lunes, 27 de septiembre de 2010

No habrá montaña mas alta...(89)


…cuántas veces no había sentido el mismo pánico  interno por lo incierto  del  siguiente golpe contra la nave. Cuántas veces había vivido a bordo de no importa que minúsculo navío frente al océano convertido en  el conjunto letal de las furias del mundo contra él. Daba igual, por más que hubieran sido ya más de las que pudiera contar con los dedos de sus ahora empapadas manos cada  temporal enfundado con traje de galerna era una nueva prueba de su derecho a hollar la piel de Neptuno. Trataban de mantener el rumbo cuasi directo hacia el estrecho pero la galerna llegaba cargada de vientos puros del oeste y la empopada no traería más que problemas. Había que capear  y resistir hasta que el ojo de la galerna los diera su espalda y poder retomar el rumbo  estimado hacia Cádiz.

-         -  ¡Capeamos con el mínimo trapo, maestre! ¡Rumbo noroeste!

Los pitos del nostromo se percibían lo justo para interpretar y continuar con la maniobra entendida sin casi  recibir el grueso de su pitada. Casi de trasluchada sobre el  potente vendaval del oeste hasta  zafar el viento de puro través y enfilar de forma cansina y resignada  el mismo soplido impío sobre la amura de babor, la maniobra fue relativamente corta  hasta  que con un minúsculo tormentín colgado del trinquete sobre el estay que unía a este al bauprés garantizaron la mar  furiosa sobre  dicha amura.

Tambuchos, lumbreras y todo lo que no se llamara o hiciera de  imbornal hacía horas que estaba sellado  como el tesoro real. Los hombres que estaban a la maniobra mantenían sus puestos atentos a cualquier cabo amenazando su rotura, pasteca sin futuro o  lona rasgada. Mientras Segisfredo junto al piloto, el viejo Rafael Toscano con sus posaderas curtidas en cientos  de tempestades como esa y al que  la incertidumbre  le dolía menos que al joven Segisfredo se mantenían  amarrados a la rueda del timón manteniendo  entre ambos el rumbo marcado por los puros vientos.

La borrasca en su  desplazamiento combinado con el rumbo de capa que mantenían en el bergantín fue abatiendo a la pequeña nave con un rumbo nordeste que  no podían comprobar por la cerrazón de un cielo negro como sus propias esperanzas. Dos días sin tregua fueron agotandoánimos como esa puntilla que tras los once tratando de ganar millas sobre la que ahora los tenía atrapados entre sus vísceras de espuma y sal estaban siendo letales en los reflejos de  cada uno. Eran ya más de dos semanas sin comer caliente por temor a los incendios, casi quince jornadas de no llegar a secar sus ropas  ni alcanzar un  minuto seguido de otro en cada mísero descanso cada vez mas corto.

Y lo que  amenazaba terminó por cumplir tal promesa, los obenques del trinquete  aflojaron en sus trincas sobre la borda dejando el palo  sin  el sustento mientras el viento como  segundo jinete de  aquella reducida apocalipsis trataba  a dentelladas imaginarias devorando el tormentín izado sobre el palo hasta hacerlo  quebrar con un  grito  capaz de escucharse sobre la eslora del “Santa Rosa”.

-          ¡¡¡ Atención a proa!!! ¡Va a caer el mástil! ¡Templad los cables por todas las vírgenes del Papa de Roma!

A cada golpe de viento lo seguían miles de litros de agua  que encapillaban desde la amura de babor. Fue así en la enésima ola que engulló la cubierta barriendola sin piedad  la que al dejar la nave por la aleta de estribor descubrió el cuadro dantesco del bergantín sin la mitad del mástil mientras los hombres trataban de desenredar sus  brazos y piernas sobre el enjambre de nudos y madejas formadas entre cabos y trozos de madera arracadas del mástil aún vivo.

-          ¡Maestre, aparejo de fortuna sobre el mástil!

Era la orden,  mas no era necesaria pues  estaba claro el paso a dar ante la situación. Debían recuperar  el empuje mínimo de la nave para mantener el gobierno de esta,  evitando convertirse en un mero alfeñique de semejantes   dioses convertidos en recaderos de muerte y fracaso. Viento y mar que parecían reírse de aquellos minúsculos hombres  repletos de orgullo  vano  sobre la mar serena bajo banderas de mil colores a los que había que demostrarles quienes eran los verdaderos dueños de aquellos reinos de viento, agua y sal.  
A casi mil millas al este de  aquella dantesca situación una escuadra, pertrechada y alistada zarpaba de Cádiz orgullosa con destino a Alicante. A bordo del “Santiago” don Blas de Lezo  comandaba  la flota  que se uniría a la expedición del Conde de Montemar para atacar la  ciudad de Orán  en la Berbería. A bordo Daniel   como teniente  en turno de guardia observaba orgulloso la isla de León  desde la altura del navío empujado por un viento  fresco que hinchaba las velas ignorando  que ese viento era el resto del que acababa de destrozar el trinquete de su  perdido bergantín.

Volvamos al “Santa Rosa” donde el aparejo de fortuna, bien trincado permitió mantener la “capa” frente a un temporal que no dejaba de arreciar. Tal era la situación que bastaron cuatro jornadas para  plantarse sin  que la dotación se diera cuenta a menos de quince millas del cabo Silleiro en su enfilación  este nordeste. Habían trascurrido casi seis jornadas desde  la última posición tomada de manera fiable al sur de la isla de Santa Maria (Azores) desde la que habían recorrido  por puro abatimiento de la galerna caso 800 millas para plantarse   frente a  acantilados caprichosos y tétricamente juguetones junto al viento, que tanto podrían darle la vida y salvación sobre la bocana de ría o  romper en pedazos la nave entre sus rocas y bajíos invisibles en aquel obstinado temporal.

-          ¡¡¡Tierra por la popa, Capitán!!!
-          ¡Malditos y retorcidos demonios! ¡No me puedo creer que vayamos a dar con la costa portuguesa sin opción a salvar siquiera la vida!


No se podía distinguir la costa salvo en un oscuro borrón como gota de tinta divina que  a su alrededor destruyera palabra  escrita. Quedaban horas escasas para el mediodía y parecía puro atardecer de invierno en su luz.  Sus temores eran tan negros como la visión imaginada de la costa portuguesa cerrada en sus acantilados, pero la providencia divina o no en su apriete habían elevado los grados de latitud algo más al norte y quizá  con un poco de suerte la costa abrupta pero abierta  sobre el Silleiro daría una oportunidad. Eso y que en la mente de Segisfredo  como en la de Daniel desde que salieron de la escuela  regían con la máxima que a la Real armada le daría siempre un punto de esperanza frente a enemigo “nunca abandonar, siempre hay otro movimiento”…


2 comentarios:

Armida Leticia dijo...

Un saludo desde México, he andado ausente de la red, pero ya estoy de vuelta. ¡¡¡Blas de Lezo, un personaje impresionante!!!

Alicia María Abatilli dijo...

Ya está tenido olor a otro libro.
Es excelente, felicidades, amigo mío.
Alicia