viernes, 31 de octubre de 2008

Entre Alarcos y las Navas (12)

- ¡Señor! ¡Su capitán se aproxima con señal de parlamento!
- Lo veo Muñarre, es el mismo Don Pedro quien se planta frente nosotros. Muy seguro debe estar su victoria. ¡Muñarre! Con nuestra vida en vuestras manos partid por detrás de nuestra loma en busca de Don Diego. No ha de haber muchas leguas entre sus hombres y este, seguro campo de batalla. Entre Medina y Aguilar ha de estar, si mis cálculos no me confunden en tal situación. ¡Lo dicho, Muñarre! ¡Partid ya! En vuestras manos queda nuestras vidas, pues o vos nos traéis el hálito que con vida las mantenga o juro que a degüello matando moriremos.

Muñarre partió con la sagrada encomienda de traer los refuerzos que sacaran a Tello y a sus caballeros de tal embarazo. Mientras tanto, Don Pedro detuvo su caballo a pocas varas del comienza de la loma.

- ¡Castellanos! ¡Que por ellos os tengo! ¡Aquí espero a vuestro capitán, a que presente sus espuelas o que firme ya su sentencia, no solo de segura muerte, sino de cobarde eterno para él y sus armas!

Tello no esperó a que aquella frase terminase, con pausa, como si de un desfile antes de una justa se tratase cruzó las pequeñas defensas colocadas de forma perentoria y con las miradas de sus hermanos de armas clavadas en su armadura se plantó junto a don Pedro, flanco izquierdo con flanco izquierdo. El rostro del castellano al servicio de León se torció por la sorpresa en un primer instante de pérdida de control, para cambiar al de pleno desprecio sobre Tello.

- ¡Caramba! no pensaba que la fuerza de Castilla tuviera tal merma para mandar a sus infantes a combatir. En Alarcos no conocí vuestro nombre, quizá hoy seáis tan cortés de decídmelo para saber antes de mataros a quién dejé sin hijo.
- Don Tello Pérez de Carrión, hijo de Don Guzmán, caballero de una sola bandera; castellano fiel a quién vuestros amigos de ocasión sufrieron hasta que cayó como hombre en el campo de batalla. Quizá sea esto algo que vos desconozcáis al dar tantos tumbos el color de vuestro pendón.
- ¡Maldito niño malnacido! ¡Gracias deberíais dadme por libraros de una muerte segura sin remisión ante los ejércitos de Al Mansur! ¡Mas ahora la suerte ya está ajustada y vive Dios que de ella nos os librará nada más que vuestro brazo y la justicia de nuestro Señor, pues no habrá piedad para quién afrenta a los Castro! ¡Rezad lo que sepan vuestros hombres porque no hay ya nada más que hablar!


Don Pedro se dio la vuelta y al galope se dirigió hacia sus soldados que doblaban los de Tello quien ya había hecho lo mismo. Tello se dolía por su torpeza, debía haber ganado tiempo mientras Muñarre tomaba contacto con la mesnada de Don Diego. La sangre traicionó a la razón. Ya solo quedaba luchar hasta que Dios onmipotente decidiera el fiel de aquella balanza virtual, donde las vidas se enfrentan sin piedad sabedoras que nunca ésta quedará con su mira vertical.


- Mis nobles caballeros, nuestros enemigos nos superan en dos a uno. Solo nos queda presentar batalla y morir si ello es preciso con la furia del oso herido. Honor haremos a nuestra tierra si es nuestra sangre la que riega estos campos robados a Castilla, gloria si además vencemos en lance tan desigual. Formaremos en cuña, doblando los hombres en cada hilera que seamos capaces formar. Seguiréis mi estela hasta romper su formación, será entonces cuando caigamos sobre una mitad hasta rodear y arrastrar a todos, menos nuestra última y más numerosa hilera, que presentará a la otra mitad pecho y defensa a nuestro ataque sobre la del flanco que señale en el momento de la carga. No queda ya tiempo, que el señor os bendiga con el paraíso eterno a quien aquí deje su cuerpo. ¡Por Castilla! ¡Honor y Gloria!


Un estallido de júbilo desde cincuenta bocas enardecidas por aquella arenga, algo que al menos sirvió como velo virtual sobre la situación real. Los hombres de Don Pedro ya formaban como la clásica caballería noble y de tal época, en línea y al trote de inicio. Se sentían seguros de su poder y clara victoria. Los castellanos, en una rápida maniobra formaron la cuña que sin pausa comenzó a galopar en pura carga de combate. Tello, Don Tello, espada tal que lanza en ristre marcaba el objetivo, no habría más de cien yardas entre ambos enemigos. No había tiempo para los hombres de Don Pedro de cambio de táctica; su sorpresa fue total, de ofensiva ahora pasaban a ser los atacados.


Don Tello avistó perfectamente la situación de Don Pedro, algo más caído a su flanco izquierdo, por lo que su carga no tuvo duda en la dirección. No eran los castellanos los que mostraban las armas de sus escudos sino los leoneses, la moral castellana hervía, bullía dando alas a los cincuenta, soñando en aquella hora ser mas de quinientos. Llegaron los golpes, acero sobre armadura, legaron los primeros caídos. El plan de Tello funcionaba, de un golpe de mano tenían a casi cincuenta hombres rodeados como atunes en almadraba, los del centro nada podían hacer sin dañar a sus compañeros de armas. Don Pedro ofuscado, con la visión enrojecida por la furia de sangre, luchaba abriéndose paso sobre los castellanos con la figura de Tello como guía.






Mientras los hombres que habían quedado separados, sorprendidos por la maniobra, sin su capitán a la vista tardaron en rehacerse. Los dieciocho hombres que hacían de frente y barrera sin atacarles, mantenían la defensa del flanco donde continuaban rodeados a los hombres que con Don Pedro se encontraban. El plan estaba funcionando, mas si no reducían o acababan con Don Pedro su superior número acabaría por dar la vuelta al fiel de la balanza; como digo virtual instrumento que pendía atenta a los acontecimientos desde su privilegiado estrado divino. Don Tello era consciente y se abrió paso entre los suyos hasta plantar su espada frente a la de aquel formidable guerrero.


- ¡Rendíos, Don Pedro! ¡Sois hombre muerto!
- ¡Maldita sea vuestra vida mil veces, malditos los que algo así pidan a uno de los Castro!¡Luchad si os quedan arrestos!


El combate continuaba, los hombres de Don Tello, entendida la maniobra a la perfección, mantenían el cerco de poco tamaño para evitar luchar contra mas brazos, los dieciocho resistían el embate de los que fuera quedaban, cayendo poco a poco sus cuerpos inertes a tierra. Era cuestión de tiempo que llegara Don Diego o que cayera don Pedro. Tello lo sabía, nunca se sintió más sereno que en aquellos instantes donde la ira suele ser la portadora de la fuerza. No escuchaba, no veía nada más que la figura de su contrincante como si de una justa se tratara. Golpes que retumbaban en la osamenta como aldabonazos de la Muerte pidiendo paso. Don Pedro perdido por la furia de un golpe partió en dos el escudo de Tello, la sonrisa salía ya triunfante entre las comisuras de aquellos labios fruncidos hasta entonces. La guardia perdida de Tello le hizo retroceder, Don Pedro ya lo tenía. Dos golpes que detuvieron la espada de su padre, no habría tercero sin muerte.



- ¡Morid, maldito! Sentid el Hierro en vuestro costillar!


Un golpe directo al pecho que solo el reflejo de un joven logró que desviado se clavase sobre el brazo izquierdo. Sangre manaba, pero Don Tello se mantenía. Con presteza uno de sus caballeros le lanzó el escudo de un caído al que como pudo engarzó sobre su brazo sangrante. Serena la mirada, dolor en el brazo y con la razón de su resistencia se abalanzó sobre su enemigo que inesperado intentó cubrir su pecho, mas Tello fue a su cabeza y como martillo de herejes de un terrible golpe hundió su espada sobre aquél casco. Don Pedro cayó, perdido el sentido a los pies de Tello que, como no hubiera para él otra cosa en derredor, dedicaba su mirada de vencedor al suelo que ya suyo sentía. Los hombres detuvieron el combate, la sangre continuaba manando de brazos, rostros; las espadas de león apuntaban al suelo. El alférez castellano, Ruy Gómez de Alba con la espada al cielo gritó.


- ¡¡¡Victoria!!!

En lontananza una nube de polvo avisaba de la llegada de los hombres de Don Diego…

1 comentario:

Lúcida dijo...

Y pensar que todo esto empezó con un sorprendente hallazgo en la estación de tren.