martes, 30 de diciembre de 2008

Entre Alarcos y Las Navas (28)

Pasaron raudos los días desde que dejaron las dunas en su regreso al campamento, poco después de aquél mágico instante fueron las dunas las que les dejaron a ellos, continuando su lento vagabundeo por aquellos inhóspitos parajes en los que si algo era cierto era que nunca habrían de encontrarse en una escena como aquella.

Corría el mes llamado por los musulmanes como Xaual, el Ramadán había terminado con las fiestas propias de tal evento. Hacía ya dos días que habían partido de Tlemecén, las treinta leguas que los separaban de la ciudad les llevarían al menos una semana en la que debían mantener sus identidades de la misma forma que hasta su llegada a Tlemecén un mes antes. Los silencios, las miradas eran ahora distintos, se sabían amados entre si, se sentían unidos por las ligaduras invisibles que nacen y se mecen tirando del corazón del uno sobre el alma del otro. Había sido un mes en el que la pasión se desbordó inundando un erial seco, provocando que unas dunas a otras se uniesen y rebelasen contra el viento para proteger aquella tienda del mundo real que soplaba tan vital como ellos ahí fuera.




El tiempo seguía corriendo en un viaje cómodo, el Califa había castigado a los Galla, la vieja Cartago ya era de nuevo almohade, Trípoli capitulaba en pocos días. Todo esto dio alas a los Sabrum para alcanzar Oran y preparar la travesía hacia Málaga. La llegada a la ciudad portuaria fue espectacular, Zahía casi no recordaba su visión del viejo Mediterráneo, hijo de Tetis; su venida desde Lucena no había sido sino una huida, un exilio obligado por el califa hacia Marrakech. Ahora, aquella visión de la luz reflejada desde esa masa viva como espejo del sol turbó su ánimo, detuvo su camello sobre el alto de la loma que daba paso al camino de entrada a la ciudad una legua mas abajo para contemplar y asumir que la vida le daba un nuevo reto, una nueva oportunidad de recuperar su identidad escondida entre los muros de barrio judio de Marrakech. Descabalgó casi como un ser inanimado mientras no dejaba de mirar la calmada superficie del ancho mar. Tello se mantenía a su lado sin que ella se diera cuenta. La brisa floja del norte le devolvía un olor a mar casi nunca conocido por él, hombre de tierra adentro. Cerró sus ojos, quería recordar el momento del paso en el que la luz del desierto se tornó en brillo y destello de mar inmensa, camino de mil destinos.
Entraron en la ciudad bulliciosa donde les esperaban los agentes de los Sabrum que sin demora los condujeron al puerto. La bahía enorme que se abría hacia la mar parecia querer devorar la luz del sol para ella sola sin dejar nada al resto del mundo. Al oeste una enorme peña delimitaba la bahía donde las naves del Califa mantenían a raya a la piratería, era la base naval de Mers el-Kebir que el que esto les escribe hoy llamamos Mazalquivir donde ondea la bandera de nuestro Señor el Rey Don Felipe. Orán era un enclave comercial muy importante con Alandalus y el resto de Europa y había que protegerlo, fuese quien fuese quien allí goberbara lo tenían claro.
Los Sabrum no disponían de ningún edificio en Orán, pues prefreían la seguridad de Tlemecén para sus almacenes a resguardo de los piratas. Por ello cabalgamos lentos pero de forma directa a través del bullicio de la ciudad hasta alcanzar el puerto. Allí una nave esperaba nuestra llegada. Era una pinaza, sus tres palos en un bajel de tan pequeñas dimensiones le daban un aire gallardo y hasta algo exagerado en sus pretensiones. Su orgulloso capitán nos recibió a bordo. No había mucho espacio para los tripulantes. Todo el espacio era para la carga bajo su única cubierta y para las velas que debían dar alas a aquel navío frente a tormentas y piratas. Dos pequeños pedreros hacían de defensa a cada banda del pequeño bajel, eso y los brazos de quienes a bordo se encontraban.
- Bienvenido a bordo Hijo de los Sabrum, vuestra nave esta lista para recibir las mercancías, todo lo demás esta presto para zarpar con la marea del alba.
- Querido Elian, cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos abrazamos. Cuéntame, ¿cómo están las cosas en Alandalus?. Mi buena Javiva y yo deseamos retirarnos pronto a Málaga, nuestros hijos ya son capaces de mantener el negocio y nosotros deseamos descansar los años que nos queden de vida.
- Mi buen Mulay, las cosas se mantienen calmadas. No sé si en Sevilla, que mas cerca está del poder las intrigas sea todo mas incierto pero en tu Málaga todo se mantiene en paz. Bien sabes que es un buen puerto y a todos interesa su protección.
- Eso me tranquiliza. Elian, esta vez la carga que has de entregar en Málaga lleva dos bultos algo especiales que son estos dos hombres de los que mejor no sepas sus nombres. Ellos no te molestarán y se irán en cuanto los cabos hagan firme en Málaga. No he de decirte que este porte especial y discreto lleva un suplemento en nuestro acuerdo comercial.
- No has debido decirlo, Mulay. Muy bien, venís de parte de Mulay Sabrum y tal cosa es bastante. Este bajel de nombre Mazal es vuestro desde este momento. No entorpezcáis la carga y será la cubierta del castillo de popa a babor y cercano mi pequeña cabina donde descansaréis las singladuras que la travesía lleve hasta Málaga. ¡Shalom!

Los dos hombres les dejaron en medio de aquel hervidero de hombres, cabos, puntales con sacos apuntando a las entrañas de la pinaza. Recorrer éste no les llevo muchos pasos, pues era un mundo inmenso y desconocido pero al mismo tiempo minúsculo frente al los mares de arena surcados durante tantos meses. Intentaron pasar desapercibidos durante el día hasta el atardecer en el que la carga estuvo lista y estibada. Elian había dado orden a toda la tripulación de estar a bordo antes de que la luna, aquella noche en cuarto menguante, apareciera sobre el horizonte y salvo un marinero que nunca embarcó todos cumplieron con tal orden.

A excepción de los hombres de guardia el resto de la dotación, incluidos Tello y Zahía dormitaban sobre la cubierta o tal cosa intentaban. La noche era su manto, las estrellas eran solo testigos de sus miedos. Su tierra estaba a un paso que habían de dar, 80 leguas de viento y mar, ocho días u ochenta años, solo de esto sabrá el viejo Poseidón …


3 comentarios:

Armida Leticia dijo...

Saludos desde México, deseo para ti, y tus seres queridos: Salud, dinero y amor para este 2009 que ya está a la vuelta de la esquina.¡¡Feliz año nuevo!!

Un abrazo.

JoseVi dijo...

Estoy en el trabajo y no puedo leer toda tu entrada XD. La leere al año que viene. Desearte feliz año nuevo y que disfrute esta noche :) Tendre la tarde ajetreada, arreglarme e incluso cocinar con amigos XD.

Un fuerte abrazo, feliz año nuevo

Lúcida dijo...

Ya se echaba de menos un navío en tu relato.

Voy rauda por el 29, eso si, siempre con Peter.