Amanecía con el mismo sol débil del día anterior por la amura de estribor. Creo que nadie consiguió conciliar las pocas horas de sueño que nos permitimos después de tomar una decisión sobre qué hacer ahora. Los pobres hombres que como verdaderas “cosas” iban en las bodegas 2 y 1 aún no eran conscientes de su situación. Decidimos que por la seguridad de ellos y la nuestra no liberarlos hasta que fuera de día.
- Mi nombre es Joaquín, aunque no lo creáis soy el capitán de este barco. Hace unas horas hemos reducido y eliminado a los soldados que os custodiaban y sois libres. Necesito que alguien de vosotros se haga responsable de vosotros para poder organizar todo este lío en el que estamos, para repartir la poca comida que hay, curar como sea a los enfermos y... despedir a los que ya no vivan. Por favor, creedme, la situación ha cambiado, sois libres, pero seguimos en medio de una mar infestada de nazis y con pocas posibilidades de huida.

- ...¡pero somos libres! ¡Libres!
Un grito de júbilo hizo que el vómito aquel de olor a humanidad en descomposición, cambiase por un momento a el fresco olor de la libertad sentida.
- Bueno, empecemos con esto; la situación es complicada y hay que decidirse por algo. El Báltico este en el que navegamos es un mar alemán. Si no me equivoco los suecos son los únicos que no están en guerra o invadidos por ellos. Una posibilidad es desembarcar en Malmö y confiar en sus autoridades, aunque seguramente, en cuanto se enteren los alemanes querrán recuperarnos. Otra es atravesar el estrecho hasta salir al mar del Norte de noche. No se me ocurren muchas ideas más.
Las caras eran de preocupación, José, como siempre tenía las cosas claras
- Vamos a ver. Los nazis estos si nos cogen no darán cuartel. Para mi está claro que lo suyo sería atravesar de noche el estrecho y salir a mar abierto. Mas vale el intento y su posible fracaso, que fracaso sin el intento. Malmö y todos los puertos suecos estarán controlados de una u otra manera por los nazis. En dos días más extrañarán nuestro retraso a Kiel, así que habrá que dar madera a este trasto y partir la mar hasta triunfar. Y si perdemos, aún somos unos cuantos que venderemos caro nuestro pellejo.
Todo el mundo sonrió al mismo tiempo, estaba claro que lo que nos estaba contando José era una de esas películas bélicas de tarde de sábado que tantas veces se inventaba de tanto verlas, desde luego no se parecía a nuestra situación y posibilidades. Aún así no solo no desechamos la propuesta nadie de los que allí estábamos, sino que nos pusimos todos manos a la obra como resortes tensados por sus manos en forma de voz. De un salto me acerqué a la mesa de cartas y me traje a todos de una señal sobre la carta de la salida del Báltico.
- Perdonad mi atrevimiento, en mi opinión será mejor la salida al oeste, pues es una zona menos vigilada por los alemanes al no hacer frontera con Suecia.
Era Aarón, unos de los condenados, mas tarde nos contó que había sido marino hasta que le echaron de su barco por ser judío. No había realmente argumentos contra aquella opinión así que decidimos ponernos en marcha con el plan. José ayudado por algunos voluntarios liberados puso al viejo carguero por encima de sus posibilidades. Había carbón suficiente para alcanzar Inglaterra si les dejaban. Su mirada alternaba entre las temperaturas de los cojinetes en el cigüeñal y el manómetro de la presión en la caldera. Mientras en el puente habíamos puesto rumbo Norte Noroeste. El buque hacía los diez nudos golpeando violentamente aquel mar agreste y huraño con nosotros. Convinimos en que la gente se mantuviera oculta ante cualquier patrulla o barco cercano que pudiera delatarnos.
Sali al alerón de babor, necesitaba sentir el empuje de viento salvaje y helado
