viernes, 21 de marzo de 2008

Mas vale morir una vez (5)

...Don Álvaro fue el que me franqueó el paso a la cámara. Doña Isabel con un abanico desplegado en su mano izquierda me sonrió, indicándome con la derecha que me sentara en un pequeño sillón a su lado. Mientras, Don Álvaro me ofreció una copa de aguardiente
- Don Martín, nunca os podré agradecer su providencial intervención en el sollado de los colonos. Mi esposa esta aquí a salvo gracias a su decidida actuación. Brindemos por ello
El aguardiente, rancio, seco y fuerte, como aquellas dos personas que mi lado me observaban me abrió las entrañas como si me hubieran empalado.
- ¡Pardiez, mi almirante! Doy fe de que es bravo este licor.
- Me lo regaló el Virrey que lo trajo de España. Pero por favor, sírvase más si es su deseo y cuéntenos un poco de su vida, estamos ansiosos por conoceros, Don Martín.

Con la vida fogueada en tantos lugares donde la mentira es reina, no me costó crear de mi humilde y real figura la de un verdadero caballero castellano de Lerma, sin olvidar jamás mi cuna en Villahoz en uno de los viajes de mis padres por sus dominios. Mi necesidad de búsqueda de gloria y honor fue la razón sencilla de colgar de mis hombros esa maldita condición de “segundón” . Debo decir que todo fue mas que perfecto y desde aquel día pasé a engrosar parte en el grupo de Don Álvaro. Por eso y por mi feliz intervención, Doña Isabel me dedicaba parte de su dorado tiempo.
Pasó otros dos meses más de dura y en realidad monótona navegación, el orden se restableció progresivamente gracias a un cambio de actitud por parte de don Álvaro, siendo mas duro con los cabecillas y dando soltura al resto de la dotación. Doña Isabel se empeñó en motivar a las mujeres en la mínima mejora que permitían las escasas provisiones , en ya no muy buen estado. Al fin el día de Nuestro Señor del 20 de agosto hicimos ferro frente a una isla que llamamos San Bernardino en honor al santo del dia, San Bernardo. Recorrimos las islas cercanas en la que a punto estuvo la Santa Catalina de encallar sobre unos bajíos que rodeaban a una isla inhóspita y sin vegetación a la que llamamos La Solitaria.
Navegamos dos semanas mas hacia poniente con la esperanza de llegar a las islas que prometieron Don Álvaro y Don Pedro, que tanto nos llenaron a todos los ojos de brillos dorados y subieron las fiebres con sus enormes minas de oro.
- ¡Tierra por babor! ¡ Parece una pequeña isla montaña!


Acudimos todos a la banda de babor y se pudo distinguir no muy lejos, a dos o tres leguas quizá, la silueta de una isla que tenia forma de montaña con las faldas de esta sobre la misma mar. En esos momentos un penacho de humo gris ceniza brotó como un saludo de macabros presagios
- ¡Don Pedro, ponga proa a la isla! ¡ gaviero, señale a los demás barcos nuestro rumbo!




La operación fue sencilla pues el mismo viento, quizá fuerte en demasía nos llevaba hacia ella, que ahora conozco su maldito e inolvidable nombre, Tinakula. Dos horas después rodeábamos la isla, que como ya dije antes, no era mas una montaña a la que el agua marina rodeaba en sus misma faldas. No había un lugar de mínimo abrigo y aquél penacho de humo era ahora una hercúlea columna retorcida en su elevar decidido. Sin esperarlo nadie una terrible explosión oscureció aquel mediodía tirándonos sobre cubierta a todos. La galeota perdió la mesana que quebró por el efecto de aquella onda sonora. Una lluvia de piedras siguió la detonación cuando nadie se había repuesto de la primera. Lo peor estaba por venir. Don Pedro ordenó virar al norte, a las demás embarcaciones no hizo falta darles la señal, había que alejarse de aquella isla viviente.
- ¡Don Martín, cace la escota de babor! ¡hay que ganar barlovento y zafarse de aquí!

Estaba haciendo aquello cuando volví la vista a la isla y no había miedo capaz de expresar lo que vi. Una enorme ola se echaba encima nuestro sin remisión.

- ¡Capitan! ¡a popa! ¡No saldremos de esta!
- ¡Dios mío! ¡Todo el mundo al suelo. ¡Aférrense a lo que encuentren y que Dios nos salve si ese es su designio!
Un tremendo golpe levantó nuestro galeón por ser en la virada el último en el convoy. El estruendo de la ola chocando a popa contra los ventanales de la cámara de Don Álvaro, mezclado de gritos de terror, maderos rotos, barriles rodando, todo se fundió en mi memoria mientras La Santa Isabel se elevaba por su popa hasta quedar quilla arriba. Alguien me sujetó por el brazo, eso fue lo último que sentí pues me debí golpear con la rueda del timón. Cerré los ojos con una imagen ciega por las turbulencias y un sabor salado de la mar que me inundaba los pulmones...

3 comentarios:

Armida Leticia dijo...

Hola, aquí estoy presente, aunque a veces no dejo comentarios, siempre paso por aquí y disfruto los relatos. Saludos y un abrazo.

honordecaballero dijo...

¡Es un relato magnífico!

Felicidades, amigo.

Un hombre sin más dijo...

Desenvainaste, al fin, la pluma
de su vaina de madera,
despertada de su sueño
para crear sueños.
Y con su dorada punta
penetras nuestra piel,
llameante inóculo de fantasía
heridos de muerte
hierve nuestra sangre en conquistas y aventuras,
relatos
en los que eres maestro.