jueves, 27 de septiembre de 2007

Etruria

Aquel electricista entró decidido en la oficina. Sus ojos brillaban extrañamente, la secretaria se quedó mirando sorprendida aquella expresión. Mientras dejaba los partes de trabajo sobre la pequeña mesa gris que tenía en una esquina de la oficina la secretaria se incorporó acercándose hasta él. Sus ojos cruzaron una mirada de interrogación que no encontró respuesta en aquellas dos calderas bramantes de fuego real. Ella se retiró, siempre lo sintió y lo tuvo mas cerca que los demás. Su timidez y su nobleza hacía que todo lo que de él llegara, ella lo agilizara, lo gestionara mas deprisa, mientras un café bien dulce como a él le gustaba lo esperaba en la mesa.
Quedó solo, la cabeza apoyada sobre sus manos como si estas quisieran taparla del mundo exterior. El reflejo de su mirada sobre la mesa le aturdía. Parecía que incluso los papeles sobre esta acabarían ardiendo. ¿Por qué le había ocurrido eso a él?. Al fin y al cabo el encargado estaba allí cuando sucedió y ni siquiera se dio por enterado, aunque también hay que reconocer que no es que fuera una persona demasiado sensible para darse cuenta. Daba igual, tenía que hacer algo antes de que aquello lo quemase o simplemente enloqueciese.
Decidió volver a la obra. De forma violenta cogió su chubasquero y salió de precipitadamente hacía la calle. La secretaria estaba cada vez mas preocupada. Miró compulsivamente el reloj de plato que colgaba frente a su mostrador. Eran las doce y media, aun faltaba media hora para marchar a comer. ¿Qué hacer?, pensaba de forma ansiosa. De un golpe cerró la carpeta de facturación y salió disparada detrás del electricista. Sabía donde le tocaba trabajar ese día así que se fue directamente hacia la obra.
Fue acercándose lentamente, se podía ver sin esfuerzo, la luz era tremendamente fuerte pero permitía distinguir una silueta, las formas y los volúmenes. Justo donde había hecho el agujero para meter un cuadro eléctrico se le aparecieron aquellas imágenes que lo lanzaron al suelo como la andanada de un cañón horas antes todo permanecía estático, inmóvil, como esperando que regresara.
La secretaria como pudo alcanzó la puerta del Museo Arqueológico Nacional, mintió al guarda para que le dejase llegar a la obra de reforma en los salones de la época Visigoda para su ampliación donde trabajaba su empresa. Pasó a través de la exposición temporal sobre la civilización etrusca. No sabía a que se debían los temblores en sus piernas que comenzaron en esas salas mientras se entremezclaba por los grupos de visitas guiadas del museo.
Por fin lo encontró, estaba allí, pero una extraña luz casi lo ocultaba entre su resplandor. El resto de los obreros seguían en sus cometidos sin ver nada. Ella intentaba distinguir lo que parecía decir el electricista.
Frente a él la imagen de un arúspice con sus manos aun sanguinolentas por los hígados utilizados en las predicciones que le apuntaba con su índice siniestro. “¡Tú, mísero mortal que aquí nos traes!”, El hombre no sabía nada, no entendía nada. “ yo..., yo no os he traido” consiguió balbucear. “ De un gesto lo hizo callar. Detrás de aquel arúspice de malas pulgas se veía ahora la hilera de columnas paralelas y al final el foso donde le señalaba el altar. “Habrás de pagar con tu vida si no eres capaz de darme la que te pedí tal y como la premonición auguró”
Mientras, ella se acercaba hasta poder escuchar los balbuceos llorosos de aquel hombre al que por fin comprendió amar profundamente.
“ Vengo para cumplir la maldición de Arimnestos, ¡y ya tu sabes cual es, Tarquino!”
“¿Tarquino?, pero si creo que se llama Carlos. Aunque nunca fue muy claro en el nombre, por eso le llamábamos chispas”. Ella estaba alucinada y sorprendida, de tal forma que el miedo se había evaporado, el amor reconocido lo había hecho trizas. Aquel arúspice comenzó a recitar frases con toda la apariencia de proverbios mágicos y la luz sobre Tarquino fue poco a poco aumentando. Sin darse cuenta se interpuso su espalda entre el arúspice y su chispas al que lo vio convertido en un guerrero parecido a los de la era romana, el pecho hinchadi, salido como esperando el golpe final.

Pero el golpe no llegaba, justo le dio tiempo a abrir los ojos para ver como aquella mujer a la que él amaba pero no podía desear desaparecía desmoronándose como un reloj de arena. Sólo pudo gritar mientras el arúspice le decía adiós con un gesto en el que le confirmaba que las cuentas estaban saldadas.
La luz despareció y entonces apreció el de rodillas en el suelo rodeado de sus compañeros que lo intentaban tranquilizar pues los gritos y sus lágrimas ahora sí eran perceptibles.
Perdió su vida y perdió su amor

Dedicado a Jose Angel en su 37 cumpleaños.

4 comentarios:

Poetas del puerto dijo...

´Bonito regalo :-)

Anónimo dijo...

FELICIDADES Jose Angel,espero que a Blas no le importe que utilice su blog para felicitarte. Un besin y que tengas un muy buen dia.

La Reina

Anónimo dijo...

Gracias a todos co el corazon a quienes no se lo he podido dar en persona

Isoba dijo...

Primera historia que leo.

Muy buena. Me pasaré más veces.