lunes, 3 de diciembre de 2007

El Hielo del "San telmo" (y fin)

...Nevaba, los gestos en cada uno de los semblantes eran algo que nunca podré llegar a definir en modo alguno. Tuve que dejar en tierra a mi alférez Domingo Matallana como responsable del destacamento, tal y como me lo había indicado el Brigadier Porlier. Domingo era un hombre bregado en situaciones límite y aquella era la madre de todas ellas. Domingo y yo nos salvamos mutuamente la vida varias veces combatiendo al francés y eso nos llegó a unir como hermanos; no puedo expresar fielmente lo que me corrió por el cuerpo al abrazar por última vez a Domingo, nadie se atreverá a decir frente a mi que el temblor de mi cuerpo era debido al frío, pues ardía, quemaba de maldita impotencia, las lágrimas que brotaron de mis ojos eran tan intensas que ese maldito frío no fue capaz de solidificarlas en mi piel, confundiéndose entre la tierra salvaje que dibujaba la orilla sobre la que varaba la “Esperanza”, disueltas allí para siempre.

La “Resolución” zarpó la primera empujada por aquellos hombres como los condenados en una especie de burla del destino. Seguido a ellos con un cable de distancia zarpamos nosotros de la misma forma. Yo, como si de un Caronte a la inversa, tenía la sensación de que los quedaban para siempre en el Hades eran ellos y no la tripulación que iba conmigo a bordo. La derrota trazada era alcanzar las Malvinas, la isla Aurora o alguna costa del sur del continente Americano, pero siempre rumbo al Atlántico. En el caso de que las condiciones de la mar y el viento nos separasen, cada una tomaría sus rumbos sin esperar por la otra, otra vez la salvaje regla de este gélido mundo helado.

Los brazos al viento, los corazones de uno y otro lado de aquella brecha helados por el temor. Aquella partición no llevaría a nada o sería el triunfo absoluto. Decidí no sentir nada mas que rabia por alcanzar la meta, un último vistazo y no volver a verlos hasta no arribar con navío y
pertrechos. “¡Triunfo o muerte!”, pensé, pero al mirar a mis hombres sentí que me observaban y gritaron como uno solo. “¡¡¡Triunfo!!!”. La moral era lo que hacia falta y la teníamos.
El viento comenzó a bramar por aquel pequeño y escarpado paso hacía mar abierto, desde lo alto de las dos paredes que franqueaban ese estrecho montones de pingüinos nos gritaban como avisando, como queriendo detenernos.


- ¡Remad!, ¡Fuerte!. ¡Hay que vencer a la maldita corriente!
Además del viento que luchaba contra nosotros entrando entre aquellos riscos como si hubiese algún fuelle detrás, una corriente de dos o tres nudos nos quería arrumbar contra los acantilados. Con mucho esfuerzo, casi exhaustos, salimos a mar abierto, la otra lancha ya había largado el aparejo y enfilaba el rumbo prefijado. Nosotros comenzábamos a realizar aquello mientras podíamos ver la poca entidad que representábamos ante aquel mar que nunca sonreía. La “Resolución” escalaba las olas tragando agua y desaparecía al bajar por aquellas pendientes hacia el mismo infierno. Las posibilidades se reducían conforme nos adentrábamos en el océano.

Habían pasado ya dos días, terribles y sin cuartel, perdimos a nuestra hermana la noche anterior, manteniendo el rumbo norte conseguíamos los dos nudos, casi tres aunque hacíamos agua por todas partes y debíamos recoger trapo para no hundirnos. La mañana del cuarto día divisamos tierra. Fue un regalo del cielo y enfilamos nuestra proa hacía aquel lugar, necesitábamos reparar. Conseguimos acercar nuestra”Esperanza” a aquella inhóspita costa que, al menos, se hallaba resguardada de los vientos. No encontramos un lugar seguro donde varar por lo que continuamos barajando la costa, la lancha era un puro coladero de agua y antes de anochecer ordené embarrancar en las rocas. Arribamos a tierra, descargamos todo lo que era salvable pero todos sabíamos que aquel sería nuestro fin. Construimos un pequeño refugio a modo de campamento y organizamos los cometidos de aquella improvisada guarnición sin saber el tiempo que duraríamos allí.

Esta es la historia del fin de mis días como soldado del rey a bordo del “San Telmo”. Hubo que ejecutar a hombres que enloquecieron, otros huyeron de la mano del pánico en noches de silencio trepanador. Hoy 25 de octubre de 1819 acabo de lanzar por el acantilado el cuerpo de mi último compañero, Luis Muñate, artillero de la villa de Luanco, descanse en paz. Me muero y solo deseo a quien encuentre estas líneas escritas con la sinceridad de quien se sabe a las puertas del Altísimo, las envíe a mi familia y una copia a nuestro Rey.

Desde este pequeño cubil que construimos llevo ya 22 días y siento que mis fuerzas mueren con mi pensamiento. Esta mañana, cuando lanzaba a Muñate sobre el acantilado creí avistar una vela de bergantín, pero supuse que era un maldito sueño más. Deseo que mi cuerpo descanse y que esta triste historia sirva para recordarnos a todos los que aquí dejamos el cuerpo. Íbamos a defender algo caduco, que tocaba a su fin, al menos no hemos tenido que matar a ningún hermano para la gloria de injusticia alguna. Me despido en paz.”

Capitán Andrés Murguía.





Ningún hombre de los reales o inventados por mi sobrevivió a semejante prueba. Cien años después, Ernest Shackleton logró con éxito una gesta de similar envergadura permaneciendo mas de un año en aquella "terra incognita" y alcanzando en una pequeña lancha la ayuda para salvar a sus hombres. Era 1914 y la zona ya estaba habitada en las islas por balleneros y cazadores europeos y americanos.

1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Indagando la biografía de Blas de Lezo, comprendo en mayor profundidad cada post tuyo. Te identificas con él y se nota. Es admirable su vida, también lo tuyo.
Un abrazo.
Alicia.