lunes, 25 de agosto de 2008

Oro en Cipango (33)

…Pasamos varias singladuras bañados en cascadas de la euforia propia del saberse de retorno a la cultura conocida, a las costumbres propias que hacen que uno se sienta como horma en zapato de su medida. La normalidad fue poco a poco invadiendo los ánimos de todos, ahora tan sólo había que conducirse de forma serena y marear bien la nave, algo de lo que estábamos verdaderamente preparados.

Esta rutina, sin otro sobresalto que un cambio repentino de viento o la presencia de alguna ballena en deliciosa y cercana visión, fue propiciando una relación con aquellos “extraños” pasajeros cada vez más cercana y familiar a pesar del carácter frío y poco expresivo de su cultura, pero había niños y ellos no saben que es eso de la diferencia hasta que se la enseñamos nos con nuestro ejemplo. Los marineros, en cuanto un momento de holganza se presentaba ante ellos, corrían casi todos hacía los infantes. Realmente aquella oportunidad era algo que alimentaba la vida de ambas partes, a ellos les daba motivos para creer, para sonreír, para saberse buenos en un mundo que solo les ponía armas, órdenes a cumplir y no permitía buenos sentimientos salvo cuando así estaba visto por quienes mandaban. Enseñaban a los niños a hacer nudos, coser las velas, pasaban horas jugando con los pajes en los ratos de holganza de estos.

Algo que en verdad poco me gustó, era la actitud de nuestro padre Ruiz; este de pronto iluminado por una fe redentora, no dejaba a Ayane ni a barlovento ni a sotavento de la nave, intentando realizar en aquellos momentos lo que ni pensó un solo instante en hacer durante los meses que estuvo entre tanto pagano, como él mismo los llamaba. Sin saber una palabra del idioma, cual corsario al abordaje, se lanzaba a impartir los dogmas de nuestra fe cristiana. Aquello importunaba a Ayane. Ella, por medio de su hijo, de nombre Kazuo, que ya dominaba nuestro idioma, iba dándose cuenta de las intenciones del orondo pater, enfureciendo su ánimo pues no era persona de poca formación, por lo que uno iba descubriendo. Al principio de nuestro encuentro y secuestro postrero, pensé que era una sierva de aquél señor al que mi acero dio con su alma en fuga y su cuerpo en tierra. Pero esto no era así, ruego me perdonen pacientes lectores de este humilde relato vital, pero con la venia de vuestras mercedes, este tema creo será mejor relatarlo con más detalle paginas avante.

Como relataba, el Pater llegaba a acosar en exceso a, en aquél momento la imaginaria "esposa" de toda la tripulación; esta actitud la consideraba un servidor de vuestras mercedes, en una elevada medida de cobarde, por ser mujer sola cuando dispuso de un amplio grupo de almas a popa de nuestra nave allá en Japón. Así, una mañana de buen viento dando de través a nuestras velas, con una mar de tantas formas tatuadas sobre su piel como caprichos del viento perfilador sobre ella, quizá pudo ser el gris de alguna de aquellas nubes cargadas de agua que amenazantes nos perseguían, quizá quise adelantarme a la explosión de esa inmensa humedad constreñida entre sus variables formas, quizá nuestro Señor en sus torcidos renglones de buen jugador no aceptase ese tipo de trampas del pater y me empujó a ello. Me interpuse entre su hábito y cruz de madera y Ayame de forma clara y un cierto amenzante al primero.

- ¡Basta, Padre Ruiz! ¡¿No le parece algo excesivo intentar convertir a alguien que no entiende sus vocablos, mitad en español, mitad en latín?! Deteneos y reflexionad que muchas son las leguas que restan y a esta desgraciada mujer mucha vida le aguarda en las cristianas tierras de Nueva España.
- ¡Qué decís, Don Martín! ¡¿Osáis interponeros entre Dios, Nuestro Señor, y estas pobres almas sin credo salvador?! ¡No esperaba tal cosa de vos!
- No digáis insensateces, Pater. De sobra sabéis mis creencias y la sangre vertida por la Verdadera Religión, solo os ruego que reflexionéis sobre vuestra actitud. Esta mujer está sola, no conoce el idioma y no tenéis competencia de moro a pagano que pueda robaros la pieza.
- ¡¡¡Apartaos!!!

No me quedó más remedio que desenvainar; en ello estaba cuando la mano providencial de Don Sebastián con acierto, premura y en tiempo oportuno retuvo aquella acción a la vista de toda la tripulación, que son pocas las varas de manga y eslora de un navío por muy grande que este sea.

- Acompáñenme los dos a mi cámara. ¡Todo el mundo a sus obligaciones! ¡Ya!

Tras nuestro capitán como ganado sumiso nos dirigimos nuestros pasos hacia la cámara de popa. Giré de manera instintiva mi cabeza y allí crucé mi mirada con aquel rostro oriental, en aquel momento golpeado por un sol que se abría paso entre las hasta ahora triunfantes nubes del oculto firmamento. Sentí alcanzarme un primer esbozo de sonrisa.

- Bien, ambos, caballero y sacerdote me deben una explicación. Explicación que no deseo escuchar de semejantes zoquetes. Vos, Don Martín, cuándo aprenderá que la espada es una medicina que se emplea en pequeñas dosis, y vos, Padre Ruiz, ¿acaso la comida de nuestro barco le causa alucinaciones hasta hacerse pasar por San Lorenzo? Si asi fuera, no ha de demorar su confirmación, pues lo dejaré en el sobrejuanete de la mayor para que una buena fogata de San Telmo lo abrase. Don Martín, mantengo mi orden de que seáis vos el tutor de estas tres personas, por lo que cuídese de que no se acerque nadie a ellos sin su consentimiento, y en cuanto a vos, lo quiero en los sollados de proa dando muestras de su profesión de fe. Confiese los pecados de tanto marinero descarriado, flagélese si lo encuentra oportuno por la cristiana arribada de nuestra expedición, pero no se acerque ni por asomo a esos dos niños ni a su madre. Seguramente, serán más tarde o más temprano objeto de la Luz Divina, que los recuperará a la verdadera creencia. Ningún problema mas quiero o desembarcarán ambos con los grilletes del Santo Oficio de camino a Veracruz. Eso es todo y ahora déjenme el resto del día para olvidar esta estúpida escena.

Salimos en silencio, sin mirarnos a la cara, el pater enfiló sus pasos hacía proa mientras yo me apoyé entre las batayolas cercanas al combés en la banda de estribor de la embarcación.
Poco a poco todo fue normalizando, yo me mantuve más cercano a ellos, una situación que me agradaba, los niños, sobre todo Kazuo, aunque también su hermana Akemi, algo más pequeña, alegraban mi corazón ya agotado de vivir tantas situaciones tensas y de verdadera pasión ante algo o alguien. Kazuo se habñia transformado en algo como un pequeño hijo que colmaba las carencias de no tener tal y sin esfuerzo iba ganando espacio al bueno de Sebastián, al que ya solo le quedaba el nombramiento de capitán, pues de facto ya lo era. Estar con ellos daba respiro a mi alma atormentada y creo que ellos sentían en mi algo más que a alguien que los vigilaba y protegía.

Sentía paz y eso era la primera vez que entraba en mí sin tener a mi enemigo inerte en el suelo, separado ya de su alma…

2 comentarios:

Armida Leticia dijo...

Saludos desde México, mas allá de la mar océano, al poniente de la península...

Alicia María Abatilli dijo...

Me maravilla leerte y descubrirte en cada capítulo, creo que eres Martín, pones tanta pasión al describirlo...
¿Dónde están los Martines que detallas? Hacen falta, mucha falta, amigo mío.
Alicia