jueves, 7 de agosto de 2008

Oro en Cipango (23)

...Comprobamos que nadie mas había en nuestro derredor, tan solo aquella mujer mas blanca en su tez que todas la japonesas vistas hasta entonces. Sin miramientos por el cadáver nos apuramos, entre culata de arcabuz y filo de katana, para hacerle un hueco en esa tierra tan silenciosa y extraña que añorábamos a fe ciega poner leguas de mar por medio. Sin bendición cristiana o pagana que conociéramos, sin nada mas que el pequeño detalle de poner su arma sobre su cuerpo a modo de salvaguarda y honor, echamos la tierra encima cubriendo ésta con el ramaje suelto que por allí encontramos. La mujer continuaba allí, sus hijos, que así parecían, aferrábanse cada uno a una de sus piernas. Era una imagen propia de Coloso de Rodas oriental, aunque este no tenía visos de imponer como debió hacerlo aquella maravilla antigua de nuestro mar latino.




Nos miramos, el bloqueo comenzaba a empapar nuestros ánimos.

- Miguel, por los truenos de perra borrasca traidora, no podemos dejar a esa mujer aquí. Nos denunciará o acabará por confesar bajo tortura, que bien se da en este lugar. Hemos que llevarlos a bordo del San Francisco.
- Pero, Don Martín. Nuestro capitán...
- Por eso, por Don Sebastián, no podemos hundirle su dura labor de brega diplomática entre tanto rasgado desconfiado que nos toca cruzar desde nuestra arribada. Saquemos a esos infelices de aquí, démosles vida nueva, démonos una oportunidad para no hundir esta misión.

Las cabezas bullían, pura efervescencia propia de una tensión rayana con el miedo a muerte por castigo Real. Sin más, nos abalanzamos sobre ellos como puros corsarios en tierra de moros o moros en tierra de cristianos, que por ambos lares de tal guisa se acometía, y secuestramos aquellas tres vidas bajo nuestras capas y sobre las grupas de nuestros corceles, en esta ocasión no era la intención cobrar rescate sino la rescatar nuestras vidas en franco abatimiento. Como diablos sobre ascuas del cielo cabalgamos de retorno a Uraga.
- Embarcarlos será imposible ahora con la guardia y la marinería aparejando el velamen. Rápido, llevémosles a la posada, tiene un pequeño cobertizo en la parte trasera que nos dejaron para guardar efectos nuestros durante la reparación que ahora esta sin uso.

Gracias a Don Martín salvamos el primer escollo de aquella jornada de apuros, otra de tantas aunque mis huesos ya estaban cansos de tales apretones sin salida respetable. Mientras Don Miguel se dirigía a bordo de nuestra nave, con el mayor esmero y cuidado intenté hacer ver que éramos hombres de bien, que nuestras intenciones no eran aviesas. En uno de los sacos que aún quedaban en aquel maloliente cobertizo quedaba la galleta que tantas vidas salvó a bordo. Biscote malo, rancio y sin sabor que ofrecí a las dos criaturas y después a su madre a la que por fin pude contemplar rostro. Debían pasar hambre en vida, pues devoraron aquel indefinible alimento como verdaderos náufragos recién embarcados. Fue un golpe de suerte, pues mi tono de voz amable y cálido, o eso parecíame a mi y el continuo aporte de comida logré que trabáramos cierta confianza mutua, para mi ellos no me descubrirían, ni yo les parecía a ellos candidato a dañarlos.

Una hora después, en la que ya alcancé hasta entrener con pequeños juegos malabami vizcaína a los niños, regados estos momentos por sus sonrisas, apareció Don Miguel.

- ¡Ya está organizado! Me ha costado cien escudos y la promesa de otros cien a la llegada a Nueva España, pero tenemos donde esconderlos hasta zarpar y alejarnos millas avante de aquí.
- ¿A quien vais a pagar semejante fortuna, por San Telmo?
- A nuestro contador, Villarejo. No habéis de preocuparos mas de lo que ya estáis, a ese ganforro lo conozco de miles de leguas marinadas a bordo de este navío y de algún otro. Vendería a su madre por la mitad de esa cantidad...
- Y pagaría el doble de esa cantidad por salvar su pellejo, cosa que hará ese malnacido, aquí, en la mar o en la misma corte de nuestro Rey Don Felipe III. ¡Maldito perro ese Villarejo! Ese dinero es vuestra fortuna, mi piloto.
- Mi fortuna es la vida, y el triunfo de la empresa de nuestro Capitán.

No tuve respuesta, su mirada y razones bastaban. Como me fue contando, el contador organizó el pañol de vituallas en salazón de forma que cupiera un estrecho lugar donde pudieran sobrevivir aquellas tres infelices almas. Envió al 1º cocinero de equipaje a por mas salazón a tierra. Con unos ropajes que ocultaban la feminidad de aquella madre, disfrazamos a esta como porteador y a sus dos hijos como salazones en dos fardos sobre varios mas que formaban el porte. Nosotros subimos a bordo mientras veíamos como poleas, pastecas y polipastos elevaban aquella carga humana a cubierta. Que con presteza y aprovechando las maniobras certeras de un prestidigitador del camelo como era Villarejo, nuestro contador, quedó desierta la cubierta del combés.

Llevamos a aquella familia al lugar preparado intentado explicarles que pronto saldríamos de allí y nada habrían de temer bajo nuestra custodia, reto difícil que de seguro no comprendieron. Salíamos Don Miguel y yo hacia cubierta, pero algo me detuvo

- Esperad, vuelvo enseguida.

Me acerqué a ella con el mayor tacto, utilizando el lenguaje de los gestos y las miradas le entregue mi vizcaína con cuidado de que no lo viera Don Miguel. Ella la cogió escondiéndola entre aquellos ropajes de porteador; creo que me sonrió o eso es lo que deseo recordar en estos momentos, en que cualquier brillo nacarado de boca femenina me transporta a paraísos y vergeles que, que me perdone la Santa Madre Iglesia por esto que voy a dejar escrito, dudo que entre tanto hábito, santo, fiscal y hoguera encuentre en nuestro católico cielo prometido.
Como así les escribo, recibí respuesta creo que prometedora y me esfumé raudo pues nos quedaban varias leguas hasta alcanzar nuestro inicial destino que era la hermosa y enorme ciudad de Edu.

No hubo tiempo de charlas, habíamos cruzado nuestro Rubicón particular con la ayuda de un buitre carroñero como testigo. Llegaríamos tarde a Palacio, teníamos que decirlo a nuestro capitán y tenía clara la decisión de hacerlo antes de que rayara el nuevo día con pecho sin coraza y espada envainada...

2 comentarios:

Lúcida dijo...

Otra mujer en su camino... esperaremos acontecimientos.

Alicia María Abatilli dijo...

Está todo listo para el verdadero encuentro. Valiente caballero deberá encontrar alguna que otra respuesta en su camino.
¿Cómo haces para inspirarte? Te admiro.
Alicia