viernes, 21 de mayo de 2010

No habrá montaña mas alta... (63)

… Mientras el correo militar devoraba buenas tiras de jamón y desatascaba su gaznate con más vino del que debería deglutir para poder llegar más tarde a buen término a Cádiz, Daniel leía la carta de Capitanía; en cierta manera devoraba su texto pues tan sólo le daba orden de presentarse antes del 4 de abril en el cuartel de marina, edificio aún situado en la misma ciudad por mucho que Don José Patiño, a la sazón ministro de Marina, se empeñase en trasladarla a la Real Villa de León. No sería él quien lograse tal avance sino otro gran sucesor suyo como lo estaba siendo ahora este. Aún quedaba una semana para cumplir la fecha, tiempo que no estaba dispuesto a dejar correr Daniel en tibias  calmas, eran casi cinco meses los que la inactividad lo minaba en su interior y deseaba acudir presto a la cita.

Con un “gracias” y una confirmación al mensajero del cumplimiento del mandato despidió al correo naval, quien en el estado en que se subió a su cabalgadura quizá llegase a zozobrar antes de arribar sobre la ciudad fenicia, pues en sus ojos se percibía un ligero temporal con viento fresco azuzado de vapores que solo el tiempo y la oportuna resaca permitirían decantar.

- ¡Tio Diego! ¡Mirad! ¡Al fin dan señales desde capitanía! ¡Creí que se habían olvidado de mi!

- Ja, ja. Creo que eso es en verdad imposible. Y si no observa el gesto de vuestro jumento que parece alegrase más que vos, pues quizá sospecha que puede llegar a librarse de las cabalgadas a Capitanía con sus cinco leguas de ida y retorno que no le habéis perdonado cada pocos días. Estoy seguro que esta vez os llevará en volandas como si el reino la yeguas celestiales lo esperaran allí donde vais.

- Tenéis razón, pero sospecho que no ha debido ser tan solo mi tenaz actitud por lograr un embarque aunque fuese de paje de pólvora. ¿Me equivoco, tío?

Un sonrisa se dibujó sin disimulo sobre el curtido rostro del hacendado.

- La verdad es que algo hubo que tejer entre semejante entramado al que sin el padrino oportuno no hay almirante de la mar océana que logre siquiera puesto de pilotín. Tuve un golpe de suerte y con el poderoso caballero que tan escaso abunda en estos días pude ayudar a armar dos viejos faluchos con los que permitir a nuestra Armada patrullar entre Cádiz y Huelva contrabandos y demás leves crímenes. Delitos que solo lo son para el que pierde la ganancia. Por tales favores  que juro por lo más sagrado no fueron con el interés aparejado a su popa el Teniente General, Don Esteban Mary, marqués de merecido nombramiento*, nos ha concedido un deseo y ese no es más que tu próximo embarque en la primera oportunidad que los mares presenten en la rada de Cádiz y que sea, desde luego, apropiada a un “marinero” de vuestra catadura.

Continuaron las bromas y las muestras de alegría en la casona donde más pronto que tarde la vieja Soledad volvería a quedarse con el también viejo Diego García, quien poco a poco la veía más cerca de nuevo imbricada entre sus venas demostrando que nunca le había dejado y que sería ella la verdadera compañera en la eternidad de sus pensamientos. Siempre la aceptó y ninca supuso miedo o temor su nombre.

La mañana siguiente Daniel no dejó al alba rayar el día sin que este le encontrase entre las lindes de la hacienda.  Con sus mejores galas se dirigió a Capitanía para recibir novedades. Las casi cinco leguas dieron casi con el fin de la mañana en la ciudad donde si mas preámbulos encaminó sus pasos ya sin caballo en el edificio que hacia la funciones de oficina naval del departamento. No era aún su estampa la de un centro donde la burocracia campase por sus respetos, pues era la flota del Rey un proyecto creciente pero aun en sus fases iniciales desde que la nueva dinastía retomó el perdido empuje naval al que se resignaron en el hechizado reino anterior.

Con su carta como salvoconducto por delante se fue abriendo paso hasta llegar al fin al despacho del Teniente General donde lo recibió con despectivo ademán su secretario, un teniente de navío que por la elevada edad representada dejaba clara su incapacidad para los asuntos del mar sobre tal líquido elemento y su afortunada recalada en los protegidos brazos que forma una mesa repleta de papeles. Por su gesto no reconocía como propia la recepción de un imberbe oficial de 21 años por parte de todo un comandante general, pero era sólo eso, un gesto de quién se creía adobado de poder por el mero hecho de rozar su mísera vida con quien ostentaba el verdadero dominio. Daniel tenía la fuerza de quien se bate con la mar por el simple hecho de sentir la vida sin más, no necesitaba de adobo alguno ante persona "tocada" de la mano de algún dios menor en forma de monarca o gobernador; con un nombre y un cargo tenía todo lo que pudiera desear. Al final el deslucido teniente enjaezado como secretario le dio paso al despacho del comandante Don Esteban Mary.

- ¡Se presenta el teniente de fragata Daniel Fueyo!

- Descanse, descanse, teniente. Siéntese.

Don Esteban, marqués de Mary era ya un hombre entrado en arrugas y canas casi ocultas en realidad tras el brillo insultante que manaba desde sus ojos acostumbrados a los reflejos del sable de combate desenvainado y a los destellos de cada andanada vivida en los duros años de los primeros años de este siglo. Pareció entablarse una hermandad entre ambos pues por diferentes razones de un mismo origen marino nacidas, el brillo era compartido.

- Así que sois sobrino de Don Diego García.

- Bueno en realidad solo de acogida pues mi familia proviene del norte de España, mi padre era…

- Bueno, bueno, no es necesario que me justifiquéis vos vuestra hidalguía. Mi fiel escribano, Crespo, algo mal encarado como habréis percibido, pero fiel y efectivo me ha puesto al día de vuestro historial desde que zarparais en la flota de Tierra Firme hace ya siete años. Sois consciente que nuestra marina esta en formación y crecimiento y hace falta algo más que un buen historial para hacerse sitio en cualquier elemento que flote y enarbole el pabellón de su Majestad. Creo que en este caso tenemos la combinación adecuada de vuestro historial prometedor y la de un buen padrino al que la Real Armada siempre deberá su apoyo en semejantes momentos. Por ello tengo para vos el sueño que buscáis en forma de nave sobre la mar.

Ahora el brillo en la mirada de Daniel podría arrasar con creces al traillado por cien combates de Don Esteban, lo que alegró el espíritu del marqués.

- Santa Rosa, ese es el nombre de vuestro destino…

*En 1717 recuperó Cerdeña. Tras la recuperación de Sicilia en 1718 la escuadra de Gaztañeta que cerraba él fue atacada sin declaración de guerra por parte de los britanos siendo su defensa propia de su pabellón.

1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Ese destino que busca aquello incierto pero milagroso a la vez.
Por Santa Rosa y por la llegada a buen puerto, mis mejores deseos.
Abrazos
Alicia