miércoles, 2 de julio de 2008

Oro en Cipango (8)

...Con la amanecida de aquel primer domingo de agosto del año 1601 de Nuestro Señor, partimos en formación a cuatro columnas, piqueros en vanguardia y retaguardia y la oportuna avanzadilla en grupos de diez hombres a caballo. Nos aguardaban mas de cinco jornadas a buen paso hasta alcanzar la capital. Don Sebastián y yo cabalgábamos varias varas adelantados al núcleo conformado por bandera, pífano y tambor, que mucho era lo que esperaba por delante y tan sólo dos oídos los que Dios en su infinita generosidad nos dio.

Durante la espera en aquel improvisado campamento Don Sebastián y yo trabamos una buena relación que, si cabe decirlo así, no llegaba a la categoría de amistad por la mutua prevención que infundía nuestro recíproco respeto. Pasados los días de reorganización y comenzada la marcha nuestra conversación era ya del todo fluida. Don Sebastián Vizcaíno era todo un servidor del Rey en estas tierras alejadas de la Corte. Cumplidas con éxito las exploraciones que alcanzaron el cabo Mendocino al norte las tierras de California, sofocadas rebeliones con presteza frente a Indígenas e intentos de invasión de Holandeses, Don Sebastián era un hombre, si bien poco conocido acostumbrados a recordar a los grandes nombres como Cortés, Pizarro o Balboa, era otro héroe de los cientos cuasi anónimos para nuestra España tan mal acostumbrada a respetarse sin que la búsqueda negra del defecto provocado por la insana envidia traicionera corrompiese el lado bueno de tales logros.

- Don Martín de Oca, aunque queráis ser modesto con ese pétreo silencio acerca de vos mismo, ciertas lenguas llegáronme a relatar vuestro paso por las Islas de Santa Cruz que dan nombre a vuestro título noble. ¿Qué me decís del mar del Sur? ¿Es tan desalentador como relatan los que así desembarcan del galeón de la China?
- Dura es su travesía por lenta y cansina, que cinco meses entre escasos 60 pies hacen de esta un verdadero suplicio. Mas merece la pena arribar a las islas de nuestro Rey Felipe cuyo nombre llevan. Exhuberancia y riqueza es lo que veréis arribando en ellas.
- Eso he oído de otros viajeros que arribaron a Acapulco y mi interés me obliga a preguntaros si volveríais de nuevo si la oportunidad se terciase frente a vos.

Un rayo silenció mi mente ante aquella frase; volver a Filipinas, donde de seguro seguira Isabel de Barroto, mi señora que dentro de mi quedó sin posible retorno. Me volvía su olor, escuchaba de nuevo aquellos susurros en su camarote a bordo del "San Diego", podía percibir otra vez aquella entereza frente a tanto hombre apesadumbrado por el miedo a la muerte. No podía regresar, nunca era una palabra a la medida de aquella pregunta.

- Don Sebastián, podréis contar con mi voluntad y con el acero de mi espada para seguiros allá donde tercie nuestra grandeza o donde se cuestione esta, mas si hay algún lugar donde no debo volver es a esa bahía de hermosa vista desde la Isla de Corregidor. No penséis que alguna cuenta con la ley divina o terrena hay pendiente conmigo allá, no, Don Sebastián. Más os ruego me permitáis guardar la debida discreción de las poderosas razones que me asisten a ello.
- No dudo de vuestra honradez, Conde, creo comprender los motivos y os honran. Pues bien, a estas alturas de nuestro viaje os confesaré mi próxima misión encomendada a mi humilde persona por nuestro Rey Católico, Don Felipe III; razón esta por la que busco hombres capaces de afrontarla junto a mi sin reparos y con la lealtad que vos mismo demostráis.

Mis deseos en aquél momento sólo tenían un nombre, Doña Blanca de Valdés. Mi corazón deseaba sentir su arrojo piel con piel, la pasión que me daba era el laudano que adormecía mi eterna soledad, el bálsamo de Fierabrás que creía me salvaba de de todo mal; aunque aquél golpe, quizá divino, de Don Sebastián abrió una herida mal cicatrizada devolviéndome a Doña Isabel, verdadero amor que me perturbó ya el resto del camino de aquella jornada. Mi razón, tal que un pequeño río después de un tifón, iba desbordada arrastrando todo lo que no fuera ella. No deseaba otra cosa mas que supiera de mi llegada y me hiciera llamar. El Mar del Sur, las Islas de Barlovento no valían la pena en aquellas tristes horas de enajenada turbación.

Conforme nos acercábamos a la capital mi tensión crecía, el día antes de la llegada decidí enviar a un grupo de cinco hombres con la excusa de avanzadilla y con la verdadera misión de entregar un mensaje a mi fiel Sebastián. Necesitaba saber de ella y que ella supiera de mi llegada. A mitad de la última jornada, con menos de cinco leguas sobre la capital, un grupo de dos hombres a uña de caballo enfilaban sus monturas hacia nosotros. Era Sebastián uno de aquellos y traía noticias para mi ocultas entre otras que el Virrey había ordenado entregarnos. Una vez nos informó de los deseos del Virrey respecto a nuestra llegada, Sebastián me pidió hablar en privado, así que no adelantamos de nuestro pequeño ejército para escuchar algo que mudaría el devenir de mi existencia de forma inesperada...


3 comentarios:

Silvia dijo...

Espero con impaciencia la próxima entrega de las aventuras del bueno de don Martín.
Me pica la curiosidad por saber que nuevas trae Sebastián.
Un abrazo

Lúcida dijo...

Esperaremos las noticias de Sebastian.
Este Don Martín tiene el poder de "engancharnos"

nomada empapado dijo...

He de confesarte amigo que me ha impresionado tu blog. He seguido sobre todo tus relatos “históricos” y entre personajes y hechos reales he encontrado personajes y hechos ficticios (o por lo menos desconocidos para mí) sobradamente creíbles. Soy un entusiasta de la Historia y algo he leído y quería mostrarte mi admiración pues eres capaz de introducirme y hacerme vivir cada etapa como si estuviera allí y con un rigor digno de ser reconocido.
Envidio tus conocimientos y tu capacidad de transmitirlos.
Un placer, desde luego.
¡Felicidades!
Este relato me está pareciendo soberbio.