miércoles, 23 de abril de 2008

Suave como las Dunas (10)

...Conduje toda aquella noche, infernal por sentir aún cerca el lugar de la muerte. Elvira se durmió agotada por la situación vivida, el choque entre quien conocía y quien encontró, la muerte sin tapujos, tan sencilla y carente de complejos a esos niveles de subsuelo moral en el que un dios invisible, apoyado sobre las letras de un libro detenido en el tiempo justificaban cualquier cosa en un sentido o en el otro. Mi ánimo estaba en similar estado, pero la atención a cualquier movimiento extraño en aquella carretera solitaria, únicamente alumbrada por los innumerables camiones que hacían la ruta desde la capital a Karachi, me mantenía despierto.

Durante el trayecto hacia Khuzdar las situación se fue haciendo agradable, menos tensa para los dos, los monzones estaban en su agónico final y tuvimos que vadear muchas veces la carretera como si fuera un río desbocado dejando atrás a los sufridos camioneros que cada día de parada era un día más de hambre para sus familias. Nuestro Range Rover devoraba los kilómetros sin piedad, la lejanía en la distancia y en los días fue tranquilizando nuestras almas. Aprovechábamos las gasolineras que encontrábamos en los trayectos nocturnos para recargar el depósito sin tocar las reservas que llevábamos en la trasera del todo terreno. En muchos tramos sin pedirlo, acercaba su mano a la palanca de marchas para que la cogiera. Al principio, con mi habitual incapacidad para detectar los deseos del sexo opuesto no sabía que hacer. La conversación conforme se hacía más y más personal hizo que para el kilómetro 240, mas o menos, ya conociera las líneas de aquella mano izquierda y la profundidad de sus ojos con aspecto de incógnita eterna.

Procuraba circular cercano a los camiones para no levantar sospechas de un coche en solitario a gran velocidad, intentaba aparentar en la velocidad lo que aparentaba el aspecto del vehículo, un trasto usado y de algún lugareño que viajaba de una aldea a otra sin apenas dar los cincuenta kilómetros hora. Así recorrimos la parte sencilla al oeste del Indo hasta alcanzar Khuzdar. Desde allí, las estrellas y el GPS nos darían la respuesta del rumbo a tomar. Habían pasado cuatro días desde que dejamos Islamabad y en aquella pequeña ciudad decidimos hacer noche e intentar quitarnos la costra de polvo y arena húmeda que formaba ya un ropaje pegado como verdadera mucosidad a nuestra verdaera piel. Con mi árabe mesopotámico conseguí de un camellero que circulaba cerca de nosotros que me dijera donde hacer noche. Percibí cierta mirada de sospecha, aunque mis cinco dólares sobre la palma de su mano lo transformó en un gran admirador de los valientes hermanos árabes de la Siria de Saladino, que les traemos tanta riqueza con el comercio. Así que, como ese gran comerciante sirio que nunca fui nos aproximamos un kilómetro mas al este en pleno barrio de los mercaderes, como se conocía aquel amasijo de casas de adobe; allí una casa con un toldo rasgado por el viento del desierto mas al este coincidía con las explicaciones de mi admirador pakistaní. bajamos del coche haciédonos pasar por padre e hijo del mismo Damasco. pedimo habitación con baño, nos entregaron una llave de la habitación, como ducha nos entregaron un barreño de metal como los de las viejas películas del oeste y nos dijeron que en una hora nos subirían el agua caliente y jabón. Todo un lujo oriental.

Sin pensarlo dos veces arrojé aquel envoltorio de túnica maloliente en el que me había convertido sobre el jergón, como siempre empecé bien, las patas infestadas de carcoma cedieron con un estruendo al que siguió una nube de millones de ácaros, tierra y a saber que otros componentes de edades indefinibles en la noche de los tiempos.

- ¡Vaya! Lo siento
- Mas lo sienten mis pulmones. Anda, volvamos a colocar la cama presentable que si no el mulá este igual nos rebana el pescuezo. ¡Imagínate, has destruido de la gran carcoma seguramente descendiente directa de Saladino! No tienes sensibilidad destrozando tesoros históricos de la antigüedad!


La subimos como pudimos justo cuando tocaron la puerta con la bañera de metal y los dos barreños con agua caliente y fría. Elvira seguía vestida para seguir simulando ser mi hijo y se había echado sobre el inestable jergón simulando también dormir. Dos dólares, uno para cada porteador fue suficiente. Vertí una porción de agua fría a la bañera y fui regulando la cantidad de agua caliente para optimizarla y que, sin quemar, fuera agradable. De todas formas el calor de la habitación era casi la temperatura del baño así que no era tan crítica la labor.

- Elvira, cuando quieras, el agua está lista. Mientras te bañas bajaré y vigilaré nuestro coche.
- No te apures Carlos. Me imagino que en tu dilatada vida de espía estarás acostumbrado a ver mujeres ligeras de ropa.
“Ligeras, pesadas, desnudas, acostumbrado lo estaba, si, pero no a verte a ti”, me decía eso a mi mismo mientras la parsimonia de su inesperado strip-tease obligaba a mis ojos a no dirigirse donde luchaba mi deseo. Ella me miraba de forma dulce y sin ningún tipo de pudor mientras a mi el que me quedaba hervía y se esfumaba como el humo de un volcán. Intente evitar aquella situación acercándome a la ventana “amarronada” por la reseca arena mezclada de barro que se pegó tras las últimas lluvias. No pude


- Carlos, ven. Tienes mala cara, ven, por favor, no muerdo y no te haré daño.

Como si de un limitador de pasos se tratara, sentí que se liberaban mis piernas y suavemente me acerqué a ella. No dejaba de mirarme mientras de pie en la bañera, con el agua acariciando sus rodillas, cerca como un sello a su sobre, comenzó a quitarme aquella túnica cargada de barro y maloliente a sudor añejo. Un olor mezcla de su propia transpiración, mezclado por el vapor ascendente del agua y el jabón me transportó a otro lugar en el que las paredes no existían, solo el límite del sonido de su respiración. Sentía sus senos, suaves con las dunas del desierto mientras se desplazan sobre la blanda arena en donde nacen, acariciar mi pecho del que aquel corazón maltratado parecía reventar por exceso de revoluciones. Mientras exploraba su boca lo mas despacio que me permitían mis neuronas, mis manos como expertas topógrafas delimitaban aquella espalda siempre soñada, moldeando la pequeña hendidura que dibujaba su columna vertebral. Sus manos lentas pero decididas, cansadas de rebuscar de caricias mi pelo, se lanzaron sin pudor hacia el centro del mundo en aquellos momentos. En aquel instante, con un gesto suave y decidido la detuve, recogí aquellos dos trapos que querían ser esponjas y le di uno a ella, mientras con el otro comencé a limpiar su cuerpo con suaves recorridos sobre su piel, tersa y húmeda; con una sonrisa luminosa por el reflejo de la triste bombilla en sus labios salivados por mi, comenzó a imitarme.


No hubo tiempo de aclarar aquella espuma repleta de pasión contenida, como una verdadero monzón se desbordó. Nos arrojamos sobre el jergón que terminó por descansar en el suelo mientras los dos éramos una amalgama de polvo, barro, espuma, agua y piel sobre aquella mísera habitación que bien poco nos importaba. Me abrazó como si no fuera soltarme mientras la oscuridad de nuestros ojos sellados por los parpados fue transformándose en la visión de su respiración entrecortada y mi combate por alcanzar el infinito que creí nunca llegaría. Y el infinito nos llegó a los dos mientras una estupefaciente paz nos abrazó...

3 comentarios:

menina dijo...

woww que bello y romántico escrito, un poema.
Saludos Blaz
menina

Armida Leticia dijo...

¡Que bueno que Buenaparte y Elvira por fin tuvieron un momento de puro amor!

Saludos desde México.

Alicia María Abatilli dijo...

Tempestad circulando hasta el infinito.
Me gusta como describes la paz posterior, también el éxtasis previo y el énfasis durante.
Creo que este capítulo completa aquella descripción que hicieras del mar ¿Recuerdas?.
Un abrazo.
Alicia