domingo, 31 de agosto de 2008

Oro en Cipango (36)

…con dignos pasos de algo mas que los de un mero prior de navío, nuestro pater, crucifijo delante, avanzó adelantado hasta subir al alcázar de popa. Los demás acompañamos su lento peregrinaje hasta aquél atrio de la nave, como parecía en aquellos momentos. Con un gesto, Don Sebastián dio la orden al nostromo de formar sobre cubierta y frente a nosotros a toda la dotación. Comenzó la ceremonia con las oportunas oraciones, en un latín mas español antiguo que lengua de césares, acompañadas de varias genuflexiones al viento y besos al crucifijo con rictus de iluminación puramente divina. Después, nuestro Padre Ruiz indicó al marinero de guardia en el alcázar que recogiese agua de aquel océano, en esos momentos pacífico como deseando pasar desapercibido en aquellas ceremonias humanas, ritos por los que se toman ciudades al asalto y se acuchillan infantes que desconocen razones y tan solo las sufren. Quizá les parezcan mis letras algo descreídas, a estas latitudes de mi existencia nos son más que el resultado de la dura vida, la magra convivencia con tanto hombre dado de santo, cuyo ejemplo no ha sino demostrado que su halo de santidad viene dado por el poder que le infieren reyes, cañones y maniobras certeras sobre multitud de mentes que ignoran verdades, asombrados por los brillos del oro y superados por la propia y sempiterna ignorancia. Nuestro Señor, que no es de este mundo, estoy seguro que cuando a su puerta mi alma llame, sabrá juzgar con su sabiduría mis palabras, mis acciones y sobre todo pensamientos que son los que mayor libertad ejercen. De ello estoy seguro como de mi muerte y de que todos los que de capa negra o de claro hábito santo se disfrazan, no son mas que útiles de un poder que si es de este mundo, que humano y no divino es.

Con la señal de la cruz dibujada sobre las tres frentes de Ayame, Kazuo y Akemi, el pater comenzó a derramar agua del Océano izada por el marinero, mientras pronunciaba los nombres de cada uno, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La ceremonia terminó poco después con el beso de cada uno a la cruz, esta vez de plata que el padre Ruiz sacó del interior de su raido hábito religioso. Con la dotación por testigos, los documentos fueron firmados por el Pater y nuestro comandante; documentos que certificaban tal conversión, mi rostro con la mirada perdida hacia ese sol con su perpetuo brillo me hizo percibir que su esplendor era aún mayor. Solo era una respuesta a la felicidad interior que llevaban a ver por mis ojos todo con el fulgor propio que se sabe más cerca de su sueño, pero dejemos este en suspenso hasta nuevos aires que no tardarían en llegar.

Me llevé a los niños a su cámara para darles descanso e intentar explicar con mas detalle el significado de aquella ceremonia en su futuro mientras Ayame fue con el Padre Ruiz a confesar sus pecados. Aquella confesión debió ser del todo graciosa pues no veía a los dos muy prestos a entenderse en sus sendos malos japonés y español. Entretanto el viento arreció de fresquito a fresco con lo que nuestro andar se incrementó, los deseos de arribo eran enormes entre todos, Don Miguel procuraba cazar todo el viento que nos mandaba ese Océano ya parte de nuestra piel. Así, a unas dos horas de la arribada de la segura noche un grito nos sacó de nuestros sueños. Era el marinero Alberto Muruve desde el juanete del trinquete, Muruve antes de embarcarse en esta expedición dedicábase a la pesca en las costas próximas a Acapulco, por lo que conocía perfectamente los secretos ocultos de aquella mujer mitad arena, mitad orilla que se ocultaba de nosostros.

- ¡La Roqueta! ¡La Roqueta! ¡A proa, Acapulco!

Como una ballesta nos plantamos todos en la borda de babor cercanos al alcazar de popa. Yo no conocía aquella pequeña isla que cerraba por el noroeste la bahía de Santa Lucía, donde, como verdadera perla del mar del sur, se preparaba para descansar la villa de Acapulco. Mi largomira me decía que aquello era una péquela isla pero a Don Sebastián no, prueba de ello era el brillo de su dentadura mostrada por su sonrisa producto de la satisfacción de saberse en casa al fin.

- Don Miguel, mantengamos el navío a buen recaudo hasta el amanecer en que arribemos con honores a nuestra cristiana tierra. Un cazo de aguardiente para todos y prevención durante la noche.

Así nos mantuvimos hasta la amanecida del siguiente día. Creo que nadie fue capaz de conciliar sueño alguno. Quien no limpiaba sus armas y ropas, estaba pendiente de que el sol tuviera a bien despuntar tras la bahía de nombre Santa Lucía. Intensa espera hasta que con voz serena nuestro capitán dijo lo que todos esperábamos.

- ¡Todos los hombres listos para maniobra de entrada! ¡Artillero, andanada de aviso! ¡Cárguelo bien de pólvora, que sepan que somos un navío del Rey!

Retumbó, no como en tanto combate naval pasado, pero si lo suficiente como para devolvernos después de su eco desde las recónditas tierras mexicanas, el retumbar del cañón desde el bastión defensivo firme sobre la entrada de la bahía. Un grito de júbilo explotó, nos unió como un solo espíritu. Abrazos, lloros, rezos de algunos hombres que un humilde servidor nunca hubiera esperado ver arrodillado sobre cubierta; abrazos con Sebastián, mi ahijado, a quién ya vi hecho un verdadero hombre del rey, un capitán propio de tercio, con Don Miguel Rocha, gran piloto que reflejaba en el vidrio de sus ojos la real necesidad humana del tacto de la tierra por muy hombre de mar que fuera, tantos hombres sin hacer diferencias a sus clases en pleno desahogo, descarga de miedos acumulados durante tantos meses al que el único sentido lo daban su capitán, su navío y el pabellón ondenado sobre este que les recordaba de donde eran. Entre todo aquél maremagnun de sentimientos, como un islote sereno permanecían Ayame, Kazuo y Akemi erguidos y expectantes. Crucé mi mirada sobre la suya, creo que fueron mis botas las que me plantaron frente a sus ojos. No escuchaba nada de aquella batalla de alegría, los empujones no me afectaban y con la lentitud y el aplomo que nunca creí recuperar frente a una mujer, me arrodillé dando un paso al frente con mi pierna derecha apoyando la rodilla de mi pierna izquierda en la cubierta.

- Ayame, no he sido para vos quizá nada más que un carcelero, alguien que os ha arrebatado a golpes de acero de vuestra tierra madre. Mis intenciones nunca fueron otras que vuestro bien aunque de principio tan solo os viera como una extraña oriental. Con el paso de los días, de las jornadas sobre mar y cielo os he sentido cada vez más cercana a mis sentimientos. Vuestros hijos ya ha que los siento como míos y puedo prometeros que guardaré sus vidas con la mía hasta mi último hálito de existencia. Ayame, aceptaré vuestra decisión cual condena si es de rechazo o temporal de felicidad si esta un sí. Deseo con toda mi gastada alma unirme a vos en santo matrimonio, os amo y mi vida hace ya tiempo que es la vuestra, mi futuro puedo asegurar también que será el vuestro. Perdonad mi atrevimiento si os he ofendido, pero como hombre de armas no entiendo otra forma de hacerlo que avante y por derecho.

Quede mirándola, no sabría decir el tiempo que transcurrió en aquella burbuja que dibujábamos con nuestros cuerpos. Ella me sonrió desde su mirada naciente en sus ojos rasgados mientras se acercaba a mi hasta hacer algo que nunca imaginé. Rozamos levemente nuestros labios, sus manos cogieron mis desgastados guantes presionando éstos suavemente, mientras un maravilloso “acepto” provocó en mí la turbación propia de un infante recién hecho hombre. La abracé como hacía tiempo no había hecho, quizá en aquellas Islas de Santa Cruz, quizá Doña Isabel, mi Isabel de Barroto pudo sentir algo así de mis brazos, de mi cuerpo mortal. Nos separamos, ella volvió a su distancia mientras con una mirada me despedí dirigiéndome a mi puesto en el alcázar; Don Sebastián ya largaba órdenes a través de Don Miguel y el nostromo para enfilar correctamente en aquel momento de mi vida la bahía más bella que nunca había conocido.



Arribamos a sus muelles cargados de tesoros, con la cartografía de la mano de Don Miguel que sería de gran utilidad para futuras expediciones, con importantes informes para nuestro Rey, el triunfo en verdad había sido del todo real. La conquista de aquellas tierras quizá fuera en otras jornadas o quizá nunca lo sería, mas eso no era ya nuestro menester. Con la firma del Virrey, desde México, arribó la confirmación de mis títulos, la autorización de matrimonio con mi querida Ayame; mi ahijado fue declarado capitán del rey con su soldada de 40 escudos de oro y, a pesar de no tener hombres bajo su mando aún, se le concedió 25 escudos más de ventaja por su honor y honra en el combate; aquello, en su hogar, al lado de la familia que me lo confió tiempo atrás me recompensó por todos los tragos pasados. No habían mis ojos llorado con aquella intensidad nunca hasta entonces...

4 comentarios:

Lúcida dijo...

Cuantas cosas bonitas juntas... se agradece

Saludos

José Luis dijo...

"Sus húmedos besos sobre mis resecos pies quieren empujarme
el susurro de la suave resaca después de cada beso me llama
te dejo ya en tu viaje, yo me despido pues ella me reclama"

¿De dónde sale tanta inspiracíon, de dónde?

Cada vez sorprende más el burbujeante néctar de tus palabras.

Buena salud a todos.

BLaz, sigo leyendo, actualizándome.

Armida Leticia dijo...

Con la música tan hermosa con la que nos recibes en tu blog, es muy placentera la lectura de tan bellos textos.

Saludos desde México.

Armida Leticia dijo...

Yo otra vez, gracias por tus palabras en mi blog.