martes, 24 de febrero de 2009

En el túnel (I)

Entre una suave oscuridad propia del inminente amanecer se difuminaban las formas de la estación  del ferrocarril. El “cercanías” poco a poco  se separaba de ésta mientras partía hacia la capital, en su interior caras soñolientas que no se atrevían ver quien cruzaba su mirada  al otro lado. Cuerpos casi inertes que  resignados acudían a sus  trabajos, algún estudiante despistado que volvía de "doblete" a dormir lo que había derrochado entre  bailes,  copas y besos apasionados   sobre labios ahora ya algo borrosos. Todos mezclados sin orden dejaban llevar sus cuerpos  en aquella caja metálica que patinaba sereno sobre  la vía.

Mientras, mi escaso deseo dudaba entre escuchar las noticias tan poco edificantes de la emisora que parpadeaba en  el móvil con radio incorporada o leer un libro que dormía cerrado sobre mis rodillas esperando contarme algo nuevo  esa mañana. Al fin negué la mayor a ambos  ofrecimientos y me decidí  por contemplar la incipiente mañana a través de un cristal empañado y algo rayado   por nuevos  artistas  de un estilo parecido al rupestre más inicial.



Ya no traquetean los trenes, las vías han cambiado sus mínimos vacíos intersticiales por vulgares uniones soldadas que le dan continuidad a la vía hasta el fin de su recorrido, convirtiendo lo que eran diferentes almas de metal por un mismo y global cuerpo metálico. A pesar de no sentir  el  arrullo de   aquello viejos golpes metálicos perdidos en el tiempo, un sopor me invadió  mientras veía el  azul aun ennegrecido  que  borraba lentamente y sin sentirlo las estrellas que  vigilaban el  corto viaje a la capital.

Las conversaciones se volvieron borrosas, la luz  creciente  desde ese azul que comentaba  se me hizo  más brillante a los ojos. De pronto las estrellas comenzaron a moverse sin  rumbo o trazada regular.  Como si de una película de Walt Disney tales puntos de luz con  estelas de  polvo luminoso  comenzaron a dibujar  corazones, viejas  caras de  perdidos  sueños, números inconexos  entre  grúas que giraban sin control sobre cuerpos inertes desde los que brotaban gritos   representados en  intermitencias de aquél polvo luminoso  a gran velocidad. Conforme pasaban los segundos  no sé si  era la velocidad del viejo cercanías que aumentaba o si eran mis ojos los que se agotaban al intentar seguir a tanta estrella  desmadrada, pero creo que  despegué de  asiento compartido de tres plazas hasta posarme sobre el techo del vagón.

No sentía frío alguno, tan sólo el zumbar metálico por el rozamiento del pantógrafo sobre la catenaria a más de 25.000 voltios  me taladraba de forma continua mis tímpanos, sus  inesperados chispazos  cada vez que una leve desconexión de uno sobre el otro  me deslumbraban, como lo haría el enfado de  los padres  sobre la sonrisa de un niño si  el infeliz los observa en semejante “inconexión”. Entramos en el túnel que sin compasión horada la vieja loma de separación entre mi ciudad y la capital. Un viejo olor a hollín junto con el ruido ensordecedor de  semejante monstruo metálico  encerrado  bajo toneladas de tierra rompieron mi equilibrio y resbalé  desde  el techo   sin posibilidad de  rescate ni asidero sobre el que mantenerme hasta  salir del túnel.  Un nuevo fogonazo de la catenaria hacia su amante el pantógrafo acabó por deslumbrar mis ojos mientras esperaba de un momento a otro el golpe mortal sobre el suelo.

Silencio y frio, ceguera   en medio de una sensación de bloqueo mientras no acababa de  recibir el golpe mortal. Pasaban los segundos, minutos, no sabía decir  ni medir el tiempo en aquel estado en la que  las referencias habían desaparecido. Sin apoyos, duros o blandos, sin ruidos y luz para enfocar una visión perdida  la mente de un humano pierde toda perspectiva de tiempo y espacio. En aquél momento de imposible definición  la locura  era  dueña y señora de entrar en mi mente y quedarse para siempre. No hay capacidad de lucha contra lo que no te presiona ni te obliga, no hay elementos sobre los que apoyar una reacción porque no hay  tal acción sobre ti. Estás perdido, flotas sin depender de nadie y eso te hace fatuo ante la razón y el por qué de combatir.

De pronto, una mano inesperada  cogió mi antebrazo, despertándome de aquel letargo en vela ,y con la levedad de  una cometa empujada por la brisa, me  sacó del oscuro tubo ferroviario hasta dejarme postrado sobre pequeños cojines  en un inmenso bosque de pequeñas flores cuyas fragancias como vapores me sacaron  del incomprensible letargo. Aquella mano era propiedad de una mujer, alguien a quién recordaba sin duda pero no alcanzaba a  reconocer en nombre y persona. Sus ojos entre pardos y verdes me miraban sin pudor, la tez  en tonos claros  y su delgada figura  trataban de decirme quién era pero mis sentidos no  conseguían encontrar la respuesta  en tales momentos  aún  de aturdimiento. Se sentó en una especie de trono   real, butacón dorado  que apoyaba sus cuatro pequeños pies en   sendas montañas de flores que sin esfuerzo sus tallos mantenían erguidos.

-          Te estaba esperando mortal.  Hace ya  mil sacams que mi  alma esperaba tu llegada, creí que  las lunas nunca iban a dejar el cielo de nuestro reino aunque al fin escuchamos la explosión de su fin. Esa era la señal y salí a tu encuentro.

Me levanté, al hacerlo un mareo traidor y acechante me sacudió la cabeza y   sin querer una de mis manos se fue al pecho. ¡Mi corazón no latía, pero yo seguía vivo!

-          No te preocupes, ese viejo músculo aquí no te hará falta, cada día que pase sin palpitar será uno más que hayas ganado en tu carrera de humano contra a la muerte que fuera de aquí te acabará por alcanzar.

-         ¿Don… Dónde estoy?

-          ¿Conoces a James Hilton? El  quiso encontrarnos pero no era el elegido.

No recordaba ese nombre, no sabía quién había sido tal personaje…



-          Bienvenido a Shambala, elegido…

-          Pero… eso es un mito, una leyenda algo en lo que soñar sin llegar a creer.

Aquella mujer de mirada limpia simplemente sonrió, se incorporó y   se acercó a  mi. Sus labios sellaron mis dudas y me entregué sin falta de más.

-          No busques fe en lo que ya ves, no intentes creer lo que ya sientes. Aquí esta lo que buscas, aquí estás  para quienes te buscamos.

Salimos de   la enorme casa palacio hacía  la  llanura  jalonada de pliegues donde la vista se perdía y mis recuerdos  comenzaban a difuminarse sin desgarros. El “cercanías”  seguía  rodando en aquél túnel sin fin, las conversaciones navegaban entre los resuellos de quienes cayeron derrotados de nuevo ante Morfeo. A ratos mi pensamiento  intentaba volver al inicio de todo pero  intento no es nada si va contra la voluntad…

 

5 comentarios:

Armida Leticia dijo...

Te leo, disfruto la lectura y te dejo un saludo desde México.

Alicia María Abatilli dijo...

Has cambiado en tu manera de escribir, algo imperceptible habla de ese cambio.
Me gusta leerte, como siempre.
Te dejo un abrazo.
Alicia

Lúcida dijo...

Me encantan los comienzos

JoseVi dijo...

Que interesante. No acabo de comprender lo del tunel XD ¿a donde les llevara?¿esta vivo? ¿esta muerto?

Un abrazo, he pasado el fin de semana con el instructor de esgrima antigua de albacete. Lo he pasado oooooooooooooooooooooo XD

Un abrazo

Silvia dijo...

¿Hacia dónde nos llevará este viaje? No lo sé, pero yo me he comprado un billete para este cercanías.
Un abrazo