sábado, 16 de agosto de 2008

Oro en Cipango (28)

…tuvimos tiempo, es cierto, pero no con el que nuestros planes contaban. Los dos juncos, una vez franco el estrecho y enfilando proa al sur convinieron con nosotros en dar avante con media jornada aproximada de distancia a nuestro navío. Algo que desearía cualquier comandante de navío, disponer a modo de fragatas aquellas especie de bergantines de observación para protección de su flota, en este caso del San Francisco. Aún así, nuestro capitán, precavido como el que mas, no quedó durmiente a la espera de promesas de avisos.

- Nostromo, pite zafarrancho y prevención para el combate. Todo a presto salvo las portas de los cañones.
- A sus órdenes, mi capitán.

Navegamos de tal guisa dos singladuras sin novedad alguna. Un buen viento del Este nos empujaba de un través alegre, aquella marcha nos deleitaba con la sonora cantinela de la mar tajada por nuestra quilla, limpia y deseosa de volar sobre ella. No podíamos descansar con la misma soltura que en navegación normal, pero fue algo que asumimos como prevención ante la posible respuesta del Shogun o quizá de aquel lugarteniente mancillado en su “honra”. De nuestros invitados, ya miembros de tripulación con asiento en el libro al uso, nada decirles, más que los niños eran la delicia de todos los hombres, no había nadie que no les hubiera regalado algo hecho por sus propias manos para su juego; la mujer, de la que para entonces ya conocía su nombre, algo que sonaba tal que Ayame Sidehara, sólo les diré que se mantenía serena, segura y con una dignidad que crecía en cada milla recorrida. Casi siempre se la veía apoyada sobre el alcázar de popa, observando a sus hijos, observando la costa de su país desde aquel lugar doblemente extraño por ser navío y extranjero; cada día iba pareciendo en su rostro serle más agradable y de buen recibo la estancia en nuestro navío. Durante las comidas no conseguimos verla sentada en la mesa del capitán, tan solo logramos que se sentara en un taburete cercano aunque siempre separada junto a sus hijos. Lo entendimos como timidez o miedo almacenado después de todo lo pasado que nosotros vimos y lo que nunca pudimos ver. Mi relación como tutor y responsable se reducía a intentar ser amable y abrirle el paso a cualquier zona del navío donde tuviere permiso para acceder. Sus hijos eran ya mas cercanos a uno y poco a poco me iba entendiendo con ellos. Era un forma de ir acercando más mi persona a ese mundo tan aislado y diferente al nuestro, y es que los niños son niños en cualquier parte de este mundo tan cruel a veces también con ellos.

Dos jornadas pasaron sin novedad, como les relataba varios renglones atrás; fue al atardecer de la tercera cuando avistamos las velas de uno de los juncos cazando al límite sus extrañas las empaladas. Parecía que la sospecha se convirtió en confirmación.


- ¡Vela por la proa!¡ Parece uno de los juncos, capitán!

Me subí a la cofa del trinquete para confirmar aquel avistamiento de nuestro vigía y mi largomira confirmó aquella alarma. Era uno de aquellos juncos, al que seguía el segundo a pocos cables de este. Quedaban cuatro o cinco horas para que el manto de estrellas borrase cualquier silueta que no fuera sensible al brillo de una estrella o el reflejo de la luna en cuarto menguante, por lo que apretamos también el andar de nuestro navío para trabar lengua con aquellos aliados temporales, antes de que arribara la noche y salir de dudas acerca de aquella imagen que no presentaba buen augurio.

Con nuestro aumento en la velocidad y su premura conseguimos tomar contacto. Con rapidez, lanzaron al agua una de su pequeñas canoas y conseguimos entender que se acercaban varias embarcaciones armadas, no estábamos seguros de su nacionalidad, aunque sí de sus intenciones de batalla. Conseguimos también comprender que llevaban soldados a bordo y que ellos nos dejaban allí, retornando a su tierra donde podrían defenderse. Agradecimos su aviso, teníamos la noche como seguro de vida y eso nos daba tiempo de preparar ataque, defensa o huida hacia el oeste, que no teníamos clara la reacción correcta. Antes de marchar nos indicaron hacia norte las pequeñas islas que habíamos dejado por el través de estribor, donde poder ocultarnos y dejar paso libre a aquellos navíos desconocidos, pero armados y con claras intenciones belicosas. Don Sebastián optó por esto último, así que maniobramos al efecto enfilando las dos pequeñas islas que habíamos dejado a nuestro estribor dos millas mas a popa.

Silencio a bordo, la luz aún era intensa y nada veían nuestros vigías ahora apostados en el palo de mesana. Mientras, las islas se aproximaban y las tomamos por el pequeño canal que las separaba. Con una señal de agradecimiento desde la borda nos despedimos de aquellos dos juncos que rasgaban la mar como navaja sobre tela de fina seda por arribara tierra segura.


- ¡Don Miguel, sondando cada minuto! ¡No quiero dejar aquí mis huesos! ¡Don Martín, vos, con nuestro alférez mantengan prestos a la dotación! ¡Nostromo, quiero listo el serení, en cuanto hagamos ferro a cubierto con el alférez varios hombres de descubierta al punto mas alto de la isla que da al este!
Creo que fue el santo que a popa lleva su nombre nuestra nave, el que intercedió por todos logrando hacer fondo ferro entre un brazo de rocas y una lengua de tierra poblada por una densa vegetación. Se tocó a silencio de nuevo, bajo pena capital y quedamos todos pendientes de la arribada del serení con nuestro valientes a la orilla. Fue dejarlos en esta y volver a por un destacamento de otros diez hombres que dejar de puesto intermedio en la orilla, entre mi Sebastián y el navío.

Mantuvimos la tensión hasta por fin saber de cierto que del sur navegaban en nuestra busca un galeón junto a un bergantín armado holandés y tres juncos armados. Anochecía cuando todos nuestros hombres ya se encontraban a bordo sanos y salvos, había que tomar una decisión sobre aquella escuadra que pasaría muy cerca de nosotros.

- ¡Caballeros, a mi cámara!¡Consejo de guerra!
Nos reunimos allí Don Miguel, mi buen Sebastián, el nostromo y yo mismo. Había que decidirse por una acción.

- Caballeros, por lo que nos informa nuestro alférez, se aproxima una flotilla con intención de arrasar con nosotros. Un galeón con, al menos, 30 cañones y un bergantín armado, con estos dos hijos de los pantanos navegan tres juncos rápidos y armados, pero sobre todo con dotación suficiente para el abordaje. Hay que decidirse por atacar ahora o ser perseguidos después cuando descubran el engaño de estas islas. Nuestros cincuenta cañones y trescientos hombres prestos es una garantía ante los holandeses, que por solo nuestra presencia ya tendrán el miedo en sus cogotes de herejes, pero desconozco la respuesta de los japoneses en combate.


- Con su venia, capitán. El Alférez Sebastián indica que van el bergantín y galeón a unos 6 cables con bordas paralelas. Podemos posicionar nuestro navío en esta noche de luna menguante entre ellos y dispara a ambos, enfachar el navío dejándoles en combate abierto mientras retornamos a nuestro refugio. Me queda el cabo desparejado de los juncos, pero creo que después de la confusión unas botellas incendiarias sobre sus velas en caso de pasar cerca de ellos con nuestro bordo mas elevado, sería un buen argumento para que nos permitieran apuntar sobre ellos con acierto y mandarlos al infierno. También podríamos quedarnos aquí y plantar cara a la luz del día, pero no me parece muy beneficiosa plantear la jornada de esa manera para nuestras armas.

Todos quedamos en silencio, yo creía en mi maniobra no tanto porque llevara éxito asegurado en cédula real, sino porque era una apuesta, era una aventura y teníamos el coraje y la pólvora para hacer lo que ellos nunca se esperarían. Don Sebastián asintió

- Don Martín, nunca dejaréis de sorprenderme, así lo haremos aunque con alguna objeción que vamos a comentar ya en cubierta. ¡Don Miguel, virando el ancla!

En silencio mortal libramos el ancla, diez hombres a bordo del serení con orden fueron remolcando a nuestro navío hacía la salida norte del aquel pequeño canal entre ambas islas. Mientras, bajé a mi antigua cámara que ahora era de aquella familia perdida para intentar infundir calma y seguridad. La mujer aferraba a sus hijos como polluelos, mientras yo les dejaba esta vez una pistola cargada y un cuchillo. En eso estaba cuando el niño corrió hacia mi abrazándose a mi pierna y espada, que juntas caminaban. Sentí una inyección de valor y un sentimiento de refrescante responsabilidad de lo que era la palabra tutor, que nunca había sentido. Con suavidad lo deposité en los brazos de su madre, que me devolvió una mirada de agradecimiento con la que me fui convencido de la victoria.

Noche casi negra, una escandalosa luna en cuarto menguante nos quería descubrir. Nosotros sabíamos su posición, mientras ellos solo veían proa avante sus amuras, no esperaban nada por su popa. Nuestra ventaja iba aderezada con cincuenta mosquetes sobre las vergas, veinte hombres con las frascas incendiarias prestas a lanzar a los juncos a un grito, los cincuenta cañones cargados y a una voz del artillero, toda la marinería preparada para la maniobra, esto último era lo más sensible al triunfo. Don Sebastián con el sigilo propio de la situación se acercó al Nostromo en el combés desde donde este ordenaba la maniobra a las indicaciones de Don Miguel.


- Nostromo, que corra por toda la dotación. ¡Santiago y cierra, España¡...

2 comentarios:

JoseVi dijo...

Blas de Lezo, tengo que conocerte en persona XD, no se cuando, pero os conocere XD. Me ha encantado la historia, Eres como yo pero por mar XD. La musica me pone la piel de gallina, sobretodo la segunda. ¿es alatriste no? Lo sabia XD

Un fuerte abrazo, no cambies.

Lúcida dijo...

Desde el 23 vengo poniéndome al día y no puedo parar. Como siempre, gratamente sorprendida.