viernes, 1 de agosto de 2008

Oro en Cipango (21)

…perdón os pido a vos, mis lectores empedernidos, sufridores de los rigores de la espera. Es mi debilidad sincera, la razón verdadera de tanta demora. Y es que tantos años sobre esta vida no traen sino brasa donde antaño fuera hoguera que furibunda al crepitar devoraba papel y tinta. Mas no os entretengo mas con mis lamentos de anciano y prosigo en mi relato si mis ánimos permiten.

Como les relaté, arribamos a Edu, enorme ciudad de este Oriente desconocido, mi capitán, Don Sebastián, el padre Ruiz y yo mismo escoltados por el lugarteniente del Shogun en aquella región. Costónos bastante rodear la impresionante rada en la que descansaba aquella ciudad de enormes proporciones. Mi mayor deslumbramiento hasta aquella fecha había sido la enorme ciudad de Sevilla, centro y nudo mundial del comercio mundial y la vida terrenal. Esta otra ciudad japonesa doblaba con creces su tamaño, edificios magníficos, cubiertos de oro en esas extrañas formas cuadradas cubiertas de tejados en curva, extrañas para un cristiano viejo como yo. Incluso edificios rectangulares altos con varios tejados unos superpuestos entre otros. Limpieza y orden encontréme en las calles de manera terriblemente absoluta; aquello fue algo que me despertó la prevención ante tal falta de humana suciedad, propia de ciudades, villas y villorrios en cualquier lugar que humano se preciara vivir, al menos en el vasto mundo recorrido por mi humilde persona.

La observancia con un tino más exhaustivo me percató de los rostros casi imposibles de distinguir de los habitantes de la ciudad. Todo el mundo mantenía su mirada hacia el suelo ante nuestro paso, el silencio y orden que percibí en una primera impresión, tornóse en vació y temor por parte de aquellas gentes. Esa sensación tan poco agradable me encogió el alma entre los bastimentos de mis costillares. Siempre temí a los corchetes del Santo Oficio, a la dureza de la justicia Real, pero siempre percibí que ante una jarra de vino y unos amigos las risas brotaban en mi cristiana España. Al fin había encontrado algo que me reconciliaba algo con la dureza de mi país, pues este aparentaba ser por demasía de crueldad extremo.

Avanzábamos por una de las enormes avenidas que, en lenta pero constante pendiente ascendía hacia un enorme edificio a modo de castillo con esas extrañas formas curvas propias de este oriente majestuoso. A medida que la cercanía de sus puertas era mas patente, la concentración de soldados flanqueando nuestro paso se hacia mayor. Al fin alcanzamos la puerta de mas de 20 yardas de altura en dos hojas con colores rojos atravesados de vetas doradas. Con un ruido metálico que retumbó en mis oídos comenzaron lentamente a abrirse éstas, para darnos paso al patio sobre el que presidía un enorme edificio que era la residencia fortificada del Shogun. La guardia humada militar dió paso a un conjunto de 10 estatuas, cinco a cada lado del camino que partía aquel patio en dos también enormes mitades. Diez leones de aspecto furioso bañados en oro que me produjeron mas miedo, que todo el armamento de un tercio viejo español a punto y en prevención de combate frente a mi.


Con un golpe metálico, que ahora puede distinguir proveniente de un enorme disco de metal, nos detuvimos descabalgando tras el lugarteniente que reclamó la presencia a su lado de nuestro Capitán. El Padre Ruiz y yo, como pareja de circunstancias, los seguíamos algo atribulados con los soldados tras de nosostros. Atravesamos varias estancias en las que la altura de sus labrados techos, dibujados de dragones, labrados de escenas de combates a espadas de aquellas tan diferentes a las nuestras, alumbrados de soles nacientes entre vergeles, inundados de mares calmos, continuamos nuestro paso hasta que nos detuvimos frente a la puerta de la que parecía ser la estancia del Shogun. Allí nos pidió el lugarteniente que nos desarmáramos, cosa que hicimos con algo de congoja por dejar lo poco que nos mantenía algo aferrados a esta vida, a veces tan ingrata, pero que no queremos perder ni con aceite hirviendo sobre nuestras cabezas.

Entramos a una enorme estancia, tal que una pequeña villa sobre la que deambulaban multitudes de gentes, hombres y mujeres aparentemente ociosos; esta imagen ya era más familiar, me recordaba a otros lugares, en otras cortes que sin ver conozco. Lugares donde, los bien definidos cortesanos se zafan de los esfuerzos propios de la maldición bíblica, con la humillante actitud de servil postración ante los deseos del poderoso. Fue vernos acceder y paralizarse todo este mundo, abriendo el paso entre nos y el Shogun que nos esperaba sobre aquel trono sin tal mueble, pues estaba sentado sobre cojines de fino terciopelo azul en algo parecido a un altillo sobre el que dominaba la visión de todo. Nos detuvimos a una distancia en la que podíamos verle a él y él a nos. Su lugarteniente hizo las labores de traductor entre nuestro capitán y el Shogun.

- Sed bienvenidos a este nuestro país, donde el sol nace siempre primero por ser designio divino nuestra elección como pueblo elegido.
- Gracias os damos en nombre de nuestro Rey Don Felipe III, dueño de medio mundo y deseoso de afianzar la amistad, ya demostrada por vuestra grandeza hacia nuestro Gobernador de Filipinas Don Rodrigo de Valero en sus vicisitudes durante el tornaviaje a Nueva España. Por ello y con nuestros deseos reiterados de amistad entre coronas, mi rey me encarga os haga entrega de esta carta y este pequeño obsequio que desea nuestra majestad Católica le agrade.



Don Sebastián, con un gesto, hizo acercarse a un soldado que trasladaba un fardo de cuero que le había entregado nuestro capitán para su transporte. De este equipaje extrajo un precioso reloj que el Virrey le había hecho entrega en México. Era precioso, causando expectación en todos los presentes, sobre todo al observar aquellos engranajes de fina factura y su mecánico movimiento.

- Deseamos sea de su agrado este humilde reloj producto de los ingenios y avances, que nuestra sociedad al otro lado del mundo desarrolla y que deseamos compartir con vos, majestad.
- Os agradezco tal presente y os ruego que permanezcáis en mi corte el tiempo necesario hasta la reparación de vuestro navío que me informan de su grave estado para la navegación. Por ello, mi lugarteniente os enseñará vuestros lugares de descanso. Mientras aquí os encontréis, consideraos como hijos del Shogun y por ende con sus mismas prebendas. Ahora me retiro a mi cámara en la que deseo veros a vos, Don Sebastián, al rayar el mediodía para discutir los temas que nos preocupan a ambos tal y como vuestro rey me cuenta en su carta.

Así fue nuestra llegada a aquel majestuoso lugar casi de leyenda para mi. El Padre Ruiz, menos gruñón al percibir próximos los olores de grata pitanza, y yo seguimos a nuestro ahora convertido en chambelán a nuestros aposentos. Mientras, en Uraga, el San Francisco ya estaba varado para su calafateado y reparación de los bajos, con nuestros hombres alojados cerca de él, que al fin y al cabo era nuestro pasaporte de retorno a casa, preciosa palabra, que para mi ya significaba Nueva España.




No sabíamos el tiempo que nos depararía aquella aventura, pero a fe cierta que habríamos de vivirla intensamente, con holandeses o sin ellos…

4 comentarios:

lola dijo...

Me trasladé a ese lugar que nos narras, un Japón legendario y misterioso, espero que a los personajes le vaya muy bien ese descanso merecido.

Un abrazo.

Lúcida dijo...

Me alegra que Don Martín se haya recuperado tan rápidamente, los años no le han robado vitalidad.

Armida Leticia dijo...

Me traslado en el tiempo...voy al pasado, estoy en la Nueva España, esperando el regreso de Don Martín...

Saludos a través del tiempo del espacio y la distancia.

Silvia dijo...

¡Qué delicia leer de nuevo las andanzas de Don Martín!
Espero que el Shogun le trate bien y consiga buenos acuerdos para su buen Rey.
Un abrazo