lunes, 18 de agosto de 2008

Oro en Cipango (30)

…Recogimos los heridos y hundimos los restos calcinados de los dos juncos, encaminando nuestras proas hacia aquél escondite, aquella pequeña bahía entre esas dos islas a las que bautizamos al fin, como Rica de Oro y Rica de Plata. Con el alba logramos hacer fondo ferro a las tres naves. El junco estaba en muy buen estado por lo que más tarde decidimos vararlo en una lengua de arena sobre la playa para evitar su pérdida por aquellos hombres deseosos de escapar. El bergantín, en cambio, era un despojo aún flotante, al parecer seguro, pero sin mástiles con los que alimentar la nave de viento. Enterramos a los muertos en número de más de 200 almas que ya no verían aquel amanecer como mortales; en esta tesitura el padre Ruiz lideró una ceremonia sin la sempiterna e impuesta “verdadera religión” para todas aquellas almas, tuvo la clase y la grandeza, que yo siempre sospeche adolecía tanto como desmedía el perímetro de cintura, de respetar a cada creencia su postrer despido. Una vez puestas las almas en caminos, creo de similares destinos, aunque distintas veredas de tránsito, nos dispusimos a organizar lo que quedaba en condiciones de marear. Habían muerto los capitanes holandeses y tan sólo quedaba un piloto de su tripulación en pie, con el que nos reunimos en la cámara del capitán, no sin antes ofrecerle ropas y tiempo de adecentar su presencia.

- Sed bienvenidos a nuestro navío de nombre San Francisco. Mi nombre es Don Sebastián Vizcaíno, Capitán de esta expedición y encomendado de su majestad el rey Don Felipe III para estas tierras y mares.
- Gracias os doy por vuestra acogida tras la dura batalla que os reconozco llevada con ingenio y bravura. Mi nombre es Don Gustav Werth, piloto mayor del bergantín Nordlingen, navío comercial armado para esta ocasión, funesta en su colofón a nuestras armas.

Su gesto abatido, demacrado y falto de brillo, era el puro reflejo de toda la dotación de aquél bergantín que se preguntaba qué hacía allí, por qué habían seguido a aquel galeón. Conversamos todos, nos ayudamos sin retardo, pues la batalla había acabado y con ella nuestra fuerza contra ellos. Nos habíamos convertido en ayuda y compañía única, que así es este espíritu loco del hombre, unas veces matas a tu enemigo y al segundo le salvas de su destrucción. Aun pasados 65 años de mi vida no logro entender este sentido de la vida, aunque ya la doy por vencida a mis sentidos, que seguro entenderán cuando cruce este Rubicón, que no es otro que la visita de la Muerte y su afilada guadaña.

Después de aquella reunión dispusimos la reparación del bergantín mediante aparejos de fortuna, que buenos maestres carpinteros había en ambas naciones para lograrlo y madera en aquellas islas para conseguirlo. Los japoneses que estaban allí, cada vez resultaban más molestos y los problemas crecían, pues ellos no habían sido más que amigos de los dos y por tanto enemigos de ambos. Su destino empezaba a ser gris, por lo que nos avenimos a parlamentar con ellos que siempre se guardaban de nosotros a varias yardas al otro lado de la playa. Fue la conversación pausada y de un extraño sosiego, ayudados por los holandeses y aquel pequeño, que me seguía todas partes con un creciente y prodigioso dominio del español que me tenía al tanto de todo lo que se cocinaba entre ellos, nos entendimos y nos dijeron que, a cambio de que les dejáramos en aquella parte de la isla ellos cumplirían su obligación de mantenerse pacíficos como prisioneros de batalla. Creímos en su palabra como caballeros, que todos los que allí estábamos nos considerábamos y le permitimos portar sus armas a aquél capitán de furiosa mirada a pesar de la terrible derrota sufrida.


Con los japoneses controlados bajo la palabra de su capitán encaminamos nuestros pasos a la orilla frente a los dos navíos, lugar de frenética actividad en aquellos momentos con un palo casi listo para aparejar al bergantín como trinquete, que haría compañía al mayor que ya cimbreaba enhiesto apuntando al cielo del Japón. Junto a los carpinteros, calafates y cordeleros que no precisaban intérpretes para sus labores, el piloto holandés observaba con cierto orgullo el renacer de su ahora bergantín.

- Nada hay que no tenga remedio, Don Gustav. Buena labor hacemos juntos, lástima que tantas religiones, reinos y chanzas de corte nos hagan combatir.
- ¡Buenos días capitán! Buenos días a todos. Razón albergáis en vuestra reflexión, mas no es de nosotros la misión de dirigir el mundo, sino las naves que nuestros amos dispongan.
- Os devuelvo razón sin peros. Es grande la mar y su permiso temporal hacia nuestras míseras cascaras de nuez. Un lugar donde no reinan reyes sino hombres como nosotros, donde la vida se ve directa, se siente cerca del abismo, donde se sabe quién merece ser rey y dónde reside el respeto que uno se gana. Pero dejemos esta interesante charla aquí, os propongo un refrigerio a bordo de nuestro navío para continuarla a la sombra de nuestra cámara con un buen aguardiente entre las manos.

De esta manera nos encaminamos a bordo de un lanchón hacia el San Francisco donde abarloamos junto a la escala, para plantarnos Don Sebastián, Don Gustav, Nuestro Piloto y su igual Don Gustav en la cámara de nuestro capitán. Brillaba el sol, aquellas islas no eran las buscadas, pero fueron de cierto al fin las que nos dieran la vida y el orgullo de la misión cumplida. Corrió el aguardiente, las palabras manaban como agua de manantial de primavera, Don Sebastián enfiló por derecho hacía el holandés con lo que su mente llevaba rondando desde que amaneció y había conseguido quitar el problema de los japoneses de forma temporal.

- Don Gustav, ahora que bien nos encontramos, a gusto y sin malos sentimientos, debo proponerle a vos, como capitán de sus hombres en este trance, una solución que nos beneficie a ambos.

Quedamos en silencio todos, esperando el final de aquella propuesta que aún no habíamos oído

- Os escucho, capitán.
- Bien, como decía, ambos deseamos lo mejor para nuestros hombres, para nuestros reinos y que la vida sea benigna con nuestro futuro. Por esto se me ocurren dos posibilidades que creo que no tiene duda en la elección por parte de vos.

Silencio reinante interrumpido tan sólo por el aguardiente escanciado en los vasos de ambos capitanes de la mano de Don Sebastián.

- Mi propuesta es que vos nos llevéis a vuestro apostadero más al sur. Allí nos mostraréis y entregaréis todas las cartas de navegación que dispongáis, el oro y la plata que pueda nuestro navío cargar y por semejante generosidad de parte de vuestras mercedes, os dejaremos en tal apostadero con vuestro reparado bergantín. Eso sí, sus cañones y los que dispongáis en el puerto habrán de ser clavados por nuestros hombres. Considero una propuesta justa. Os dejamos lo más importante, que no son otra cosa que vuestras vidas, haciendas y navío con qué retornar a vuestra tierra holandesa. Mi palabra de caballero, de español y de hermano en la mar como vos es mi garantía.
- Entiendo que la segunda propuesta no es recomendable para nuestras armas. ¿Me equivoco?

Don Sebastián se levantó descubriendo el cañón sobre la cureña en la aleta de babor que era testigo de aquella conversación dentro de la cámara.


- Mi respetado Gustav, mi palabra también empeño en que arrasaré vuestro apostadero sin dejar alma sobre tierra en caso de que optéis por la segunda. Ahora creo que es vuestra la elección…

3 comentarios:

Alicia María Abatilli dijo...

¡Cuánto has escrito!!!
Me detuve unos días buscando la tranquilidad de mis sierras y vos adelante, valiente, soberbio en tu historia.
¿Estás viendo la forma de concretar su publicación en papel?. Sería lindo lo pienses.
Te dejo un abrazo admirado.
Alicia

Anónimo dijo...

Realmente el relato es espléndido y muy bello. Estoy de acuerdo en que merece ser publicado por su valor.
¡Todo tu blog es magnífico!!

Releyendo al poeta Salinas, hay unos versos que me hicieron pensar en tu blog cuando los leí:

Tú vives siempre en tus actos.
Con la punta de tus dedos
pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores,
alegrías: es tu música.
La vida es lo que tú tocas
De tus ojos, sólo de,ellos
sale la luz que te guía
los pasos...


Un saludo

Blas de Lezo dijo...

Gracias os doy, de mi parte y de la Don Martín que anda algo complicado entre soles nacientes y sueños infinitos.

De momento creo que esto de la publicación no parece de gran probabilidad, pues tanto mi caballero Martín de Oca, como un humilde servidor no disponemos de padrinos que nos permitan "bautizar" nuestras comunes andanzas.
Esperaremos el golpe que la suerte siempre esconde en la esquina mas oculta de nuestro caminar.

Un beso a todos lo que esto leen con paciencia. Gracias por leerlo, que es al fin y a la postre ese culmen grande o pequeño que reconforta y agrada, como esa espuma al final de la cerveza, lo que le da el sabor y la textura que sin ella no sería igual.

Blas