jueves, 31 de julio de 2008

Oro en Cipango (20)

....una traidora encalmada torno a nuestro navío y a nuestras almas en condenados a ver cercana la meta, para perecer ante ella. Las bombas picaban denodadamente sin ya ser capaces a expulsar tanta agua embarcada. El San Francisco parecía rendirse, ni una brizna de aire, ni una caricia al agua que demostrara avance.

- ¡Don Miguel, arríen el serení y el lanchón y que nuestros hombres remolquen como si fuéramos la ballena mas grande del mundo! ¡No perdamos más tiempo!¡ la vida se nos va entre las vias de agua!




Así fue como logramos, con aquellas últimas fuerzas sacadas de la propia desesperación, arribar a una playa que resultó ser la antesala de la villa japonesa de Uraga. Dios nuestro Señor nos premió con un fondo arenoso, que ayudó a varar con suavidad como bebe sobre cuna real a nuestro sufrido navío. Con premura fuimos trasladando el material pesado a la playa, estableciendo nuestro campamento con la bandera de nuestra España coronando en lo alto de este y en el palo mayor de nuestro navío, para así anunciar nuestro origen a quien por allí se acercara. Establecimos las guardias y desembarcamos los cañones de seis libras de los alcázares para ser capaces de repeler con dignidad un inesperado ataque. Mientras, Don Miguel Rocha con varios marineros reforzaron el navío para no perderlo en un mal golpe de mar, que la mar castiga a quien de ella no se previene.

Don Sebastián, una vez establecido aquel campamento como verdadera cabeza de puente nos llamó a la tienda montada en el centro de este.

- Caballeros, arribamos con la venia de Nuestro Señor. Debemos situarnos en tierra como sea, para alcanzar Kyoto que según don Rodrigo es la capital de este Reino y donde seremos de seguro bien recibidos. Por eso establezco que una vez repuestas las fuerzas por todos estableceremos dos grupos, uno, el mas numeroso, quedará aquí con Sebastián nuestro alférez y Don Miguel para la defensa y cuidado del navío. Con veinte hombres vos, Don Martín, y yo partiremos hacia el interior hasta encontrar poblado en el que den noticia de nuestra arribada y nos den razones de camino hacía la capital.

En eso estábamos cuando una voz de alarma nos sobresaltó.

- ¡Alarma!¡Soldados a caballo desde el interior de la playa!
- ¡Todo el mundo a sus puestos! ¡Mosquetes y cañones en posición de fuego a mi voz!

Don Sebastián, hom,bre decidido en los momentos reales de necesidad, me cogió del brazo y nos encaminamos hacia ellos con un mosquete como mástil con trapo blanco a modo de bandera de parlamento. Antes de encaminarnos hacía aquel grupo de hombres con extraños uniformes, mi capitán cogió un pequeño cofre. Tras nuestro, cien bocas de fuego apuntaban sobre quien parecía una patrulla avisada por algún vigía o lugareño que nos avistó, cosa bastante fácil con la paramenta que seguía a nuestros magullados cuerpos. Como de un sólo grupo se tratase, la patrulla de unos diez hombres, con aquellas bellas armaduras a las que tanto me aficioné después y de la disfruto mi visión aquí en mi hogar postrer de San Diego, se detuvo a veinte yardas de nosotros dos, que lo mismo hicimos. Un sol nos recalentaba las sienes ya de por si hirvientes. Mi capitán abrió lentamente aquel pequeño cofre del que extrajo un pergamino con caracteres orientales y una pequeña medalla de puro oro con símbolos paganos.

El lugarteniente al mando del destacamento descabalgó lentamente sin dejar de mirarnos. Al paso, con la mano derecha firme en aquello que luego supe llamar katana, se aproximó hasta quedar su rostro a menos de un pie del de mi capitán. Era algo mas bajo que Don Sebastián, aunque no creo que eso fuera obstáculo para entablar un duro combate sin definido vencedor. Las miradas de ambos se perdían en las de su oponente como queriéndo conocer el grado de bravura y decisión que residía en su contrario. No entendía a qué esperaba mi capitán. Segundos después con lentitud exasperante Don Sebastián le acercó aquella medalla rectangular a la vista del lugarteniente. No creo en milagros, pero hubiera jurado ante el tormento del Santo Oficio que aquél lo fue. En cuanto distinguió el medallón, sus ojos se agrandaron y como una ballesta de carruaje de forma mecánica se arrodilló ante mi capitán. Mi mano se relajó dejando correr la sangre entre mis dedos, hasta entonces aprisionando la cazoleta de mi espada.

Con un gesto de mi capitán aquel hombre se levanto y con otro las bocas de fuego de los nuestros apuntaron al suelo. En pocos minutos como buenos hispanos, dueños de medio mundo, nos pusimos a compartirlo y nada mejor que un buen café de puchero como inicio. Mientras en esa confraternización danzábamos, el lugarteniente mandó al galope a la mitad de sus hombres hacía la ciudad de Ugara. Las cosas parecían empezar a funcionar.

- Don Sebastián, ¿qué era ese medallón?
- Martín, este medallón me lo entregó el Virrey. Se lo había dado el shogun a Rodrigo de Valero como salvoconducto para cruzar las tierras de Japón en cualquier ocasión que lo necesitara. Esta ha sido una de ellas.
- Gracias al cielo y a Don Rodrigo. Creo que las cosas no pintaban bien.
- Así es, pero no se debe desenvainar acero hasta el último rezo.

Pocas horas después, una comitiva, esta vez de mas realengo en apariencia, apareció desde el norte de la playa. Uno de ellos hablaba nuestra lengua con lo que los gestos y las buenas intenciones en el entendimiento quedaron superadas. Aquel hombre de nombre Yoshimune Lenobu era el general de aquella región y lugarteniente de Tokugawa Leyasu, Shogun del Imperio del Japón.


- Sean bienvenidos a nuestro país, nobles españoles. Mis hombres estan valorando la situación de hermoso navío y en pocos días podrán sacarlo de este lugar para llevarlo a nuestro puerto de Ugara donde repararlo. Si tiene la amabilidad de acompañarnos vos, Don Sebastián, y quienes vos consideréis, tenemos cabalgaduras para vos y vuestros caballeros.

Así fue como Don Sebastián, nuestro renqueante padre Ruiz y yo mismo, tuvimos el privilegio de ser los primeros de aquella expedición en ver aquella ciudad llamada Edu[1]. Villa de enormes y maravillosos edificios que ninguno esperaba encontrar allende poniente de nuestra cristiana civilización. Nuestros hombres quedarían durante las reparaciones en Ugara.

Me van a perdonar, mis pacientes lectores que me detenga en estas líneas, pero mis huesos no perdonan y amenazan con quebrar si no toman descanso. Con la venia de nuestro Señor les prometo acabar de contarles nuestros avatares en este oriente tan olvidado antes de agotar los escasos días en que percibo el arribo a la meta de mi muerte...

[1] Actual Tokyo

2 comentarios:

Lúcida dijo...

Qué egoistas somos, ni un minuto de descanso hemos dado a nuestro Don Martín, perdón por tomarlo en posesión.
Tómese el tiempo que necesite, que las prisas no son buenas compañeras y lo único que pueden hacer es dejar a un lado detalles de tan interesante relato.
Merecido descanso.

Besos

Alicia María Abatilli dijo...

Se le perdona todo noble caballero, descanse sus huesos que aquí estaremos, siempre estaremos.
Alicia