jueves, 16 de septiembre de 2010

Me apetece un beso


Hoy es un día extraño. Me apetece escribir sobre algo aunque no se por donde empezar y tratar. Tan solo me apetece hacerlo. Quizá sea por estos los días vividos en las últimas semanas donde el verano ya agoniza por este hemisferio.

Han ido pasando por la mirada infinidad de rostros, algunos dirán que siempre lo hacen pero creo que una cosa es que pasen y otra cosa es que uno pase por ellos. Pues bien, esa infinidad de rostros como bien podrán imaginar vuestras mercedes eran portadoras cada una de un enorme e inacabable listado de diferencias en sus simples expresiones.

Arrugas delgadas o de buen porte como verdaderas marcas de agua los describían casi como ese libro abierto que deseas encontrar sobre algún pupitre, sin darte cuenta que es sobre la piel de tus semejantes donde en verdad está situado pausado y expectante a tus dotes de observación.

Libro que te permite descubrir gentes con los gestos endurecidos por las privaciones en el amor y a las que el puro dolor sobre si mismas las dibujó con su peculiar dictado. Gentes que sin nada que ofrecer te devuelven el desprecio propio de su nadería espiritual mientras se apoyan en un falsario estatus creado por imaginarios honores ancestrales, o debido a los cargos dados por alguien a su voluntad amaestrado, o por una cuenta bancaria simple y fría. Gentes que bombean el brillo de su mirada entre palabras y gestos de simple complicidad donde sus historias son para escuchar en lo bueno y en lo malo, donde su estatus es algo que solo sirve de ayuda en el extremo caso de ser necesario para un bien. Gentes donde su rostro arrugado o liso, serio, redondo o de ángulos raciales culminado por sus propias palabras te demuestran que su distinta imagen es para ti tu propio espejo donde el que poder mirarte y hasta encontrarte.

Últimamente observo con mayor atención las gentes con las que comparto mis instantes, grabando en el archivo mental sus colores en forma de gestos, formas y sensaciones para así, con la calma encontrada en otro instante también eterno pero quizá algo más calmado, poder recordarlos y hasta recorrerlos para interpretar sus escondidas razones. Me doy cuenta entonces lo que las prisas vestidas en escaramuzas y rebatos nos hurta al perdernos por su causa tales pormenores vivientes tras sus rasgos.

Esas urgencias nacidas por llegar a la meta impuesta por nosotros o cualquier otro que esté en disposición de imponerlas, nos obligan a dejar todo ese cúmulo de percepciones, verdaderos motivos para creer en tus semejantes con los que sin saberlo muchas veces por los mismos agobios, convives. Apretones de tiempo que como ese imaginario murmullo de desaprobación de falsas gentes observando tus evoluciones te inyectan el temor al fracaso, empujándote a correr sobre todas las cosas y todas las personas sin pararte a saber de ellas.

Pero estos días me he parado, tomé esa decisión ya hace tiempo, pero ha sido estas últimas semanas cuando he logrado de forma progresiva reducir la marcha de este tren que de expreso es ahora un mercancías tirado por una robusta máquina de vapor del pasado siglo. Tengo que decir que me he topado con gran parte de ellos a los que casi no conocía pese que en la mayor parte los años en que habíamos corrido juntos formaban grupos mayores de cinco.

Días pasados ya, instantes en los que debía parar la locomotora agotada en busca de agua y carbón me permitieron descubrir que a gran parte de ellos los quiero de una manera indefinible en palabras si estas no van dirigidas a ellos mismos; a otros con sus postulados en las mismas antípodas de los míos que los respeto de una forma que no sospechaba por llegar casi a comprender sus posiciones y a unos pocos que tan solo los compadezco sin el antiguo odio o deseo de mal que la prisa urgente y arrebatadora por hacer meta siempre acaba por generar ante lo que la mente convierte simplificando en vulgar obstáculo.

Como verán vuestras mercedes me apetecía escribir aunque quizá de cosas que últimamente no acostumbro, pero que diversas sensaciones me han ido dejando regustos especiales por ver que en el mundo hay mucha gente que esta tan cerca de ti que no la ves, ese bosque maravilloso que es tapado por los mismos árboles que has decidido tener como puntos a temer, querer, odiar o perseguir.

Simplemente es mirar más allá para encontrar lo que has tenido frente a ti, lejos o cerca pero frente a ti con quien hablas, escribes, te diviertes, discutes y nunca lo habías tenido en cuenta como algo más que alguien que pasa cerca de ti a determinadas horas o días en el trabajo, el blog, el teléfono o en medio de la calle.



Un beso a todos ellos.



 
 

6 comentarios:

Alicia Abatilli dijo...

Ese encuentro con lo simple, por eso bello.
Un beso, increíble, dador de vida y sueños.
Una gran reflexión.
Te lo envío.
Alicia

Alfonso dijo...

Bonito post, y agradecido, aunque no comentemos, te leemos, que conste :)

Anónimo dijo...

Preciosa entrada y reflexión. Un beso para tí, desde dentro, desde el corazón.

galilea dijo...

Delicioso escrito.
Me vino la idea de que tal vez, sea la reflexión, en forma de poema, que viene a dar paso al otoño ya cercano.

Un placer leerte.

¡saludos!

:)

galilea dijo...

Mejor dicho... en forma de prosa poética.

;)

lola dijo...

Me gustó la forma como describes, la manera tan atenta de observar a los demás, sus caras, sus expresiones y yo creo que cada cual con pensamientos tan variados unos de otros.
Me encantó tu entrada como todo lo que escribes.

Saludos

Nota: Hacía ya tiempo que no escribía nada en mi blog, ni visitaba a los camaradas blogueros.