Allí estaba, preciosa como en cada instante en que la había mirado desde que la conocí, todavía hace menos de 48 horas. Tenía el toque de la inocencia que da la inseguridad ante lo desconocido. Miraba el periódico de Cádiz como quien mira sin saber leer. Seguía con su mismo traje con el que la conocí. “Hay que cambiar esa ropa, damos mucho el cante”, pensaba para mí. Levantó su cabeza y me descubrió, creo que también descubrió mis ojos y lo que le decían. Me traicionaban hasta ellos. Sonrió cálidamente mientras cerraba el periódico. Noté que su cuerpo se alegraba, no se cómo explicar en que lo percibí, pero lo sentí.
- Ya estoy aquí, ¡puf!, no se como saldrá esto, Patricia, pero tengo una solución. Podrá parecerte algo descabellada aunque entre todo este lío no se notará mucho. Antes de contarte nada vamos a comprar ropa que con esos trapitos que llevas puestos somos como un negro en medio de un monte nevado.
Mientras entramos en la zona de tiendas del barrio le fui contando mi propuesta. Era mi gran oportunidad, algo que desde siempre merodeaba mis pensamientos pero que nunca me hubiese atrevido a realizar de no aparecer ella en mi vida. Le insistí que no tenía que seguirme si no quisiera, le dejaría un dinero para salvar los primeros meses pero que yo estaba decidido.
- No sé como agradecerte tanto esfuerzo. Perdóname si puedes, pero creo que no debo de aprovecharme de ti hasta ese punto. Me siento perdida y sin vuelta atrás.
- Puedes aprovecharte tantas veces como quieras, además esto es para mi la excepción que demuestra que el destino no existe. Hasta ahora he estado perdido, a partir de ahora tengo algo verdadero y no quisiera perderlo, perderte.
Su mirada, vidriosa de nuevo, estaba a punto de elevarme cerca de mis estrellas favoritas. Su sonrisa me devolvía a la libertad perdida. Creo que hasta los moratones estaban desvaneciéndose.
- Gracias, gracias, gracias. ¿Dónde firmo?
- Aquí
Esta vez fui yo el que besó sus labios sellando el pacto de forma lenta y cadenciosa, dulce y silenciosa. Sus brazos me cogieron y el mundo despareció al fin.
El autobús devoraba los kilómetros entre Cádiz y Tarifa a su acostumbrada velocidad, nuestro equipaje estaba en la bandeja encima nuestro, no hubo tiempo para más. Disponíamos de 7000 euros y estaba seguro que Rosario se habría ocupado de que el Cartaginés nos esperase con todos los detalles. Mi mano izquierda acariciaba la de Patricia mientras esta dormía, la vista del Atlántico desde aquella ventana era prometedora. “Tengo que enviar tres bandejas de pasteles al trío aquel de la base y una nota al del coupe que diga, Gilipollas”, gracias a esos cuatro seres desconocidos acababa de conocer el sentido de mi vida.
El Banus, como siempre rebosaba de pieles bronceadas y olor a brea. El camarero no le hizo falta nada mas que escuchar Rosario Maseda y me llevo al Cartaginés. Cuántos recuerdos que ya no eran dolorosos. Ahora entendía a Rosario, ¡ahora si!. Si el amor esta dentro de ti es la generosidad la que le abre el camino y estaba sobrado de aquella.
Tal y como suponía El Cartaginés estaba perfecto.

En pocas horas ya enfilábamos hacia La Graciosa. Rosario me había dejado una nota en la derrota del Cartaginés. Descansa en La Graciosa, de allí al Río de la Plata y después...
El mundo éramos ya nosotros y todo lo que encontrásemos a nuestro alrededor. En la isla cambiamos el nombre de nuestro velero por el de “Tarik y Mistral”...