sábado, 12 de julio de 2008

Oro en Cipango (13)

...Fue firmar y entregar la cédula en la que dejaba escrito mi compromiso de vida al contador, cuando, a un gesto de Don Sebastián, mi ahijado del mismo nombre me cortó las ligaduras. La sangre volvía a recorrer libremente y sin cortapisas hasta las yemas de mis entumecidos dedos. Sebastián y yo nos cruzamos en ese momento inolvidable una mirada capaz de borrar cualquier deuda, dolor o cuenta pendiente. Sentí a la perfección que su respeto hacía mi seguía latente en él. Quedaban muchas singladuras para cruzar aquel inmenso Mar del Sur donde recuperar lo perdido por la maldita ceguera, que aturde al mas robusto cuando su castillo rezuma el abandono propio de su propia consideración.

- Don Martín, esta cámara estará siempre dispuesta para vos. Para mi seguís siendo quién creí conocer en aquél duro combate de camino a la Capital del Virreinato. Por vuestra nueva condición dormiréis como un hombre mas de la tripulación en los solados de proa. Sebastián, acompañad a Don Martín a ver a Villarejo. Que ese maldito cascarrabias le de un coy y lo estibe en la batayola. Antes de marchar tomad vuestras armas. Entre vuestro excelente armamento y con ayuda de nuestro alférez, os escogimos la espada de vuestras mejores batidas, la vizcaína con mango incrustado en perlas y estos dos pistolones que no se si echarían atrás al enemigo por miedo a semejante culatazo que por la bala de plomo que vomite su cañón. Don Martín, hágase al navío, que lo quiero conmigo en la cena.

Me despedí aún débil, pero con claros abriéndose en el gris horizonte de la desesperación. En silencio salimos a cubierta, el hecho de salir libre, sin escolta y armado me hacía sentir lo que de verdad había sido siempre, un bravo que sólo dependía de su propia valía. En cada paso que me acercaba a la pequeña cabina del Contador, mi conciencia de aquella situación hacía que la palabra aventurero de la Real Armada cobrase un valor de pura regeneración interior vibrante al ciento. Alcanzamos la cabina donde con un gesto de desprecio nos recibió aquel ser victima de si mismo.

- Ah sois vos, el Aventurero; tengo orden de entregaros el coy, coged aquel del fondo del pañol. ¡Cuidadlo como si fuera oro del Rey! Aunque dudo que semejante argumento os sirva de razón.

No hizo falta mas, mi vizcaína sabía casi de forma automática donde posar su cortante filo. Mi derecha permitía el justo paso de aire para su supervivencia, mientras la vizcaína en la izquierda presionaba los justo para que una suaves gotas de sangre sin alma brotasen de aquel cuello de gallina estéril. Mientras tanto, mi ahijado, el alférez Sebastián apoyábase sobre la puerta para concedernos aquella intimidad tan valiosa en un espacio de veras reducido como lo es un navío de Su Majestad Católica.

- Con vuestra venia, señor contador de la Armada, espero que tengáis a bien ofrecerme un coy a la medida de mi semblanza, pues no veo que el vos me ofrezcáis sea de tal aspecto. Estoy seguro que sabrá vuecencia encontrar el adecuado a mi persona. Permítame que aflojen mis manos su fino cuello de buitre y repose mi turbación mientras vos me ofrecéis lo que de seguro merecen mis perecedera osamenta para justo descanso de un servidor del Rey.


Villarejo, comido su exabrupto por el devorador terror que le inyecté de forma serena pero contundente, corrió a suministrarme un verdadero coy propio de un pequeño rey del sollado donde debía descansar. Con genuflexión propia de meapilas ante la Virgen del Lugar, me entregó lo esperado. Dí media vuelta y con un gesto de asentimiento nos aprestamos a dejar todo aquel material en las batayolas de babor. Zarpábamos con la marea del atardecer y había que aprestarse a la maniobra. Creo que Villarejo me la tenía jurada, pero también sé a día de hoy que nunca supo como devolverla con éxito, pues la libertad del miedo en aquella persona de baja catadura campaba por sus respetos sobre la colina de su alma, anulando su discernimiento para elaborar el mal con cierto arte.

La maniobra fue clásica y sin complicaciones, con la venia del comandante Don Sebastián me acodé a la balaustrada de babor junto al timón gobernado por el piloto mayor Don Miguel Rocha, experto conocedor de aquellas costas entre San Diego y Panamá. Con viento flojo del ENE, casi un terral camuflado, cogimos rumbo Oeste amurados a la aleta de estribor. El “San Francisco” patinaba sobre aquellas aguas con una leve marejadilla que alegraba el cadencioso vaivén del navío. Por segunda vez me alejaba de mis deudas de sangre y honor hacía mares casi inexplorados donde volver a dar fe qie un error es tal cuando tiene enmienda, pues de lo contrario conviértese en desastre. La enmienda estaba mucho mas a proa del león rampante que dibujaba nuestro mascarón a proa del navío. Orgullosa había lanzado el guante que sin duda alguna recogí. Cipango quedaba a casi 2.500 leguas castellanas y muchas habían de ser los envites sobre esta mar océana en la que nunca en mi infancia rodeado de mies en mi Villahoz de las tierras del Cid imaginé recorrer...

2 comentarios:

Lúcida dijo...

Ya tenemos a Don Martín en plena forma. Me hubiera decepcionado bastante si deja ir a ese tal Villarejo de rositas.

Besos

Alicia María Abatilli dijo...

Me asombras tu productividad literaria.
Un gigante sin máscaras se me representa tu escritura.
Esta historia, estoy dedicándole el tiempo necesario, leerte es un placer, un enorme placer.
Te dejo un abrazo.
Alicia