domingo, 10 de agosto de 2008

Oro en Cipango (24)

...Mantuvimos digna nuestra estampa al paso de la guardia del palacio del Shogun, caballeros éramos y eso pretendíamos seguir siendo. Nuestro capitán aguardaba impaciente en el ala de aquel palacio cedido por nuestro anfitrión. Llevábamos mas de seis horas de retraso. Con un gesto que reflejaba mezcla de asombro y preocupación nos recibió nuestro capitán

- ¿Dónde estábais? Juro por nuestra señora del Rosario que iba a mandar en busca de vuestras mercedes a un escuadrón de estos eternos guardianes de mi aburrida sombra, que siempre nos acompañan por la ciudad y a fe ciega que darían con ambos. Sentémonos ya y hablemos, que tenemos planes por avante.

De esta forma tan directa Don Sebastián nos puso al corriente de la autorización por parte del Shogun de barajar la costa hacia el norte, siempre con la intención oficial de cartografiarla, aunque nos le dispusiéramos otra encomienda mas que era ni mas ni menos que la secreta de encontrar las Islas Rica de Oro y Rica de Plata, nombres tatuados a fuego en nuestro imaginario desde que nos lo relató Don Sebastián a bordo de nuestro navío. En dos días debíamos de zarpar con la marea manteniendo rumbo norte. A bordo llevaríamos con nosotros a un delegado del Shogun llamado Sengoku Ashinkaga, hombre que era capaz de hablar español y nosotros de intentar con él el japonés.

Don Sebastián nos dijo que había una misión mas, que hasta no zarpar no podría revelarnos, confiando en nuestra humana lealtad y bíblica paciencia. Con aquellas breves instrucciones nos quiso despedir hasta la salida hacia Uraga el día siguiente. Mas yo tenía mi decisión clara como meridiano de Cartagena.

- Don Sebastián, hemos de hablarle de algo importante.
- ¿No puede esperar vuestra merced a que amanezca y eso, al parecer tan importante, me lo reveléis mientras nos dirigimos a nuestro barco?
- No, pues lo estimo como algo de lesa importancia. Algo de lo que me hago responsable al ciento, pero deseo este presente Don Miguel en mi confesión para corroborar todo lo que de mi boca escuchéis.
- Me asustáis mi buen Martín. No me digáis que otra fémina ha rondado esa vuestra puerta de extraña y fácil apertura por tal género humano.

Casi sonreí por aquel comentario, tan real y que tanto trajín, dejándome sin doblón al cinto, me acarreó hasta aquellas horas de mi existencia, pero conseguí mantener el rigor en el gesto, encaminando mi ánimo por derecho a relatarle la acción tal y como fue. Durante este, las caras de Don Sebastián pasaron del asombro a la carcajada, del enojo a la compresión y hasta el orgullo en algunos momentos.

- Os agradezco que hayáis tenido el detalle y la bravura de relatarme de primera mano tal asunto, pues que no os quepa duda que nuestro real contador, el pequeño Villarejo, no habríase demorado un tercio de minuto, en cuanto mis reales pisaran la cubierta del San Francisco, en relatarme vuestra, sin embargo, brava acción bien guisada y harto condimentada en pos de su beneficio. Veremos qué se le ocurre ahora, máxime cuando estáis vos por medio de tal danza y es conocido el aprecio que os depara.

Otra carcajada intercaló aquel discurso que, conforme avanzaba, a mis temores mundanos daba visos de victoria sobre la desdicha y el castigo.

- Decís que aquel bruto quedó enterrado y la mujer esta a bordo con los niños. Muy bien me parece esto, dentro del gran desastre que podría haber acontecido en medio de este Japón, mas propio de la España de la Reconquista, exhausto entre caballeros y señores feudales. Nada diremos, que mucha maldad hay entre tantos muros, así cualquiera podría haber matado a ese hombre. Vos, Don Martín os haréis cargo de la mujer y los dos niños; como tutor de ellos os nombro hasta pisar tierras del Rey. Pero os advierto, no quiero ningún roce carnal o tal, que así lo maldiga nuestra Santa Madre Iglesia. Os valoro y os necesito como soldado y marino, dejad la compasión y la sensiblería para otras latitudes y mejores situaciones. Si logramos arribar a Acapulco sanos y salvos vos recibiréis de mi orden la definitiva tutoría ante el virrey; mas en contraria ocasión, os juro que de caballero a chusma de galera pasaréis sin remisión. Ahora dejemos tales zarandajas y tomemos el resuello al lecho que nos dan en este palacio, del que ya hartos tengo mis sentidos, antes de que este maldito sol, que en esta tierra parece salir siempre antes, nos haga partir hacia Uraga.

Nos miramos Don Miguel y un servidos de vos con sentimiento de satisfacción, con el gesto liberador por la recuperación de gaznate ya dado por perdido. Sin saberlo, estaba seguro de la clase de nuestro capitán, sabía serlo. Nos acostamos con la dicha del nuevo día y la nueva jornada a bordo ya de nuestra nave.

Cabalgamos Don Sebastián, Don Miguel, nuestro Padre Ruiz y yo mismo en mudo silencio y al trote; en la jornada siguiente el delegado del Shogun, Ashinkaga, se presentaría a bordo, con lo que pudimos hacer el regreso con el gusto de poder conversar sin extraños, nos costó, pero al final la conversación brotó de nuestras lenguas. Informamos al Padre del lance y sus consecuencias, no dándole este gran importancia. La verdad es que no valoraba en demasía sus almas y por ende sus cuerpos; prometió guardar el secreto. Parecían importarle más las viandas no degustadas, pues se le veía apenado de abandonar aquellas tierras paganas con pocos cristianos que le escucharan en sermón dominical. Y es que vida como aquella no la debió conocer el padre Ruiz, fraile, que si no lo conociera a esta alturas de la expedición, juraría que iba a ser él el que se convirtiese a aquellas religiones paganas si le prometieran semejantes dispendios gastronómicos.





Arribamos sin pena pero con la gloria de sabernos pronto y prestos a partir engolfándonos en mar abierto. Tiempo había pasado y no recordaba aquella visión tan hermosa que era aquel embarcadero donde orgulloso se mecía nuestro navío. El gallardete de nuestro comandante bailaba al son del viento de poniente, como queriendo rendir saludo a su dueño en tierra y dios en la mar. Desde la plancha del barco nos esperaba el contador, ansioso y aparentemente deseoso de hablar con nuestro comandante que, al hilo de todo, nos dedicó un gesto de cómplice que casi desbarata todo el pequeño telón que manteníamos corrido desde nuestra confesión.

- ¡Buen día tenga vuecencia, Señor Capitán! Sea bienvenido a bordo donde le esperábamos todos los hombres como verdadera promisión. Loado sea el Hacedor que nos mantuvo firmes y presentes para presentar a vos su navío presto para bregar mares y barajar costas paganas para nuestro Rey Don Felipe...
- Muy bien, Contador. Ahora dejadnos que quiero ver al nostromo para recibir novedades. A la media lo quiero ver a vos en mi cámara con el estado del San Francisco, vituallas, cordajes, velamen, y dotación. Espero que llevemos aguada para dos meses y provisión para tres como os mandé por Don Miguel.
- A la media allí estaré mi Capitán.

Con una mirada entrecruzada hacia Don Miguel y hacia mí se fue alejando hasta el alcázar de proa, donde dio aviso al nostromo.

Mientras Don Sebastián departía con novedades y daba nuevas órdenes, Don Miguel y yo nos acercamos hasta el sollado donde se encontraba el salazón y nuestros inconfesables invitados...

2 comentarios:

JoseVi dijo...

Me ha encantado tu narracion XD, muy buena, te felicito. Es la que mas me ha gustado de cuantas he podido leer de ti. Encima hay japoneses XD, ademas de los caballeros y los tercios españoles, me gustan un poco los samurais.

Me ha encantado, de corazón. No cambies, un fuerte abrazo.

Alicia María Abatilli dijo...

Tu descripción del navío en el embarcadero me pareció genial.
Coincido con Josevi, es excelente este relato.
Un abrazo.
Alicia