domingo, 1 de junio de 2008

Salvado por el Sueño

Caminaba bajo una lluvia que no cesaba de golpearme de forma continua. En fugaces relámpagos podía atisbar las cortinas que dibujaban al caer golpeando las hojas y las ramas en medio de esta isla oculta en la inmensidad del océano. Por el machacado reloj que resistía en mi muñeca hacía unas dos horas que había pasado el mediodía, nadie me creerá pero les juro que era noche cerrada.

Caminaba ahogado entre las ropas empapadas, las botas pegadas ya como segunda piel, deshechas por el trote, semihundidas en un terreno pantanoso. Al fin alcancé la playa que, a pesar del color del cielo y mar oscuro como las esperanzas de sobrevivir, mantenía ese color blanco y ese tacto suave de una verdadera playa del Pacífico sur.
De pronto un golpe inesperado me detuvo, sonaba a una bombarda, un cañonazo o algo parecido. Me arrodillé sobre aquella arena empapada de agua dulce resignado a esperar lo que deparase el destino. Había naufragado procedente de un extraño artilugio volador sobre el que me dejé convencer para subir y huir de la realidad. Un huracán, o eso me pareció a mí, nos estrelló en medio de esta isla tan extraña.

Como les cuento, seguía arrodillado sobre la playa, estaba solo, no había supervivientes, solo esperaba mi fin. Quizá ese cañonazo era el preludio de aquello, ¿por qué no un bergantín cargado de piratas me iba a capturar como divertimento y comida de tiburones? No se confirmó tal cosa, la explosión fue cada vez más frecuente; en mi estado físico y anímico todo me daba lo mismo, por lo que “al arrullo” de tales explosiones me acurruqué y temblando me fui durmiendo esperando no despertar jamás.


Se imaginarán quienes esto lean que no fue aquel mi último sueño, el definitivo. La tormenta amainó antes de la verdadera anochecida, aunque de esto me enteré después, abrí los ojos encontrando frente a mi dos rostros cálidos y sonrientes iluminados por el resplandor de una hoguera vivificadora. Eran ellos, a los que había dejado obnubilados con el Capitán Nemo; ahora lo recordaba, me habían dejado en sueños por él, se habían embarcado en su submarino abandonándome en aquella terrible isla de oscuridad donde creí mi fin llegado.

Una sombra se movía tras ellos que lentamente se fue acercando descubriendo un rostro anguloso, serio y algo marcial. Desde aquella equidistancia entre la luz de la hoguera y la oscuridad de la noche me hizo un gesto con su mano enguantada en negro para acompañarle. Con ayuda de aquellas dos almas me incorporé y nos alejamos de la luz de la hoguera para desparecer en la oscuridad de los sueños mientras el volcán, que era lo que producía a aquellas explosiones continuaba en su afán por ser escuchado allende el horizonte.

1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Aquí también un volcán se despertó, enfurecido anda pregonando su dolor.
Por suerte, siempre hay un sueño que anda tras nuestro, para salvarnos. Pregunta. ¿Recuerdas tus sueños?
Excelente relato, Josu.
Alicia