jueves, 17 de abril de 2008

Suave como las Dunas (7)

...El semblante de aquel hombre de porte sereno se tornó de sorpresa, al principio se quedó mirándola, no podría asegurar esto último, pero mantuvieron su mirada mientras ella le hablaba, se decían algo que nunca sabré, maldito Besteiro y sus falsos escrúpulos. Poco después se abrazaron suavemente mientras él le diría lo hermosa que era y que estaba en aquella ocasión; estaba cayéndome aún peor el asiático este. Se acercaron a la barra bajo la carpa de la fiesta y perfectamente pude ver como el camarero les “largaba” dos copazos de ese ron Jamaicano que ella siempre se empeñaba en pedir, “Capitán Morgan”, parecía algo en común como si estuvieran recuperando el tiempo perdido a partir del ron. Lo que daría por tener los auriculares de Jorge para no tener que imaginar aquella conversación.

Se apartaron de la vista, cosa que me dolió; mientras, seguí con aquellas conversaciones informales y sin sentido entre mis colegas que ya se notaban algo cargados debido a la ya "larga" lucha contra la sed. Me agaché como si fuese a atarme los cordones de los zapatos
- Jorge. ¿todo bien?
- la cosa pita, no se si conseguirá la llave pero pita, vaya que si pita.
- ¡Cabrón! Y yo aquí con tanto panoli alrededor.
- Anda, que vas como un tiro desde que llegamos aquí. No te lo creías ni tu. Para panoli la cara que llevabas ayer del brazo de ella.
- Vale, vale. ¡Hala, sigue controlando!

Seguía esperando, con la excusa de la copa vacía me acerqué a la barra, no se les veía por ninguna parte.
- Ron y Coca-Cola. “Capitán Morgan”, por favor.

De pronto aparecieron los dos algo acaramelados, ella se sacudía las manos de él con una sonrisa fresca y rebosante de hipócrita y placentera situación, o eso era lo que yo quería creer. No me dio tiempo a que unos celos sin derecho a crecer creciesen, pues ella me vio y con un gesto de sorpresa perfectamente ensayado le hizo otro a él de espera y se aproximó hacia mí. No la veía a ella, mis celos dirigían la mirada a la de él, estupido rival virtual concentrado en el contorneo de su sensual espina dorsal al descubierto.

- ¡Carlos! ¡Mírame a mi y deja que babee! Cuanto mas mejor.
Mientras se acercaba, acabó pegándose a mi para poder hablar conmigo con la excusa del ruido. Me dejó caer algo metálico entre mi pecho y la camisa, que cayó como un plomo hasta quedar semienterrada en la cintura de mi pantalón, a modo de una daga fría y envenenada según sentía su voz y olía su perfume tan cercano.

- Me iré con él por ahí, si tuviera algún problema Jorge estará al otro lado. Todo tuyo en la planta de acceso bajo la escaleras como dijo el sierpe. Suerte. Le diré que me lleve a casa, que paso de ti, no estas a su altura.
- Gracias por el cumplido.
- Lo es, no lo dudes Carlos.



Y así se fue , esta vez la espalda me tocó a mi, pero creo que mi mueca al oír eso se transformó en sonrisa y hasta en carcajada muda. Poco a poco me alejé hasta alcanzar el hall y, con la excusa del baño, ver la posibilidad de entrar en esa especie de oficina oculta. El guarda ya se dejaba querer por algunas "locas" embebidas de espirituosos licores y algo ya salidas por aquellos músculos, que prometían placer a bajo coste a miles de Km. de sus honrados hogares. Esperé mi oportunidad y en un “golpe de grupa” que
la mujer del embajador canadiense le dio al pretendiente, me lancé con éxito entrando en aquella cueva sin luz. Agachado palpe y escuché hasta encender la estilográfica que por su lado de escritura alumbraba como un pequeño faro alejandrino. Era un despacho con tres puertas, una por la que yo entre, otras dos justo detrás de la silla del despacho. Sobre la mesa había una carpeta con el texto en “Lao” que decía, objetivos sagrados, antes de abrirlo seguí barajando el despacho sobre el que descansaba la enorme escalera. Eran paredes limpias decoradas de un estuco veneciano recargado de color rosado. Dos cajones era todo lo que había en la mesa y cerca de la puerta de la derecha, según yo lo miraba, un armario sin cerradura que guardaba algunas ropas con olor intenso a naftalina de no haber sido abierto hacía mucho tiempo.
Abrí el dossier, había dos pasaportes falsos afganos, direcciones en árabe, un sobre con mas de tres mil dólares y dos documentos lacrados en los que seguramente estarían las instrucciones para algún iluminado cabecilla. Encontré las fotos de nuestros comandantes y los mapas de ubicación de sus células y nuestra base en Herat. ¡No habría mas de 50 km. entre ellos y nosotros!

Aquella estupenda estilográfica ahora por la parte contraria, riánse del James ese britano que solo sabe beber martinis agitados, me sirvió de estupenda cámara para inmortalizar todo aquello. Con sigilo abrí cada una de las puertas; ambas daban a sendos pasillos que se internaban en el interior de la embajada, creo que en sentido descendente. Decidí no seguirlas, como pude me acomodé entre las bolas de naftalina, el receptor tras aquel escudo patriótico lo coloqué para que su recepción fuera la mejor posible captando de manera los mas clara posible lo que sucediera y quedara así para nuestros muchachos en Madrid.
Solo quedaba esperar, aunque Elvira no debió ser muy asertiva con sus aspiraciones, porque este orangután se la trajo hasta allí desde una de las puertas. Por lo que escuchaba aquél hombre tan caballeroso estaba fuera de sí. Comenzó a golpearla mientras ella parecía defenderse. Desde aquel cubil en el que me encontraba, resistía mis deseos de salir hasta el último segundo para no abortar la operación. Me equivoqué, no lo sé, pero un golpe sonoro la dejó sin sentido, el ruido sordo y seco de un cuerpo que cae inanimado sobre un suelo de madera, es bastante definitorio de lo que les cuento. Decidí continuar en el cubil. Él, a grito pelado, llamó desde su móvil a alguien y se sentó, solo escuchaba murmuraciones mecánicas como de rezos entre los jadeos de su acelerada respiración.

Al poco se presentaron los que esperaba. De malas maneras les entregó los pasaportes, el dinero, los mensajes y les dio alguna instrucción verbal. Después cambió el tono y con una voz mas marcial les ordenó algo en árabe, que confirmé al instante escuchando el desenvainar de filos metálicos, ¡al carajo la operación!...

1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Se está complicando... Veremos cómo hace el protagonista para resolver la situación.
Felicitaciones. ¿Es tu primavera lo que te tiene tan inspirado?
Alicia