lunes, 27 de octubre de 2008

Entre Alarcos y Las Navas (10)

...Soplaba la ventisca, dura y cruel como el invierno en la meseta castellana. La mesnada cabalgaba lo ágil que permitían sus suelos helados, peligrosos como espejos engrasados. Fuertes las pisadas de las cabalgaduras rompiendo el frágil cristal líquido, inseguras la de los peones con sus pies sufridos y mal calzados. Cada pequeño reducto de blanca nieve era un descanso redentor ante la dura caminata contra el duro viento del este, que clavaba como agujas de hilar sus afilados soplidos sin compasión sobre tantos rostros enjutos y arrugados por los años de vida sin oportuno descanso ni holganza; unas veces era la mies, el trigo, la molienda, otras la guerra que, como obligado condumio, movía los mundos conocidos allende los valles de cada siervo y señor.

El tímido sol no lograba aportar un mínimo gesto de calor que avivara la marcha silenciosa de la mesnada; don Alfonso, deseoso de plantar sus derechos en las tierras donde consideraba que su sobrino con artería y la ayuda de los infieles le había arrebatado, mantenía la marcha forzada. Fue alcanzar Autilla, una vez pasado Palencia con la noche ya a punto de cerrar sus contraventanas al sol, cuando decidió hacer base y descanso para la jornada final en la que entrar en el Castillo de Urueña. Se organizaron las guardias oportunas y los hombres se echaron cerca de las cabalgaduras que garantizaban calor animal a cambio de olores que a esas alturas de la marcha ya a nadie ofendían.



Tello cabalgó durante toda aquella jornada entre la mitad y la parte de atrás de aquel ejército pues, a la orden inicial de adentrase hacia la villa de Cisneros se contrapuso la de ir juntos todos hasta Ampudia. Su misión junto con otros caballeros de recién armadura no era otra que mantener vigilada la retaguardia con al menos dos leguas a la redonda. No era aquella misión agradable en tales condiciones de los elementos, pero al menos era improbable encontrar espía alguno en semejante situación. Los miedos y temores eran debidos más a una mala caída sobre los suelos helados, fríos y cortantes, que al filo de acero enemigo. Antes de retirarse a su lugar donde recogerse y tomar respiro fue Don Diego quién lo reclamó.

- Tello, hablemos ahora que aún es tiempo
- Como vos digáis, Don Diego.

Aquel trato de sumiso respeto hizo que una sonrisa brotase de las comisuras de los helados labios de Don Diego. Con algo de chanza que no sobraba en aquellos instantes se dirigió a Tello

- Perdón os demando, Don Tello, de los Pérez de Carrión, que el don os sustraje de vuestro nombre sin haberlo pensado. ¡Ja, Ja! Tello, mi buen Tello, somos caballeros y además amigos, somos casi hermanos, tu el pequeño y yo el mayor pero como hermanos al fin y al cabo. Mantengamos ese trato frente a otros caballeros, pero entre nosotros seamos y tratémonos como hermanos.
- Gracias, Don Diego… Diego.


- Muy Bien, Tello. Mañana en cuanto partamos hacia Urueña tu habrás de atravesar la tierra de Campos hasta alcanzar con la vista la villa de Melgar. No has de dejar que sea vista tu fuerza ni tu dirección, pues esa zona ya está en la linde de León. Una vez allí tu y tus cincuenta hombres a caballo no habréis de contemplar piedad frente a los bienes del rey Alfonso, el IX. Así espero que en tres jornadas desde mañana nos encontremos entre Castroverde y Villavicencio dando justo valor al castigo de quién se precia en atacar a nuestro reino, máxime en las horas de derrota y escasez de moral en la que nos encontramos. Queda dicho, Tello. Que nuestro Señor te guíe y te dé el valor que demanda tal acción.

- No os defraudaré, ni a vos, ni al Rey, ni a mi padre.
- Lo sé, Tello. Lo sé

Se retiraron a recuperar un resuello que sería difícil alcanzar entre el frío y la espera antes de la acción, pero era de ley intentarlo.

El alba, al igual que la vivida la jornada pasada, los despertó áspera entre la ventisca, el hielo y las hogueras ya muertas de la noche pasada imposibles con el frio reinante de encender. Ensillados los caballos, Don Alfonso se acerco a Tello con paso firme.

- Don Tello, confiamos en vuestra valentía y acierto en la razia. De sobra sabéis que debe ser fulminante y sin piedad. No debe quedar árbol, huerta ni ganado que pueda dar sustento a peón enemigo tras vuestra grupa. Don Diego lo mismo espero de él desde el sureste mientras nos, engañamos al grueso del ejército. ¡Suerte, por Santiago!

Con un fuerte abrazo dejó a Tello henchido de orgullo, como cualquier joven con ansias de triunfo que, ciego ante el riesgo, batirá sus fuerzas por quién le da la opción. Así se utilizan desde las muchas veces grises alturas de los poderes mundanos los buenos deseos y las buenas lides de hombres enteros, que todo darán sin percatar cuán fútil es la lealtad a tales alturas.

Se despidieron los hermanos ya sobre sus caballos, tres días quedaban por medio, tres jornadas que prometían sangre y fuego sobre hielo y ventisca. Tello con cincuenta armaduras a caballo, partió a uña de caballo, Villarramiel, Villafrades y Melgar, villas que debía pasar sin verse su cabalgar. Quizá desde los altos cielos un infanzón de su misma edad, en esos momentos estuviere observando aquellos primeros pasos con una somera sonrisa al bies, mas es esta época menos proclive a los triunfos de un guerrero como lo fue mas de cien años antes, los de Don Rodrigo el de Vivar. La suerte estaba echada...

1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Entre idas y venidas...
No creas que no te leo, te sigo, siempre.
Lo que no hago es comentarte, quizás debiera hacerlo, quizás debiera romper el silencio y llevar a Don Diego que me diga su verdad, esa que en esta historia parece ocultar.
Te dejo un abrazo.
Alicia