miércoles, 9 de julio de 2008

Oro en Cipango (12)

...Subí a bordo flanqueado delante y detrás por dos soldados que seguramente hicieron de escolta a aquel carromato desde mi captura en casa de Don Luis de Arana hasta la pequeña aldea de San Blas. Hacía varios años que mis pies no apoyaban sobre cubierta de navío y su suave balanceo logró transportar mis recuerdos a mejores tiempos. Una vez a bordo quedé en el combés del San Francisco escoltado por aquellos soldados y maniatado con mis muñecas pegadas a la espalda. Un sombrero viejo, de ala redonda como gustaba portar y presumir en mis correrías capitalinas, me protegía del rotundo Tonatiuh que se mantenía en cruel vengador de los que hasta no mucho lo adoraban, encendiendo las brillantes armaduras de acero español, haciéndolos temblar de calor infernal bajo su brillo y poder. La espera continuaba.

Una hora después un marinero se acercó a nuestro patético trío al Sol.

- El capitán reclama a Don Martín.

Como azuzados por un rebenque de galera, sus osamentas cuasi derretidas bajo la coraza me arrastraron, pues no estaba yo de mejor postín, hacía la cámara de Don Sebastián. La semioscuridad reinante en su interior me obligó a un lento distingo de aquella estancia. El San Francisco, con sus dos cubiertas de cañones, portaba veinticinco bocas de fuego a cada banda, mas dos a proa propias de caza y dos a popa como guardatimones; les relato tales datos quizá algo tediosos para así darles a entender que aquel era un navío de los que permitían un buen combate a boca de fuego contra quién se perdiera la osadía de prestar su flanco a nuestra bandera. Pues bien, un navío de tales características tenía como cámara del capitán un buen trozo de la eslora y manga bajo el castillo de popa, en su interior podía distinguir los dos cañones de 18 libras a cada banda disimulados entre dos sillas de madera de caoba bellamente labradas. Frente a mi la única fuente de luz procedente de la balconada sobre la que la silueta del comandante sentado y dos hombres a los que no reconocía por el choque de luz y oscuridad me devolvieron a mi situación de penado.

- Sentaos, Don Martín. Cocinero, servid algo de refresco a nuestro hombre mientras nos acomodamos. Cuidaros de servir a nuestro cautivo de aguardientes; bien sabido es que encierran diablos perversos entre sus reflejos incoloros.

Me senté algo aliviado por aquel tono de chanza que parecía disponer Don Sebastián hacía mi. Poco a poco fui recobrando mi visión al ciento y mi sorpresa se tornó de seguido en humillación al ver que el otro hombre, que a Don Sebastián acompañaba, era nada menos que mi Sebastián. Mi orgullo definitivamente huyó cubierta abajo hacia el sollado más negro y profundo que aquel navío pudiera albergar.

- Don Martín, vuestra torpeza, vuestra locura por una mujer a la que nadie fiaría un doblón del rey, sin ser sabedor que tras los poros de su piel de sierpe su alma avariciosa lo devorará, vuestra locura por tal señora os ha destruido, casi acaba con vuestra vida, y digo casi porque esa vida que vos hacíais deleitar con placeres mundanos ya no os pertenece. Desde este momento y hasta que mi concepto de vos incremente los quintales que vos mismo habéis arrojado por la borda de vuestro cuerpo mortal, estaréis por una banda bajo mis órdenes como el resto de la dotación del San Francisco y por la otra de mi tutela y vigilancia. Sebastián, haced el favor de entregarle la cédula expedida por el Virrey a Don Martín, de la que mantengo copia firmada en mi caja fuerte.

Creo que las manos de Sebastián temblaban, si se como cierto que su mirada al aproximarse a mi humillada persona no dejaba de seguir la bella alfombra que descansaba sobre aquella cubierta de roble. Con nerviosismo y temor por su mensaje la cogí forzando el lacre y dando fe al contador, Don Secundino Villarejo, hombre de triste recuerdo, que era su primer lector de una carta que así decía,

“Habiendo tenido por norma penal la aplicación del castigo de pena capital por agresión e intento de vejación en la honra de Doña Blanca de Valdes, esposa de Don Juan de Arana, caballero y grande de España; Don Martin de Oca, conde las Islas de Santa Cruz del Mar del Sur, reo de ejecución sumaria por inequívoca participación en tales delitos, dispongo que su ejecución se realice al término del tornaviaje que con la venia de nuestro Señor el próximo año realice el Navío San Francisco desde las costas de Cipango.
Antes bien, y debido a las rogativas de sus leales segundos, y por demás, de Don Sebastián Vizcaíno, encomendado de su Majestad Católica, Don Felipe III, que Dios Guarde, estimando las acciones, logros y éxitos para la Corona de Don Martín durante sus servicios para este Virreinato, concedo que se le relegue a la categoría de Aventurero de la Real Armada. Por ello todos sus títulos, prebendas y derechos como noble sobre sus hasta ahora iguales, quedarán abolidos de forma temporal. Demostrando en su caso como se ha de esperar, por caballero y súbdito de España su lealtad, braveza frente al enemigo, sólo entonces le serán levantadas las penas impuestas y podrá recuperar sus títulos y derechos como noble.
Visto y entendido por quién ha de leer tal documento, recabo su firma y su entrega a Don Sebastián Vizcaíno, comandante para que la haga llegar por los medios oportunos a mi poder. Serán los informes de Don Sebastián o quién al mando este por fatal desaparición de su persona los que anulen tal cédula Real”

Yo, el Virrey


Ciudad de México, a 23 de Agosto del año de Nuestro Señor de 1601

Sentado sobre una de aquellas sillas tan bellamente labradas apoyé la pluma que me ofrecía Don Sebastián y firmé, ninguna otra cosa podía hacer en aquella terrible situación. Aquella temblorosa firma sobre la cédula fue acompañada de una gota de mis lágrimas; ambas quedaron como sello personal sobre aquel documento que al final sólo era algo tan simple como un salvoconducto para continuar con vida y resuelto como tantos años atrás a resurgir del fondo del valle tenebroso en el que me había lanzado “a boga de combate”…

4 comentarios:

Lúcida dijo...

Ese pobre Martín, ya le duele más la verguenza que el maltrato de Doña Blanca...

Armida Leticia dijo...

Espero que Don Martín encuentre pronto un nuevo amor, ¡¡¡con una mujer sin compromiso!!!

Saludos desde el México del siglo XXI.

Anónimo dijo...

Y lo pero, es que si a Don Martín lo hospitalizan en el HUCA, tendrá que compartir habitación con un bucanero.

Silvia dijo...

Le duele la honra que creía perdida. Pero segura estoy de que don Martín la recuperará.