro parece hablar con un policía municipal mientras me señala. “¡No lo entienden, está ahí! ¡Va a varar!” Iba a gritar tal lógica razón a semejantes mastuerzos hijos de la ciudad, cuando al girarme el velero había desparecido, una cresta a punto de caer sobre si misma era lo que quedaba del blanco nacarado de su costado de babor. ¿donde estaba?

Algo avergonzado sin casi mirar más que hacia el final de la playa apuré el paso para alejarme del lugar donde el bochorno a pesar del frio reinante coloreaba mis mejillas. Pocos minutos después los mastuerzos habían quedado borrados entre las dos últimas caricias de ola y la visión primigenia volvía a mis ojos. Me atreví a mirar sobre el último lugar donde lo perdí de vista con la nostalgia del puro deseo. Ambas juntas se quedaron aferradas a cada uno de mis brazos como las sirenas de Ulises, estas en silencio, mientras podía volver a verlo. Era ahora su aleta de estribor la que se me mostraba y su popa cerrada y en espejo como si virase hacia la salida de la playa por el otro lado desde donde yo me encontraba.

Podía sentir la presión de la nostalgia sobre mi brazo derecho y la del deseo sobre el izquierdo y hasta casi la de sus cabezas femeninas apoyadas sobre mis hombros mientras trataba de distinguir el nombre del hermoso velero. Sus letras brillaban pero no atisbaba a deletrear a aquella distancia. De pronto como si en el propio Dédalo me hubiese convertido comencé a elevarme sobre la playa; eran ellas, Nostalgia y Deseo las que me llevaban hacia él en un vuelo suave donde el rudo nordeste había desparecido.



Al fin conseguí leer su nombre, pero lo que me retumbó como verdadera andanada en el centro de mi corazón fue ver quien capitaneaba la embarcación. Me saludaba sonriente, irradiando calma y paz, tras hacerlo y con un gesto me ofreció subir a bordo. Fueron mis damas, mis sirenas; las que me habían llevado hasta allí las que aferradas a mi me retuvieron y con un gentil y suave giro me llevaron al lugar de la playa donde había comenzado aquél vuelo sin par. Ambas, Nostalgia y Deseo tras rozar sus labios inmateriales en mis sienes se desvanecieron junto a la imagen del hermoso velero.

No seguí mas allá, retorné sobre mis pasos hacia la colina de Cimavilla mientras trataba de volver a sentir el vuelo sobre mi barco, la piel de aquellas sirenas, y a mí mismo mirándome con la calma y la paz de los mares abiertos sobre mi alma.

Playa de san Lorenzo, Gijón 15/IV/2010

2 comentarios:

Alicia María Abatilli dijo...

Esas sirenas señalando destinos, buscadoras del milagro.
Un abrazo.
Alicia

Armida Leticia dijo...

Saludos desde México, el slide está lindo, escuché también la entrevista de radio, donde hablas de tu novela. ¡Felicidades por ese sueño cumplido!!!

Un abrazo.