martes, 29 de enero de 2008

Malmö (5)

...
- José, Francisco, bajad ya a la máquina por el amor de dios. Cuantos menos seamos delante de esos hombres, menos errores podremos cometer.
Con rapidez desaparecieron los dos hombres mientras los demás nos quedamos en el puente a la espera de que aquel hombre oscuro y su ayudante entraran en el puente. Los sonidos metálicos y pausados de sus botas contra la escalera oxidada que daba acceso al alerón de estribor dieron vuelta a mi estómago. Si no fuera por la rebelión de mis piernas a causa del pánico creo que ya estaba corriendo a lanzarme por el costado babor contra las frías aguas del puerto.

- ¡Heil Hitler, Capitán Salke!. Coronel Openbach a su disposición.
- ¡Heil Hitler, Coronel!. Si no le importa acompáñeme al cuarto de derrota.

Como pude le llevé al pequeño cuarto de derrota justo a popa del timón que hacía las veces de camastro en navegaciones duras y sin opción de relevo. Me entregó de forma áspera un sobre lacrado con las instrucciones referentes a “la carga”.

- No debe abrir el sobre hasta no encontrarse a más de 10 millas al norte de Kiel. Esta vez la carga es algo más “molesta” y no queremos problemas de última hora. En su viaje les acompañarán para su protección el teniente Günter y cinco hombres de mi escuadrón, aunque no creo que este cargamento les de algún problema, ¡ja!, ¡ja!.
Su risa carente de alegría era un elemento más de la propia burbuja de terror en el que vivía aquel espectro humano. Con la misma se giró y con un gesto de su mano derecha enfundada en cuero me espetó un ¡heil Hitler! sin siquiera detenerse a que le contestara, sabía el miedo que desprendía hacía mi y eso le causaba placer.

Por fin abandonó el puente. Había que ponerse manos a la obra, los camiones ya estaban estacionados con su deprimente carga. Serían unos veinte camiones, todos iguales en cinco filas de cuatro.
- Rianxo, Clavería vamos a cubierta a esperar las indicaciones de los soldados a ver cómo metemos a esa pobre gente. Fortaleza y paciencia, no nos queda más remedio.
Como un ejército derrotado acudimos a recibir a otro cautivo, hundido y con cada mirada igual a la del siguiente, inexistente, perdida en algún lejano lugar abandonado a la fuerza. Sin miramientos, los soldados fueron empujando violentamente a aquellos muertos vivientes hacia las bodegas de nuestro pequeño carguero. Por cierto, perdón por no decir el nombre de tal barco, a popa llevaba escrito “Alpdrücken”, matricula de Rostock, ahora sé lo que significa, en aquel momento solo era eso, un mal sueño.
Su teniente se aproximó a mí para indicarme que permanecería en el puente hasta zarpar. Fue todo un detalle por su parte el no tener aquel sabueso husmeando a nuestras espaldas. Las bodegas uno y dos fueron agolpándose de gentes con una característica que difería de lo que estábamos acostumbrados a ver en documentales y películas. Eran todo o casi todo hombres, jóvenes y mayores pero hombres. La mezcla de los restos de carbón con el calor humano sin posibilidad de renovación del aire hacía de las bocas de las bodegas un cañón que no cesaba de exhalar un vómito de la vergüenza imposible de olvidar jamás como ser humano.

Comencé a hacer señas a los soldados para abrir la bodega nº 3. Se negaron obligando a introducirse los hombres restantes del último camión entre las dos bodegas.
- Esta bodega es para las bolas de acero, Capitán.
- ¿Bolas de acero? ¿Para qué?
- Estos hombres han sido los mas rebeldes en sus campos de trabajo y hemos de dar “ejemplo” para que nadie les siga.
- Pero, ¿qué clase de “ejemplo”? Nadie los verá allí donde vayamos.
- Se equivoca, Capitán. Varios de ellos, los mas “afortunados” volverán para contarlo.

No podía aguantar mas, su sonrisa a medias entre el sadismo y la ignorancia hizo que, con una excusa sobre la maniobra, saliera corriendo al castillo de proa. Allí, junto a las maromas, entre la cabullería vomité mientras lloraba de terror e impotencia por vivir semejante atrocidad. Qué maldito mal sueño nos había metido allí. Me faltaban tan sólo dos semanas para desembarcar en Lisboa, descansar con mi familia y sin embargo me encuentro en medio de la vorágine criminal más grande de la historia de la humanidad. “Resiste, Joaquín, es lo que te queda hasta encontrar el final”, me decía a mí mismo, necesitaba darme fuerza y dar seguridad a los demás.

Cuando volví a cubierta pude ver como Clavería junto a Rianxo hacían las indicaciones al estibador para la estiba de las “bolas” en la bodega nº 3. Me quedé con ellos, de José Luis y Francisco no sabía nada, pero era mejor que continuasen abajo hasta nuevo aviso.

Llegó la hora de zarpar. Con ayuda de un pequeño remolcador fuimos separando la proa lentamente de aquel muelle, tétrico para mi eterno recuerdo. Enfilamos la bocana de Kiel con rumbo inicial Norte hasta alcanzar las millas que permitieran abrir las instrucciones que me entregó el oficial de las SS. La salida de este puerto era larga aunque siempre había sido bella para mi, por ser como un pequeño simulacro de fiordo noruego o de una gran ría gallega. Esta vez no había espacio para la contemplación, solo deseaba que la vieja y oxidad proa de aquel carbonero alcanzase ya mar abierto y abrir la maldita carta, y ya se acercába el momento…

3 comentarios:

Armida Leticia dijo...

Es un placer visitar un espacio tan interesante como este. Aunque no deje comentarios, estoy presente. Saludos.

José Luis dijo...

Blas: Te he estado leyendo, pero no he tenido los ánimos suficiente para escribie, aún en mi blog se ve la ausencia de palabras.

Pero ya volví, ya ando un poco más recuperado.

Buena salud a todos.

Principito dijo...

¡Saludos!

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