jueves, 3 de abril de 2008

Mas vale morir una vez (15)

…14 de enero de 1597
Hace ya varios días que arribamos a Acapulco, todo lo que me contaran los marineros sobre la villa fue poco para lo que realmente inundaron mis ojos. La luz de la bahía parecía multiplicarse, la villa no era muy grande aunque se ve que vive en continuo crecimiento. Además nadie duda que los britanos intentarán atacar cualquier lugar donde la riqueza del Rey y el reino de la Iglesia verdadera campen libremente y este es uno de ellos. Al día de arribar las autoridades nos recibieron con todos los honores, Don Pedro entregó los documentos de parte del Gobernador de Filipinas para su entrega al Virrey de Nueva España. Un correo partió con ellos a uña de caballo hacía la capital.


- Don Martín tenemos al menos una semana hasta que retorne el correo con la respuesta del virrey, si es que la hubiera. Así que vayamos a celebrar que nuestro "San Gerónimo" nos trajo sanos y salvos.

Dejamos el galeón que había sido nuestro mundo durante cinco meses bajo la responsabilidad de Maseda y nos adentramos por las estrechas callejuelas de la ciudad. Desde lo alto del entrante sobre el que descansaba el apostadero, un pequeño fuerte dominaba la vista. “Algún día construirán algo de más envergadura”, pensé mientras aquellas callejuelas me retrotrajeron a mis correrías de pequeño bravo por las callejuelas de Madrid, hasta que topé con quién me diera la oportunidad de alcanzar esta tierra aún libre de cortesías y cortesanos, aunque me temo que no por mucho tiempo más. Dos esquinas de mampostería mas dobladas y dimos con la taberna del puerto, oscura y de difícil acceso como tantas otras antaño recorridas. Me negué ante Don Pedro a entrar con excusas de incierto argumento,
- Vamos Don Martín, ¿ya no recordáis que sois Don Martín, Caballero de la Jornada de Salomón? ¡Ja! ¡Ja! Vamos, que no se hagan comentarios de un hidalgo como vos rehuyendo la entrada a un bar de poca monta.
- Como queráis.

Entramos, comprobé que nada había cambiado, realmente no habían transcurrido ni siquiera dos años desde que huí de aquella otra taberna. Esta era casi de planta octogonal, aunque los templarios habían mudado por bebedores adictos a las barajas marcadas. Había tres mesas con sus jugadores, a los que las dos mesoneras, de belleza indefinible por la pobre luz de cuatro candiles servían, no se sabe si las jarras de vino o sus vergüenzas mundanas sobre las mesas grasientas mezcla de vino, resto de comida y sudor. Nos acercamos a la barra donde un hombre con la cara marcada por alguna deuda no saldada nos atendió bruscamente.
- Vino y jamón, solo eso tengo, caballeros. Decídanse
- Ponga una jarra del mejor que tenga, el jamón lo veremos con la prueba del vino
Con una mirada de desdén nos puso la jarra de formas bastas con un golpe que salpicó a Don Pedro en su único traje presentable que le quedaba. El hombre con el mismo desdén no dejó los dos vasos. Don Pedro se enfadó, pero no me dio tiempo a detenerlo. Estaba claro que aquello era la trampa justa para desvalijarnos.

- ¡Tú! ¡Villano! ¡Has manchado mis ropajes! ¡No te enseñaron a servir a un caballero!
La suerte estaba echada, dos hombres que estaban simulando seguir el juego de naipes en una mesa se levantaron acercándose con miradas amenazantes. El tabernero se aproximó directo a Don Pedro.
- ¡Oh, majestad! ¡Perdonad mi atrevimiento!¿Llamaréis a la guardia del Virrey? ¡Tomad este trapo y lavaros si sabéis!
Le lanzó un trapo mugriento empapado en un líquido nada agradable que lo manchó por completo. Don Pedro desenvainó, yo desenvainé, no había otra opción. Los dos hombres se lanzaron en pos nuestra, mientras a traición, el tabernero rompió la jarra de aquel vino agrio en la cabeza de mi amigo que se defendía de uno de los matones. Don Pedro cayó al suelo y quedé yo como tantas veces. Los matones, en verdad eran de poca monta y sus estocadas no tenían peligro verdadero. Temía más mi espalda que sus rostros. A un descuido del más alto al retirar su brazo de un estoque suyo al vacío, le clavé mi espada en el muslo mientras lograba detener el estoque del matón mas bajo con mi fiel vizcaína. Con la mano tapándose la herida fue retirándose del campo de lucha, así que me centré en el bajo que luchaba mal pero con el miedo en el cuerpo y eso es un acicate que puede llegar a salvar la propia vida. La expectación por parte de los parroquianos era propia de los entremeses del teatro en medio de la Capital del Reino. Eso sí, afortunadamente nadie ayudaba a estos matones, en eso creo que quedaba demostrado que el mundo no es lo suficientemente grande para que las actitudes humanas difieran en demasía.

Continúo con la lucha. Mi cuerpo llevaba dos años de duro entrenamiento en combate y sufrimiento, sin hablar de la experiencia de años de bravo; aquel bajito no estaba acostumbrado a tal nivel en el batimiento, así que fue menguando su confianza hasta que apoyó su espalda en el pilar de madera que sujetaba parte del bar en su parte central. Con un giro rápido de muñeca sobre el filo de mi espada desarmé su brazo y marqué con decisión la punta de mi espada en su nuez, hasta que un hilillo de sangre comenzó a brotar de ella.

- ¡Escúchame bien, hijo de rabiza britana! ¡Escuchadme bien, todos! ¡Yo, Don Martín de Oca, estoy aquí de paso con rumbo a El Callao; pronto me iré, pero eso no habrá de ser óbice, valladar o cortapisa para hacer valer nuestro derecho a ser respetados en esta villa del Rey, Nuestro Señor! ¡Si hay algún hombre que en este tugurio malparido quiera probar el acero de un bravo del Rey, hágalo ahora o lárguese con viento fresco con los demás cobardes! ¡Veo que nadie hay! ¡así que fuera! ¡Menos tú, tabernero de tres al cuarto! ¡Prepara trapos, agua y el mejor vino que tengas!

Como roedores en un barco que zozobra, salieron todos deprisa y en silencio atropellándose entre sí. Mientras, el sucio tabernero con el temblor hasta en su efímera cabellera me ayudó a recuperar a Don Pedro.

- ¿Qué ha pasado? ¡Martin, estáis bien! ¡Gracias a Dios! Mi cabeza, siento como si me hubiera caído el palo mayor entre ceja y ceja…
Con un carro que trajo el tabernero nos acercamos hasta nuestro Galeón. Después de aquel susto nos dedicamos a saborear las tardes de Acapulco desde nuestro galeón, paseando por la playa o asistiendo a las pequeñas fiestas que organizaban los colonos en nuestro honor, pues no solía haber animación y gente de tanta alcurnia por esos lares cuando zarpaba el galeón de Manila. Pasados casi los diez días, un mensajero a caballo acompañado del alcalde de la ciudad se presentó a bordo con las noticias del Virrey. Don Pedro y el mensajero se reunieron en la cámara; mientras, yo departía con el alcalde a proa hasta que salieron de la cámara en dirección nuestra, al alcanzarnos el mensajero del virrey se dirigió a mi
- ¿Es usted Don Martín de Oca?...

3 comentarios:

Lúcida dijo...

La expectación, contra todo pronóstico, va en aumento.
Gracias de nuevo por este gran relato

Alicia María Abatilli dijo...

Un capítulo que presiente un final aún difícil de dirimir.
Un abrazo.
Te sigo leyendo.
Alicia

Armida Leticia dijo...

No sólo he disfrutado la historia aquí narrada, también he sentido un gozo infinito al advertir lo maravilloso que es el idioma que hablamos...