martes, 12 de agosto de 2008

Oro en Cipango (26)

... Llegó el domingo, día de Nuestro Señor, en el que rendimos homenaje a su sacrificio por nosotros, día en el que se premia y se castiga las acciones de la tripulación durante la última semana y donde, esta vez, también se hará juicio sumarísimo sobre el contador de nuestro navío, Don Secundino Villarejo, persona de mal fario y peor destino para quién en él osara apoyarse. Tras la ceremonia religiosa y postrer ejecución de los tristemente conocidos de azotes “al cañón”, se dio descanso a toda la dotación menos a los afectados por semejante juicio. Entre ellos estaba nuestro capitán, como supremo juez en representación de su majestad católica, mi persona y la del bueno de Sebastián como testigos, Don Miguel como fiscal acusador, siendo el maestre carpintero Don Gaspar Linares, como hombre mejor formado y por no haber voluntario para ejercer en tal papel. Todo estaba preparado, dos soldados por orden de nuestro alférez Sebastián trajeron esposado al Contador desde el sollado. Antes, habíasele permitido adecentar su presencia con un lavatorio y cambio de ropajes. Don Sebastián, sentado en la mesa de su cámara que hacía de juzgado, flanqueado por Don Miguel y Gaspar Linares ordenó que le liberasen de las cadenas.

- Diga su nombre y cargo a bordo de este navío.
- Don Secundino Villarejo, contador de la armada de su majestad Don Felipe III para este navío.
Aquel hombre, nada comprendía, hasta hacía una semana había dominado desde su apocopado despacho, con su mirada huidiza y sus dedos de rápido contar todo lo que acontecía en cada navío en el que sirvió. Siempre tuvo entre sus manos la impotencia en el escrito y la contabilidad de cada comandante, que con gran boato embarcaba, pero que nada era en cuanto un número sobre otro se enfrentaba a su coselete de capitán. Temblaba y su hablar de tono casi susurrante era huidizo como la mirada perdida entre el suelo y el borde la mesa del capitán.

- Bien, Señor Villarejo, sus acusaciones son las siguientes, a las que deberá presentar argumentos de su inocencia o asumir la culpabilidad esperando la clemencia divina y la piedad de este jurado. Sus cargos son el de vejación e intento frustrado de forzamiento de mujer a bordo de un navío de su Majestad. ¿Cómo os declaráis?
- Inocente, excelencia. Inocente pues no era eso lo que allí hacía aunque fuere lo que parecía...
- Bien, bien lo veremos en el transcurso del juicio con los testigos. Ahora sentaos y escuchad las diferentes relaciones que cada testigo nos ha entregado para su lectura y posterior reafirmación de inocencia por vuestra parte. Mas tarde y debido a su falta de conocimiento de nuestra lengua haremos comparecer a la mujer a la que se os acusa de agredir. Si aún así nada queda meridianamente claro, procederemos a la comparecencia de los testigos de forma personal.

Aquello hundió a Villarejo, sabíase que estaba hundido, un minuto de perdida lujuria echó al traste lustros de sabia y paciente mecánica en el robo y la manipulación. Se echó al suelo temblando y entre sollozos implorando piedad.

- Os habéis declarado culpable de semejante crimen, en el que no llorasteis, ni distes espacio al ruego, ni piedad frente a dos infantes que perdieron parte de su inocencia. ¿Y ahora lloráis?
- ¡Soldados, lleven a este hombre a su sollado hasta que dictemos condena!

Como vela vieja de navío, arrastrando lo llevaron fuera donde la tripulación expectante lo observaba con el desprecio liberado que daba saberlo hombre extraño ya a ellos, pasto de la justicia del Rey. Aquel domingo, por serlo y por estar a ferro el navío, había tiempo para la murmuración y la imaginación de aquella mujer y sus dos niños que nadie había visto, pero que ya algunos definían como princesa oriental y otros como una prisionera europea liberada por Don Miguel y yo. En eso estaba Don Sebastián precisamente en aquellos mismo momentos, cuando nos dieron venia a mi ahijado Sebastián y a mi persona para entrar en su cámara.

- Don Miguel hemos de presentar a esa mujer y a sus dos hijos ante nuestra tripulación. Hágase cargo con nuestro alférez de sacarles de tal lugar y cédanles la camara de vos y Don Martín para su alojamiento. Después de ejecutar la condena que en breve dictaré la presentaremos a nuestros hombres. Don Martín, ya veis que vais a descansar a partir de ahora entre mi cámara y el raso de cubierta, mas como caballero estoy seguro que esto hará sentiros bien.

- Así habrá de ser. Mas espero atento a su dictamen sobre el destino del contador.
- Antes de la media será ajusticiado con arreglo a las ordenanzas que obran en mi poder.

Llegó la hora media, la tripulación presentaba su estampa seria y posición de firmes sobre el combés hacia proa, momentos antes el reo abatido, con su mirada abandonada en lo perdido, la vida y las riquezas que ya nunca volverían. No lloraba, secos sus ojos de tanto hacerlo, resignada su humanidad a perderse en los infiernos que le esperan. Redoble de tambores, silencio en cubierta, sólo la brisa que revolvía la cabullería haciéndola sonar contra mástiles y vergas, gaviotas con sus gritos que simulaban a las risas del destino posábanse de penol a penol como espectadoras de aquella actuación, mientras la bahía se mantenía pacífica y sin novedad alguna como queriendo no ser molesta en un trance como aquél. El tambor cesó en su rítmico cantar.

- Por la autoridad que me confiere mi cargo de Comandante de esta expedición, por la confianza que su Majestad el Rey católico Don Felipe III, que Dios conserve la vida muchos años, me ha conferido dispongo que Don Secundino Villarejo, español de cuna, contador de la armada en este navío de su Majestad, sea declarado culpable de vejación e intento de forzamiento de mujer a bordo de un navío del Rey. Por ello y siguiendo las ordenanzas de nuestra Armada le condenamos a la orca desde la verga del trinquete hasta su muerte que será certificada por nuestro cirujano Don Cosme Gago. ¡Hágase cumplida la sentencia!
Acompañado por el Padre Ruiz, escoltados por cuatro soldados a modo de guardia de vista, alcanzó el alcázar de proa donde confesó su últimos pecados que pocos serían ya a estas horas finales mientras el maestre cordelero le ajustó aquella maroma a su delgado cuello. El tambor comenzó su golpeteo grave y continuo mientras izaban aquel cuerpo aún vivo. Poco a poco sus estertores dejaron paso a la inerte estampa del cuerpo sin vida, el alma dejo de avivar su oscuro corazón y huyó presa del pánico de quien se sabe condenada a los infiernos.
Desde mi puesto en el alcázar de popa no sentí nada, tan solo asco por nuestra humanidad tan perdida por la codicia, el odio y el maldito rencor. Quizá si mi ahijado hubiera permitido que mi acero acabase en caliente con aquella vida, aún seguiría viendo la muerte como hecho supremo de la justicia de Dios, ahora sólo la veo como algo repugnante que no lleva mas que a más muerte. Ese hombre era reo pero no de tal muerte sino del escarnio y la oportunidad de recuperar su honra y pagar su daño, si no ante quienes hizo su mal, si ante otras personas desconocidas que le ofrecieran su oportunidad para que demostrase a nuestro Señor que algo bueno había en su oscura alma. ¿Seré yo perdonado cuando arribe a las puertas del postrer juicio? No lo sé.

La tripulación se retiraba cada uno a sus quehaceres o a la holganza que propiciaba aquella situación, cuando el tambor comenzó de nuevo a sonar, esta vez con un ritmo de aviso que reunió de nuevo a toda la dotación.

- ¡Tripulación! ¡Soldados! Todos sabéis ya que llevamos mujer embarcada con nosotros y dos infantes, que hijos suyos son. Pues bien, ese secreto ya no lo es y en pocos minutos, Don Miguel os presentará a esas almas, que por atormentadas en este reino pagano las hemos recogido en nuestra cubierta cristiana. Antes de ver mujer en la madre de los dos infantes, ved la verga del trinquete y reflexionad sobre el pecado y sus consecuencias. Sed en extremo caballeros como de todos espero y pronto este negro día de justicia cruel quedará sólo en el recuerdo.

En aquel momento aparecieron bajo el alcázar, subiendo hacia nos, Don Miguel con la mujer y sus hijos. Los tres protagonistas de aquel trance que fueron así presentados ante la dotación entre nuestro Padre Ruiz y nuestro Piloto Mayor. Murmullos y miradas esquivas fue todo hasta que nuestro maestre carpintero se acercó a los niños con pequeños trozos de madera tallados a modo de toscos juguetes. Un primer impulso de protección a la madre fue lo que sucedió, más la infancia en su inocencia es sanadora y benefactora de ánimo, con lo que no pasaron dos vuelos de gaviota cuando ya estaban ambos, niño y niña, jugando sobre la cubierta con la sonrisa de todos los que allí estábamos.

Una detonación desde la costa rompió aquel encantamiento.

- ¡Varios esquifes se aproximan capitán!...


1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

¡Epa! ¿Ahora qué ocurrirá?
Me dejas asombrada. Sí debo confesarte que alguna que otra palabra debo buscar su significado en esta historia tuya, lo cual para mí es doblemente gratificante.
No soy mujer de mar adentro quizás, pero sí sé admirar su belleza.
Un abrazo.
Alicia