jueves, 27 de marzo de 2008

Mas vale morir una vez (10)

…- ¡Santiago y cierra, España! ¡Rendíos, maldito traidor!

Como si estuviera poseído por el mismo diablo eché abajo la débil puerta de un puntapié y me lancé sin esperar nada. Parece un plan absurdo, pero eso era lo que nunca esperaría Carreño. Vació la carga que aguardaba en sus dos pistolones de abordaje. Una bala se incrustó en la madera del techo encima de mi cabeza, la otra me arañó el hombro izquierda. Disparé a bocajarro mi pistolón pero la pólvora no quemó, la situación se había igualado para ambos. Pude ver a Doña Isabel maniatada en una silla a su derecha, mientras Don Pedro, inconsciente, estaba tirado como un trapo detrás de ella. Desenvainé mi espada justo en el instante en que aquel hombre se abalanzó como un loco sobre mí. Caímos al suelo, pero logré mantener a pulso el peso de su fuerza enrabietada por la frustración. Nariz con nariz sentí el filo de su espada sobre el mentón, fueron uno o dos segundos interminables hasta que note que aflojaba y con impulso y dolor del hombro herido lo volteé hacia la derecha.
- ¡Perro!¡Lucha ahora, pero reza también! ¡Aunque dudo que lo hagas al cielo sino a tu hermano Belcebú!

Comenzó así el choque de espadas alternando con las defensas como se pudo. Mientras, Maseda había entrado por la parte trasera liberando a Doña Isabel y a Don Pedro. Iban a reducir a Luís
Carreño, pero me negué al tiempo.
- ¡Es mío y le haré pagar su cobarde traición! ¡Apartaos!


Carreño realmente era un bravo, un buscavidas como lo era yo. La mínima diferencia que marcaba el abismo entre nos y él estribaba en la hipocresía que reina en nuestros corazones. Yo embarqué como caballero, él no. Me ofrecieron la oportunidad de ganarme el respeto y a él no se la dieron. Así pues, aquel combate lo era entre iguales, los dos lo sabíamos desde que cruzamos nuestras miradas en Cherrepe a bordo de la Santa Isabel; pero eso sólo lo sabíamos nosotros, para los demás era la lucha del bien, la del caballero, contra el mal, la del buscavidas.
El duelo, tras varias acometidas entre ambos, no cejaba, aunque el cansancio se apreciaba; mi brazo izquierdo se resentía del rasguño y eso me hacía débil en las acometidas de Carreño a la hora de la defensa, él moralmente no era ya nada y eso se notaba a cada estoque, estaba luchando por ganar tiempo, nada más, había perdido su batalla pero vendía dura la derrota. En un descuido de mi flanco izquierdo me travesó el brazo, ese fue su fin. Con el dolor prisionero entre los dientes que apretaba de furia, clavé la mía en su pecho atravesando todo lo que en medio encontré hasta ver el hierro de un rojo brillante brotar de su espalda. Carreño cayó de rodillas mantenido por mi brazo en la empuñadura. Fue sacar mi arma y caer como un saco vacío
sobre el suelo de tierra. Había acabado todo.
- Don Martín, ¿estáis bien? Dejadme ver esa herida. ¡Pronto, María traedme trapos y agua caliente! ¡vos, venga conmigo a la planta de arriba, ha de acostarse!.
- Gracias, mi señora… gracias
- Gracias a vos Don Martín por salvarnos a todos. Nunca podremos agradecer su gesto y valentía.
Desde este lugar perdido del Mar del Sur donde escribo este relato de mi vida no miento si digo que ese momento, en el que nuestras miradas se cruzaron, sentí que ella me amaba, no tenía el brazo herido, no me dolía nada, tan solo sentía la libertad que percibes al ver el mundo que se le abre a uno cuando logra su sueño más preciado. Durante una semana sus cuidados terminaron, pero yo ya no me fui de su casa. Nuestras pieles permanecían más tiempo unidas que luz tenía el día, las noches eran los magníficos sueños de Amadis, el de Gaula, aunque en nuestro propio vivir doy fe que eran reales. Muchas veces la pasión era casi una carrera por ser más ardiente el uno sobre el otro.

La realidad de nuestra situación volvió a llamar a la puerta reparada en forma del Capellán y de Don Pedro.
- Con permiso Doña Isabel y Don Martín, no quisiéramos molestar a vos en su restablecimiento, pero es importante que hablemos del futuro de la expedición.
- Hablad, Don Pedro. Creo que yo también he de deciros algo y de seguro que estaremos todos de acuerdo.
Hablamos de la necesidad de evacuar el asentamiento y volver al Perú para así preparar mejor cualquier expedición venidera. Todos estábamos de acuerdo en ello, pues así nos lo hizo prometer Don Álvaro, que en gloria esté. Convinimos en comenzar los preparativos para la partida, mientras Don Pedro y yo nos pusimos de forma directa a esos menesteres, nuestro capellán se fue con Doña Isabel y en privado le recriminó por los rumores que se barruntaban sobre su pecaminosa conducta, con Don Álvaro aún caliente y sin la bendición de La Iglesia.
El 18 de noviembre del año 1595 de nuestro señor zarpamos con rumbo al Perú aunque nada iba a ser como se había planeado…

2 comentarios:

Lúcida dijo...

Aventuras, viajes, amor, historia... qué más podemos pedir.
Gracias

Alicia María Abatilli dijo...

Espero con ansias qué les deparó el viaje y la llegada al Perú.
Hasta mañana.
Alicia