martes, 16 de diciembre de 2008

Entre Alarcos y Las Navas (23)

Ahmad aún consolaba a Zahía, mujer ahora convertida en niña frágil que hace no más de seis años también él consolaba junto a la tumba de su querida Raquel a la que dejaron en su Córdoba perdida ya tan lejos de allí. Aquel esfuerzo por sobreponerse al golpe tan duro, por poder consolar a su hija le aportó la serena templanza de razonar motivos, porqués, de buscar la vida después de aquello. Mientras sus manos arrugadas acariciaban con calidez el pelo de su hija, se daba cuenta que no era aquél lugar dende dar una vida a su hija. Quizá él sería capaz de soportar la ausencia del fresco rocío de cada mañana, de la vida no vivida en la tierra por la que corretearon sus piernas, de sentir las aguas del río donde Zahía descubrió que el agua podría abarcar más de lo que la propia vista fuera capaz.
Varios golpes acelerados interrumpieron los lloros de ella y los pensamientos de Ahmad.

- ¡Padre, vienen a por nosotros!
- No temas, hija. Yo abriré, mientras tu sube al tejado y ocúltate entre nuestra casa y la de Isaac.

Con una mirada de calma tras un beso que a Ahmad le pareció una eternidad se aproximó a la puerta. Los golpes continuaban sin tregua, al fin Ahmad abrió la puerta
- ¡Ahmad, gracias a Dios!
- ¡Tello, estás vivo, has logrado escapar!
- Si mi querido amigo, pero no dispongo de tiempo, aproveché el tumulto tras el anuncio de la muerte del Califa. Necesito tu ayuda para escapar. Soy hombre muerto si me atrapan y, Dios me perdone, pero os estoy poniendo a ti y a tu bella hija en el mismo trance. ¡Tan sólo dime cómo salir y hacia donde, con eso y la suerte que me conceda nuestro señor llegaré a Castilla!
- Tranquilízate, Tello. No tendrás posibilidad alguna si huyes aunque fuera en el caballo del califa. Ahora siéntate, bebe un poco de agua y trata de calmarte.
Tello se sentó y con la manos temblorosas aceptó el pequeño cuenco de barro que le ofrecía paternalmente Ahmad. No dejó mucho tiempo a Tello sentado cuando le hizo gesto para seguirle. Subieron las dos plantas de aquella casa de poca planta, pero de las más altas del barrio judío. Salieron al tejado donde, entre el tejado de su hogar y el del vecino, existía una falsa cubierta que utilizaban para esconder sus pertenencias mas valiosas cuando el califa decidía "cobrarse un nuevo impuesto" sin otro argumento que la vulgar avaricia. Era como un pequeño hueco que se hundía en el suelo quedando cerrado entre tejas y losas de barro como continuidad de los tejados irregulares propios de una ciudad en continuo crecimiento. Ahmad abrió la cubierta falsa por la que salió Zahía aun con la vista nublada por la oscuridad, fue ver a Tello y tornar a brotar lágrimas esta vez de alegría. Su padre la contuvo mientras con gesto serio le dijo

- Zahía, a partir de ahora cuidaremos de Tello hasta que el tiempo nos dé razones para considerar que su retorno a Castilla parezca al menos posible. Desde este instante tu te convertirás en su sombra, su alimento y su guarda. A partir de ahora será tu hermano, como desde hace tiempo yo lo he sentido como un hijo.
Ahmad y Tello se miraron, un intercambio de sentimientos de amor y gratitud parecían poder adivinarse entre el invisible aire que respiraban.
- Confía en nosotros, Tello. No te abandonaremos.
- Nunca dejé de hacerlo cuando te escuchaba, no será ahora momento de comenzar.

Se abrazaron mientras Zahía los miraba embelesada por aquel regalo inesperado recibido entre turbulentas horas y peligrosos días que se cernían sobre aquellas almas sin mas protección que ellos mismos.

Las murallas de Marrakech se cerraron, el luto por la muerte del califa comenzó mientras al galope partieron patrullas a la caza de Tello. Las exequias del Califa Abu Yusuf nombrado Al-Mansur desde su gran victoria en Alarcos terminaron y sin más se presentó la coronación de su sucesor e hijo, Muhammad al-Nasir. Los festejos, que inundaban la ciudad, abrieron esta para recibir la entrada de los embajadores de los puntos mas alejados de su imperio, incluidos embajadores de la Castilla tan añorada por Tello. No era este nuevo Califa un hombre de pasta parecida a su padre. Aún estaba por ver lo que traería su proceder; mientras tanto los festejos continuaban y también la búsqueda de Tello. No podía ponerse en contacto con los castellanos venidos desde el norte pues peligrarían sus vidas. El visir, Abu Zayd ben Yujan, hombre cruel por su oficio y carácter prefirió no nombrar a sus tres rehenes nominalmente vivos, prefería acabar con el último y devolver a los infieles del norte sus osamentas con el brillo de haber sido devoradas por las alimañas, confiaba en poder hacerlo antes de que se hubieran marchado los embajadores cristianos.

- Y bien, ¿tenemos ya al último cristiano?
- - No, gran visir. Hemos recorrido todos los caminos, oasis y rutas perdidas en todas las direcciones posibles e imposibles sin resultado. No puede haber huido. Quizá si ampliásemos varias leguas más al norte.
- ¡Inútiles!¡Bastardos hijos de esclava cristiana! ¡Es que no os dais cuenta que está aún aquí! ¡¿Habéis vuelto a casa del judío?! Buscad, levantad cada ladrillo de esta ciudad que os da la razón de vuestra vida. ¡Encontradlo antes de que termine los festejos de la coronación o seréis vosotros el pasto de las alimañas sin siquiera estar muertos! Quedan seis días para ese momento, ¡no volváis sin su cuerpo cargado de cadenas!

Mientras todo esto ocurría había ya transcurrido una semana desde la muerte de Abu Yusuf; en el barrio judío Tello se mantenía oculto durante los largos días en aquel pequeño lugar de perfecta factura para ocultar los bienes materiales, pero cruel horno para un hombre de su talla. Las noches se transformaban en sueños inconfesables durante las eternas esperas diurnas hasta llegar a predecir los inminentes golpes suaves sobre la pequeña portezuela disimulada como cubierta de arcilla. Esos toques anunciaban a Zahía, los cuidados de su ángel de la guarda, esas pequeñas conversaciones en susurros bajo el cielo estrellado sin poder verse las caras, imaginando su rostro a través de la silueta que perfilaba la penumbra mientras llegaba su aroma a mujer perfumada de princesa para él. Cuando se iba y quedaba un breve rato a solas con las estrellas respirando el frío y seco que traían los vientos del desierto más al sur se preguntaba qué ganaría escapando hacia su hogar, quizá la muerte dibujada por un acero musulmán, quizá la muerte por la sed y la insolación de una cruel travesía a traves de inhóspitos eriales, quizá alguna muerte como las descritas pero de algo estaba seguro, encontraría la muerte segura por perder aquella ensoñación con nombre de mujer…



2 comentarios:

Lúcida dijo...

Bonita historia de amor se va tejiendo.
Nuevamente, gracias.

Armida Leticia dijo...

Desde México, te dejo un saludo, que pases una ¡Feliz Navidad!