Con la aquiescencia de don Juan de Arana decidimos establecer nuestro campamento, durante al menos dos semanas, ha

Pasaron varios días sin ataques, las tropas sanaron y Don Fadrique se restableció ya tullido y con un humor de perros, cosa que Don Sebastián Vizcaíno me confirmó ya tenía con ambas piernas. Tanto el maestre tullido como mi señor, Don Juan, entablaron buenas migas, cosa que no me dio grandes elogios hacia el tullido. Don Juan convocó una reunión a la que los cuatros nos vimos enfrentados.
- Bien, caballeros. La derrota habremos de olvidar, pues es hora de recuperar la iniciativa y dar el justo castigo a estos ignorantes del verdadero Dios.
- ¡Si señor! ¡Ese ha de ser el proceder antes semejantes bárbaros, cobardes en su emboscada y ruines en su avidez de sangre española!
- Perdonad mi atrevimiento maestre Román, no hay mejores hombres ante una emboscada que los nuestros en Flandes, ni aguerridos y bravos guerreros en un abordaje que nuestro marinos. Solo habéis de preguntar a los holandeses o a los britanos cuando estos últimos enseñan la popa ante el mínimo atisbo de lucha entre penoles.
La mirada de Don Fadrique terció en banda de picas, su piel enrojecida bramó
- Caballeros, dejemos a nuestros enemigos el valor de su arrojo y no permitamos que nos dividan por tan pequeña disputa.
- Don Sebastián lleva razón en sus palabras. Dejemos tales ofensas sin sentido y continuemos con lo que verdaderamente nos interesa. La situación parece ya normal. Los hombres que tenemos listos para continuar son ya mil quinientos, por lo que dispongo que con mil partamos Don Fadrique y mi persona hacia la capital, mientras vos, Don Martín y vos, Don Sebastián, permaneceréis con los demás para mantener ocupados a los posibles enemigos durante nuestra marcha. Quizá recuperemos algún hombre más en vuestra espera que no ha de ser menor de una semana y mayor de dos.
Iba mi carácter y mi espíritu, cada vez mas enconado hacia la persona de Don Juan por tantas otras razones, a responder ante tal estúpida estrategia, cuando un gesto de Don Sebastián me hizo retroceder.
- Bien nos parece, que ambos caballeros de relevancia sois para nuestra España y nuestro Virrey y tal escolta merecen vuestras personas. Nosotros os cubriremos la marcha y antes de dos semanas alcanzaremos la capital.
El rostro de don Juan era una mezcla de sorpresa, enfado y asentimiento.
- Bien dicho queda, o así lo parece. Esta misma tarde partiremos hacía la Ciudad de México para dar cuenta al Virrey de la situación. Don Martín, considero que Sebastián, su
Alférez dirija nuestras tropas hasta allí.

Con el atardecer, en la cobarde oscuridad pude ver alejarse a nuestras gallardas tropas al mando de dos hombres a los que ya nunca tuve por bravos españoles, sino verdaderos cortesanos que al amparo de la noche huían. Aquella mala imagen quedó borrada al instante, quinientos bravos, Don Sebastián Vizcaíno y yo nos valíamos ante cualquier reto que Nuestro Señor pusiere frente a nos. Montamos las guardias como era menester; sin cirujano mas parecido a carpintero, pero con las pocas nociones que había aprendido entre los pobladores de aquellas tierras fuimos recuperando a los heridos y dando cristiana sepultura a los que abandonaban aquella tierra aún indómita a pesar de nuestro dominio...