martes, 25 de marzo de 2008

Mas vale morir una vez (8)

…No fue complicado amedrentar a los perseguidores, que por muy furiosos que se abalanzaron, dos ruidosos disparos de arcabuz fueron suficientes para amedrentarlos, dándonos así tiempo para alcanzar sanos y salvos la empalizada. Puse a todo el mundo en guardia. Mientras esto hacía, los recién llegados arrojaron a aquel indio sobre el suelo a patadas y puntapies. No pude más y de un culatazo derribé a Luis Carreño, el cabecilla.

- ¡Vosotros! ¡Arriba con munición para los pedreros! Dejad a ese hombre. Cuando esto pase tendréis mucho que decir a nuestro almirante. ¡Vamos! ¡a mi orden!

Todo se redujo a un susto aunque a partir de aquel momento redoblamos las guardias, tanto en nuestra pequeña ciudadela como en las tres naves que nos observaban desde la bahía. Al atardecer la situación retornó por completo a la normalidad. Las mujeres limpiaron a aquel indígena herido con la protección de dos marineros de confianza a los que había dado orden de tal cosa. Cuando el hombre se repuso de sus heridas y magulladuras lo llevaron a la cabaña del Almirante, que era la que estaba más avanzada en su construcción y disponía de mas espacio para su custodia. Mientras, con las hombres designados en cada punto de la empalizada y las naves en orden me encaminé a ver a Don Álvaro y su esposa.
Hacía ya una semana que me había ganado de forma completa la confianza de nuestro Almirante y, salvo en los temas de la mar que los manejaba con maestría Don Pedro de Quirós, podríamos decir que era el lugarteniente de Don Álvaro. Como decía, me encamine a ver a Don Álvaro para informarle que nuestros temores se habían cumplido. No pude entrar, Doña Isabel me retuvo en la puerta, podía escuchar los quejidos desgarrados que brotaban de forma suave pero continua por las mil rendijas que dibujaban la pared de madera torpemente ensamblada, que separaba aquella sala de dolor de Doña Isabel y yo mismo.

- Don Martín, no entre aún. Mi marido se muere, esta confesando. En cuanto termine podrá hablar con él. Creo que desea decir sus últimas órdenes antes de encontrarse con la verdad eterna.
- Doña Isabel, no diga eso, se repondrá. Seguro que los indios conocen el mal y tienen el remedio. ¡Maldita sea! No puede perder ahora que el sueño está tan cerca.
- No se apure por él. Al menos descansará pronto. Por lo que veo la situación no es buena, necesitamos de su serenidad ante lo que se avecina. Creo que después de que hable con mi esposo tenemos una charla que mantener vos y yo. Mientras esto sucede iré a ver por mi misma la empalizada.

Me maravilló aún más cómo aquella dama de tez suave y porte señorial era capaz de hablarme con la serenidad de un soldado ante la pérdida de su general. Su belleza me tenía perdido cada vez que sentía sus paseos con Don Álvaro mientras este podía andar; pero ese día brillaba con luz propia, era como si la esposa hubiera dejado de serlo antes de la muerte de Don Álvaro, el brillo de sus ojos ya no vestían el dorado del oro, era el brillo de la ambición por la conquista el que engalanaba su mirar. Poco tiempo después el capellán salió de la estancia
- Don Martín, gracias a Dios que estáis aquí. No para de llamar por vos. No le queda mucho tiempo. Pasad, os lo ruego.

Me apresuré, un golpe de olor a enfermo y estancia cerrada me golpeó el rostro. Don Álvaro era una sombra del que conocí en Cherrepe. Me vio acercarme
- Don Martín. Alabado sea el señor. No tengo mucho tiempo, me muero. Escuchad lo que os diré pues no creo que pueda repetirlo.
Arrodillado ante el cabecero de su lecho intenté mantener firme el ánimo junto a él. Había matado a hombres sin piedad, en el fragor del duelo, de la lucha ciega, pero nunca estuve delante de la muerte que serena se lleva un alma sin una mano asesina que la empuje.
- Me muero, Don Martín, mi sueño queda aquí y yo con él. No debéis seguir mucho más tiempo en estas latitudes. Durante estos días antes de caer en este lecho he podido observar como todo se enrarece entre los hombres y la división por el maldito oro acabará con Villa Graciosa. En cuanto os sea posible abandonadla, retornad al Perú y preparad otra expedición en la que el oro no sea la vida. Doña Isabel será vuestra Almiranta y vos, junto con Don Pedro, sus capitanes.
- Pero, Almirante…
- No tengo tiempo, prometed que así cumpliréis por nuestro Rey y por Dios, nuestro Señor.
- Os lo prometo, Almirante.

Con un regusto de dolor por la separación, por la derrota presentida y por el retorno al Perú donde mi vida volvería a la realidad, salí a la pequeña plaza de armas de la ciudadela, la noche invadía todo mientras la luz huía por poniente…

1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Pero morir con honor, como lo describes.
Soberbio tu relato. Tienes el don de llevarnos con gracia hasta el final, al cual no queremos llegar.
Felicitaciones y un abrazo pleno.
Alicia