sábado, 25 de septiembre de 2010

No habrá montaña mas alta...(88)



…Correo, materiales y órdenes entregadas a la autoridad marítima de La Perla de Caribe, lugar donde otro gran astillero alimentaba la flota española de briosos navíos que alcanzaría varias décadas después a botar el mayor navío armado de la historia que los vientos impulsaran en el viejo mundo. El bergantín correo “Santa Rosa” sacando a cada impulso del viento el máximo beneficio, ligero como una gaviota, rasgaba el Canal de Bahama ávido por romper olas sobre el océano abierto en carnes de espuma y sal. La villa de San Agustín más al norte cerraba como quien dijera los dominios propios quedando aun tierra por abrir hacia el norte que ni britano ni hispano aún entraran a pelear por tales. Nada de esto preocupaba a Segisfredo como comandante del correo, pues tan solo deseaba arribar a La Caleta donde su mirada real se confundía imaginando cálidos paseos con Mª Jesús. Propias ensoñaciones de hombre de mar enamorado que la apertura de horizontes y la lejanía sobre la sociedad terrestre producía en la mente de tal sin traba con sabor a terrena realidad.

- El océano nos da paso, capitán. Cuatro mil millas por la proa que las bendiga nuestro Señor libres de mal y repletas de buen aire.

- Ruega tal cosa a la Virgen cuanto antes porque ese color que amenaza por avante no augura buenos tiempos. Piloto, marque rumbo al sur de Azores, no será al sur de estas donde nos busque inglés o pirata que lo mismo da. Voy a repasar con el maestre el estado de la nave, no me gusta nada lo que se ve a proa.

- A la orden mi capitán.

Mientras el correo se adentraba en el Atlántico sin otra opción que ganar millas al otro lado del océano Daniel preparaba su embarque a bordo del “Santiago”. La confirmación era ya firme desde capitanía, limpio su historial para el futuro abierto ahora a vida o muerte, donde sería su empuje y el Destino siempre expectante por la actuación de quien fuera su deudo en cuestión lo que dictase las lineas de su historia personal de nuevo. Equipaje listo que hizo enviar al Santiago por medio de su paje a quien despidió sentado en el pequeño comedor de la fonda donde se había alojado hasta ese día magnífico que cerraba el mes de marzo de 1732. Las gentes alojadas, o dormían la borrachera de la noche anterior o como él mismo, pagaban con gusto o pena los cuartos a deber al posadero antes de volver a su hogar verdadero sobre las tablas de mercante o nave de guerrear. Él se decidió a escribir varias cartas a quienes sentía el deber y el placer de anunciar sus nuevas como forma de compartir y al mismo tiempo demostrar la importancia de estos en su vida. Una primera carta a su madre María y su hermano Diego a los que ya por años y lejanía allá en Magangué al sur de Cartagena trataba de imaginar sus rostros que el tiempo sin maldad seguro habría redibujado su indeleble índice vital. Tras esto otra dedicada a su amigo y sucesor en el mando del “Santa Rosa” con quien echaba de menos mantener conversación sobre navío y al que deseaba éxito y buen aire en su navegar. Una jarra de vino prieto fue engolfando sus ijares al mismo tiempo que elevaba el espíritu cuando un correo se presentó en la posada. Esta vez no era el propio de capitanía sino el mismo que días atrás hizo llegarle misiva de su cada vez más cercana Elvira a pesar de la separación física realmente existente.

No le dio casi tiempo a terminar su carta a Segisfredo y tras un sorbo del duro caldo se puso como enamorado aún inconsciente de tal situación a leerla de su hasta ahora amiga. En ella le relataba un poco de su vida algo alterada por los inminentes esponsales de su hermana con Don Ramiro Marchena, Conde Monleón y capitán del Ejército “con aspiraciones por su rango a un rápido ascenso y cómoda vida en los umbrales cortesanos de la capital, a la sombra de un buen destino por el que no arriesgar tal vida de valor supuesto y ganar el favor y el oro por siempre inmerecido”. Tales aseveraciones del puño y letra de Elvira causaban admiración por hacerlas sobre papel en un mundo en el que todo se podría descubrir y además por ser de mujer en época que tales razonamientos no eran propios de tal género.

Continuaba con aquella historia en la que le relataba cómo los esponsales habrían de realizarse en Santiago bajo la protección de su catedral. Eran las urgencias impuestas desde el gobierno de su majestad en la puesta en marcha de arsenales y verdaderas bases navales lo que obligaba a su padre a encaminarse al Ferrol donde hacerse cargo de las obras y terminarlas con sus dineros y su experiencia como empresario al servicio de la joven dinastía borbónica. Por otro lado el aristócrata ya había partido con su regimiento hacia la Coruña donde se establecería y tras los debidos permisos y preparativos la boda sería al fin una realidad. Tras la excusa del relato sobre los destinos de su hermana menor, rezumaba la misiva de buenas palabras hacia Daniel y el deseo de saber más de su vida, “que la que ella llevaba en la que nada de interés podría encontrar una persona viva como él”.

Feliz por leer y sentir así su voz imaginada se apuró en contestar relatando sus nuevos retos que comenzaban en esos mismos instantes, devolviendo aquella aseveración sobre sí misma con la debida corrección por su parte, elevando su consideración hacia ella hasta que al llegar al punto y seguido tras aquella afirmación se quedó sin viento que desplazara su mano con el que seguir diciendo lo que cada vez tenía más claro sentir por Elvira. Por más que trató de sacar palabras y sentido a las frases que deseaba hacerle llegar, su timidez rayando en estos combates a la pura cobardía por temer el rechazo y la pérdida hizo que tal punto y seguido pasara a ser punto y aparte.

Tras dejar el “Delfín Volador” con orgullo y verdaderas ganas por comenzar la nueva etapa a bordo de toda una escuadra con verdadero fin de combate encaminó sus pasos hacía los mástiles brotando entre los tejados que ocultaban el puerto gaditano. Amores posibles no podían competir sobre verdaderas pasiones.

4 de abril de 1732, once días desde que zarparon desde La Habana, la derrota seguida por Segisfredo al sur de Las Azores le permitió evitar encuentros indeseables que para su nave cuyo poco porte de fuego seguramente sería un problema. Pero tal rumbo no evitó que una galerna en verdadera persecución a su popa al principio engañada por sus maniobras certeras los cazase tras el paso sobre la longitud correspondiente a la isla de Santa Maria a unas 120 millas al sur del archipiélago portugués, ya como medio tornado deshilachado y perdido de su natural más caribeño pero no por ello mas letal frente a  minúsculo bergantín.

- ¡¡¡Malditos los vientos!!! ¡¡¡Encomendad vuestras almas al Altísimo que solo nos queda capear hasta que su arbitrio nos devuelva la capacidad de elegir el rumbo a tomar!!!


Menos de 1000 millas sobre la misma Caleta  del Cádiz que a punto estaba de dejar su amigo Daniel separaba al “Santa Rosa”, menos de mil millas entre el furioso mar como averno y la rada gaditana como paraíso en la misma tierra…


1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Hola, amigo mío.
Océano que da paso, como tus palabras abren mares de alegría.
Te dejo un abrazo y gracias, muchas gracias.
Alicia