miércoles, 16 de julio de 2008

Oro en Cipango (15)

...La noche impasible e inexorable se echaba encima sin poder distinguir pabellón en la mesana de aquel barco. Nuestro navío hacía rumbo sur a la búsqueda de un paso que al fin Eolo nos diera y trabar así millas hacia Cipango. Aquel misterioso navío de menor porte que nuestro “San Francisco” hacía rumbo norte.

- Capitán, no es del arqueo del Navío de la China, ni es esta la época de su arribada a las aguas de Nueva España. Naves de esa clase no dispone Su Majestad en estas latitudes, bergantines y faluchos es posible, pero no un galeón como parece aquella nave. Puede ser alguna expedición en su busca desde Panamá o incluso desde El Callao.
- Tenéis Razón Don Miguel. Pero nos, tenemos la honrosa constumbre ante navío enfrente de mostrar nuestro pabellón y esa insana costumbre de no mostrarlo britana es, que mucho ganan con ellos estos herejes.
- Sea lo que Dios disponga, creo que se hace obligado arribar a su amura para identificar quién es quien comanda la nave.
- Así será. Don Miguel, mantenga zafarrancho y prevención para el combate. Hágalo cumplir sin que se note actividad alguna extraña. La baterías de ambas cubiertas prestas al combate con las portas cerradas. Sebastián vaya con nuestro maestre, Don José y prepare los soldados camuflados entre la batayolas. No quiero reflejos ni metales al viento. Mosquetes listos y en prevención a mi señal. Haga subir a las cofas a varios soldados vestidos de marineros y con los mosquetes prestos. ¡Viramos, piloto! ¡Proa a su aleta de babor! ¡Cañones de caza listos y dispuestos para andanada de aviso! En cuanto la dotación esté dispuesta y en atención Don José y Don Martín conmigo a mi cabina.




Viramos en una violenta trasluchada, tras una momentánea caída en la velocidad comenzamos a ganar nudos corridos, soplaba de través y apuramos la lona hasta hacerla rechinar entre sus hilos por cazar todo el viento que nos pusiera Eolo sobre la amura de babor. Llevábamos el barlovento con nos y eso nos daba ventaja. Dejamos al padre Ruiz perdonando sin medida los pecados de aquellos hombres rudos con el miedo a verse las caras con sus cuitas frente al Sumo Hacedor por una bala de cañón o astilla malparidas, que como veneno mortal se clavasen en la piel y nos reunimos en la cámara del comandante.

- Caballeros, aún no estoy del todo seguro, pero todo me lleva sospechar que ese navío no es trigo limpio. A nuestra maniobra ya debería haber mostrado su pabellón y no se ha dignado. Me extraña que los britanos tengan navíos tan lejos de sus costas con lo que les llevamos dando en sus propias costas, pero poco erraré si no es algún mercante artillado de los Orangistas. Tengo noticias que su marina es poderosa y busca apostaderos donde seguir expandiendo su comercio contra los intereses de nuestra Corona. Por ello, sin despertar mas sospechas que la de ser un navío de la Armada Española que exige su inspección nos aproximaremos a su posición. Don José, sus hombres listos para baquetear la cubierta enemiga de banda a banda y abordaje si hubiere ocasión. Don Martín, vos aprestaos a mantener arriba la moral allá donde decaiga si el combate fuera mayor de lo que esperan las almas que mantenemos alistadas y en prevención para combate. Confío en sus pistolones y el brazo sobre semejante acero.

Un aviso desde cubierta nos interrumpió, separándonos cada uno a nuestros destinos.

- ¡Capitán! !Listos para la andanada de aviso!

A la orden de fuego sonó el primer cañonazo desde la boca de caza de estribor. Pocos segundos después una fina columna de agua despegó del agua a pocas yardas de la proa de aquel navío. Como decía llevábamos el barlovento de nuestra mano y eso nos daba ventaja. Mantuvimos aquél rumbo de colisión con su aleta de babor, ya se podía leer su nombre a popa, “Mercurio”. Aquello no nos sacaba de las dudas, aunque a 300 yardas de distancia estaba claro que no eran españoles.

- ¡Don Miguel! Vire cuatro cuartas a babor! ¡Portas arriba! ¡En cuanto nuestro babor de con su popa fuego a mi orden.


Fue ver la portas apuntando a un cielo a punto de brotar en campo de estrellas, lo que obligó a aquel buque de país fantasma a virar en el mismo rumbo que el viento le permitía. Era mas pequeño y ligero lo que le permitiría una mayor maniobrabilidad. Don Sebastián hubo de adelantar la orden o perderíamos el objetivo de barrer sus cubiertas a través de sus balconadas de popa.


- ¡¡¡Fuegooo!!!

Un estruendo retumbó en aquella mar poco acostumbrada a combates de madera y metal. El viejo olor a pólvora quemada me mantuvo consciente ante semejante bocanada de fuego por 25 bocas al mismo tiempo que balanceó a la contra como si una ola golpeara el costado con ímpetu de temporal. La noche entraba, con lo que aquella andanada podría ser la última si lograban apagar los fuegos que se distinguían en su interior. La propia arrancada que llevaba el Mercurio lo puso frente a nosotros en su banda de estribor, con lo que ningún santo de los cielos podría interponerse entre la inminente andanada que nos aprestábamos a recibir con los cañones que les quedaran en uso después de aquella llamarada de fuego, hierro y pólvora que habían recibido desde nuestro lado.



Fueron seis o quizá siete los cañones de la parte mas a proa del buque los que nos dieron algo de su medicina. Dos balazos a “lumbre de agua” y el resto barrieron con poco éxito la cubierta de solitaria arena ansiosa del oportuno baño de sangre que gracias a Dios no llegó. Los carpinteros se aplicaron duro con los tapabalazos y la bomba de achique. La noche se echó, ellos consiguieron apagar los fuegos lo que nos hizo perder el contacto visual con el enemigo. Silencio fue la consigna, tan solo roto por la roda y su tajamar al navegar. No podíamos perderlo y lo que era claro es que intentaría huir, por ser mas pequeño y sobre todo por la gran cantidad de daños producidos por nuestra mortal andanada.

- Don Sebastián, lo perderemos. Deberíamos virar al norte para intentar cortar su proa.
- Tenéis razón Don Martín, aunque seguramente ellos habrán virado al norte y con lo que tengan en pie intentarán poner millas de por medio. Podemos adelantarlo sin saberlo. Don Miguel, de orden de virar norte en silencio.
- Capitán, en una hora el viento caerá, recuerde que todas las noches a la caída del sol moría lentamente este maldito viento del oeste.
- ¡Tenéis razón! No todo está perdido. Mantenemos la consigna de silencio. Pena de muerte bajo la quilla a quién prenda lumbre. Atentos al olfato, vista y oído y que el Señor nos de razón de la lucha.

Así fue, el viento cayó en menos de la hora predicha por Don Miguel y comenzó nuestra espera. De pronto una detonación amortiguada quizá por provenir del interior del buque enemigo nos llevó las lentes de nuestros largomiras hacia nuestra amura de babor. Allí estaba, lo teníamos y ellos no nos habían descubierto. Eso sí, en esta ocasión el poco barlovento era de ellos y cazarlos iba a ser bastante complicado. Lo tuve claro


- Don Sebastián, con el debido respeto, acompañadme a vuestra cabina, debo deciros algo.

La maniobra estaba clara sobre cubierta, así que con un gesto de asentimiento me siguió a su cámara.

- Don Sebastián, tendremos complicado su caza hasta mañana en que el viento del oeste se digne a soplar como estas últimas amanecidas. Quizá para entonces hayan logrado aparejar de fortuna su velamen y hayan puesto suficientes millas para no poder cazarlos. Le propongo algo que creo puede tener éxito.


- Hable Don Martín, tenemos toda la noche por delante.
- Déjeme el serení del combés, con diez hombres alcanzaremos a remo su costado de babor, ellos no esperan un asalto de diez hombres. Reduciremos a su comandante y al resto de los oficiales. El barco será nuestro y sabremos las intenciones de ese barco holandés tan lejos de sus pantanos, esto último lo considero de vital importancia para nuestras costas.
- ¿Y si falláis? Os necesito a bordo, a vos y a diez de mis hombres.
- No fallaremos y para ese caso improbable quedará uno de mis hombres con dos buenas bombas incendiarias para hacer arder el navío mientras vos a bordo del San Francisco lo enfiláis para darle el toque de gracia.

Los ojos de Don Sebastián brillaban, podía percibir su excitación a pesar de la oscuridad impuesta.


- Muy bien, escoja a sus hombres, yo daré la orden de botar el serení y silenciar los remos con la lona que se disponga. Sabía que vos erais quien vuestro rostro decía. ¡Adelante!...

3 comentarios:

Alicia María Abatilli dijo...

LLevas la historia a la perfección, no dejo de maravillarme con tus giros literarios, como por ejemplo el de "brotar en campo de estrellas".
Una belleza.
Abrazos.
Alicia

Armida Leticia dijo...

Gracias por compartir tu talento, tus historias, tu narrativa, tu fineza al escribir...bueno pues tengo un regalo para tí en mi blog en la entrada del 14 de julio, pasa por él por favor.

Saludos desde el otro lado de La Mar Océano.

Lúcida dijo...

Nada mejor que una aventura a estas alturas del viaje.

Gracias