lunes, 26 de noviembre de 2007

El Hielo del "San Telmo" (3)

... desde la popa del navío podía observar la maniobra de remolque, aquel cable de vida, como el cordón umbilical de un niño en el cuerpo de su madre era toda su esperanza. En esos momentos Desde mi privilegiado puesto de “transporte” podía observar todo de un forma extrañamente lenta. Abstrayéndome de lo demás, sin sentir el agua heladora que empapaba mi uniforme, ni los duros vientos cortando la piel del rostro, parecía un sueño malparido por la infernal madre de satán.
Aferrado a la balaustrada a proa de la rueda del timón contemplaba aquel espectáculo agónico con las dos naves próximas. Desde la “Mariana” comenzaron a botar la lancha del comandante para intentar acercarse al “San Telmo”. Aquello era un suicidio, fue rozar la mar y una masa de agua blanca, casi sólida por el frío, la deshizo en cientos de maderos contra el costado de la fragata. El bramar del vendaval no permitía escuchar los gritos de auxilio de aquellos hombres, aunque eran perfectamente claros y traducibles a la mente y entendimiento de un ser humano que los pudiera observar en tamaño trance. Después del rescate de los naúfragos, nuestro navío había abatido una milla mas al sur. Se podía oler la letal fragancia de los hielos.

La “Mariana” no se dio por vencida y, previa señal de maniobra, puso su aleta de babor al viento, su intención era la de lanzar varios cabos según pasara jugándose sus penoles contra los del “San Telmo”. Desde mi puesto sólo me quedaba aferrar la balaustrada con firmeza y desear que al menos una maroma cayese de nuestra borda.
- ¡La tenemos, Capitán!. ¡La tenemos!
- ¡¡¡Firme!!!

Aquella voz quebró los cielos oscurecidos por el hielo vengador. Hicieron firme el cabo sobre el cabestrante del ancla y, con una señal a la fragata, esta viró a estribor para ganar lentamente barlovento a la incógnita que amenazaba mas al sur. De forma lenta, cabezona, como un bebe que se resiste a pasear con su madre, nuestro navío comenzó a segur su estela imaginaria, pues nada había de aquello entre los dos barcos.
- ¡Hagan firme el cabo y larguen dos más a la Fragata!

Aquella dura situación ya no era igual, las cosas no estaban mejor, navegábamos en un navío sin arboladura en firme, tan sólo quedaba el trinquete a punto de ceder a merced de los vientos, pero al menos una pequeña brizna de vida fluía por aquella maroma. Lo peor estaba por llegar, y llegó, vestido de dos enormes olas que entraron barriendo la cubierta de la fragata, ocultándola de nuestra vista para después engullirnos sin piedad, el estruendo del trinquete sobre cubierta arrastrando aparejos, hombres y todo lo que quedaba por cubierta fue todo lo que vi hasta que, como si de un espectral cuento de terror, la visión resultante me paralizase con mi espalda pegada a la rueda del timón....

1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Una visión con puntos suspensivos.
Un desastre que puede llegar a ser peor?.
Me quedé deseosa de poder continuar tu relato.
Un abrazo.
Alicia.