jueves, 8 de abril de 2010

No habrá montaña mas alta... (60)



…Transcurrieron de la misma forma entre los dos sacerdotes las casi dos semanas que las lluvias obstaculizaron la llegada de los hombres enviados desde Santa Fe para escoltar el cuerpo de benigno Arriaga al que su alma portaba. Días en los que esta sustancia de puro espíritu pudo reposar al fin tras tantos años de vida en continuo combate contra la realidad imperante y emperadora, verdad de la que no comprendía las razones que un Dios todopoderoso podría tener para permitir el grado de mal, máxime llevado éste de manos que se preciaban de servir al Rey católico. Tales contradicciones, que se cumplían tanto entre su acólitos en fe como en los herejes en sus mil formas  de  besar otras tantas religiones tan buenas o malas como la suya le provocaba su propia revolución interior contra todo lo que no significara verdad, igualdad, compasión y caridad.

Don Ramiro, hombre subordinado sin dudas ante quienes creía representantes de su Dios en la tierra, sin aceptar el mal que reinaba procuraba ser esa cura leve pero continua sobre las almas que, como la de Benigno, sufrían por la frustación de ver el dolor tan cerca, con la cura tan sencilla y sin embargo imposible de alcanzar. Pasarían aún muchos años, cientos en los que la esclavitud desapareciera y aún cuando esta no figurase en los códigos comerciales seguiría subyacente entre las clases y los reinos por mantener los viejos privilegios enfundados en otras vainas que al final ocultan el mismo filo letal sobre la verdadera Libertad.

Entre tanto en la hacienda Pedro León junto con Fabián Bracamonte se metieron de lleno sobre la faena. Aquella hacienda era muy superior a la que dejó Pedro León en Torremelgarejo de nombre “Soberano” donde su protector, Diego García de Trujillo, les devolvió a todos las alas cortadas por la pérdida de la flota justo a las puertas de Sevilla. Como les relato la hacienda no era pequeña acercándose con facilidad a las 2.000 fanegas de extensión (64.000Ha) toda ella de fértiles tierras que podrían suministrar de algodón a Tierra firme y, quién sabe si a un futuro ingenio que en la misma hacienda Pedro y sus hermanas Francisca e Inés darían los mejores paños de la comarca compitiendo con los que la Flota del Tesoro trajese de la vieja España.

Los hombres liberados de las manos de Don Beltrán, confiados en las palabras de Don Arturo y tras la sangrienta escena en la que vieron morir al dañino mayoral por defenderlos, mantuvieron la calma. Aparentemente continuaban en su estado de esclavitud aunque el trato que con ellos tenían los dos “mayorales” era la de jornaleros como tantos otros y sobre todo  como Fabián Bracamonte, quien sabía tan bien lo que significaba aquella palabra.

Cuando el alguacil procedió a la entrega del jesuita a las autoridades estuvieron presentes Fabián y Pedro, además de Don Arturo con el negrero Garralda a su vera para ser testigo este último de que aquel “energúmeno” subiera al carruaje sin un solo eslabón de cadena que como reo debía acarrear y certificar ante todos que su honor recuperaba la “limpieza” que la mácula provocada por ese ángel negro había tornado en gris. Don Ramiro y el jesuita se habían despedido la noche antes en la celda con lo que un rezo en comunión antes de partir fue todo lo que se hizo en demanda de moderación por parte de la justicia del hombre y de compasión desde la divina.

Mientras todo esto acontecía en aquella comarca que circundaba al rio Magdalena, el criado de Don Arturo que además de adentrar al esbirro de Don Beltrán en la selva con dirección a Santa Marta tenía la misión de alcanzar Cartagena y denunciar el robo supuesto, llegó a la ciudad y tras cumplir con lo encomendado se dirigió al domicilio familiar de Don Arturo, lugar que nunca antes como en aquél momento merecía ese apelativo, pues la vida corría por sus pasillos entre mujeres cargadas de juventud, infantes que a cada momento eran capaces de descubrir novedad en el menor doblez de una rama y cómo no la ostensible trasformación en el alma y corazón gastado de Doña Aurora, quien de esposa de Don Arturo había pasado a verdadera abuela postiza de aquellos dos infantes, Miguel y Alicia. La alegría solamente entreverada de la tensa espera a cada amanecer de noticias desde el interior de Tierra Firme por nuevas de Fabián, Pedro y Don Arturo era la melodía constante en aquella casa.

- ¡Deprisa madre, bajad! ¡Hay noticias de la selva!

Era Alicia que observó al criado de Don Arturo entrar con premura buscando a Doña Aurora, algo que para la pequeña no se escapaba como la noticia del día, de la semana o más bien de toda la separación.

En menos que el trueno tarda en seguir a su hermano el rayo todo el mundo estaba ya en el salón de la casa donde esperaban a que Doña Aurora les contara la nuevas de sus hermanos y maridos, algo que no llegó a demorar mucho pues con la sonrisa en los labios a punto de convertirse en sonora risa, la esposa de Don Arturo les comunicó con una suave exclamación pero que llevaba la misma fuerza que un estruendo de felicidad

- ¡Nos vamos a Magangue!

Un grito de júbilo explotó en el salón, nadie sabía a ciencia cierta que había allá donde iban a ir pero no les importaba, simplemente era el viejo “El Dorado” tan buscado por Lope de Aguirre y encontrado  ahora por ellos, quizá porque era un color mas real el amarillo suave y cercano de una vida trabajada con ganas y deseo que el oro puro por sí mismo sin otro deseo que el de llegar a ser un vulgar y aislado Midas terrenal. Tras el asalto de euforia Doña Aurora les leyó la carta de Don Arturo donde les relataba de forma somera y sin entrar en detalles graves lo encontrado y cómo les esperaba en la hacienda en cuando estuvieran listas para partir. Le indicaba a Doña Aurora que enviase con una semana de antelación a su partida a dos criados avezados en el camino para así estar sobre el aviso de su llegada y salir a su encuentro.

La alegría eclipsó cualquier duda y tormento que supone la incertidumbre y la inseguridad sobre el paradero de quien se ama, aunque a veces este se encuentre tan cerca de uno como la propia piel, que también así se sufre y los preparativos comenzaron a toda prisa. Francisca como estricta organizadora y un poco hermana mayor de Inés y María se encargó de casi todo dejando a Raquel, la esposa de Fabián y a María tan solo los equipajes de sus hijos respectivos. Aquella noche decidieron que había que celebrarlo y así lo hicieron con buenas viandas, buen chocolate y larga sobremesa nocturna en la terraza. Desde allí María Fueyo un poco apartada de todo perdía sus ojos sobre la muralla con la mirada hacia el puro Caribe donde imaginaba a su otro vástago Daniel mientras esa mirada confundía el puro mar Caribe con las lágrimas que solas y silenciosas brotaban de sus ojos. Inés, a esas alturas su amiga y cuasi hermana “abarloó” su silla sobre la de esta

- María. ¿Piensas en Daniel?

María miró con gesto de complicidad a Inés sin poder negar lo evidente

- Pienso en él, en si su barco lo mantendrá a flote entre mares, vientos, corsarios y guerras, pienso en lo pasado de nuevo y…

- ¿Y qué, María?

- Pienso en Pedro, Inés nunca pensé que iría a querer a alguien más que a mi primer marido Gaspar, que el maldito Neptuno tenga a bien dejar descansar, pero esta separación, este sentimiento de ver luz y camino por el que progresar junto a él me ha dado la clave de su sentimiento y sin perder su sitio el padre de mis hijos ahora estoy segura de amar a Pedro… Inés la vida es caprichosa, cuando te crees que todo te lo ha arrebatado más tarde te entrega una bandeja de dulces sin haberlo esperado y todo vuelve a brillar.


- ¡Abrázame hermana!

Todo el mundo, incluido los niños, había detenido sus juegos y chanzas mientras escuchaban a María destilar tantos sentimientos guardados en cada uno de mil formas distintas hasta que una voz de la abuela de nuevo cuño devolvió la realidad a su lugar de honor

- ¡Infantes y damiselas! Ha sido el día de hoy grande en todo, ahora hagamos sitio a nuestros sueños mientras cargamos las energías pues mañana y los días que le siguen serán duros hasta quedar listos y prestos a la partida…

1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

La vida tiene eso, cuando crees que todo está perdido regresa la paz.
Hacer lugar a los sueños para regresar a leerte.
Saludos.
Alicia