viernes, 4 de abril de 2008

Mas vale morir una vez (y final)

… Mi sorpresa se tornó en temor por lo que podría ser aquella pregunta. Don Pedro se había quedado parado en el combés dando algunas instrucciones, por la forma de hacerlo tenían todo el aspecto de la instrucciones para la maniobra de zarpar. Contesté

- Yo soy al servicio de vos y de su Majestad Católica
- Tengo este mensaje para vos del Virrey al que debo dar la respuesta que vos tengáis a bien decir.
Me entrego un legajo lacrado con el sello del Virrey. Mientras lo rompía me fui acercando al bauprés donde poder sentarme y sentir al menos el olor de la bahía. El mensaje del Virrey decía así:

“ Por la presente os comunico, Don Martín de Oca, Capitán de la expedición a las Salomón, al servicio de su Almirante Don Álvaro de Mendaña y Doña Isabel de Barroto que quedáis relevado de tal cargo con tal mando en esta.

Por expreso deseo de su Almiranta, debido todo ello a la bravura en la jornada, la decisión y arrojo personal para sofocar la rebelión habida en la Isla de Santa Cruz, por sus demostradas dotes de mando; por todo ello le nombro maestre sin tercio con derecho a paga anual de 5.000 escudos reales.

Además, por el mismo deseo, nos realizará las labores oportunas ante su nueva Majestad Don Felipe III para la obtención del título de Conde de Santa Cruz del Mar de Sur para vos y vuestros descendientes.
Yo, el Virrey
Nueva España, 20 de Enero de 1597

Había otro documento que continué leyendo
“Por todo esto que habéis leído en el anterior documento os felicito y os propongo vuestra colaboración en armas y bagages para la consolidación de nuestra presencia en nuestros puertos más al norte. Necesitamos hombres de su valía, que dejen claro al resto de las potencias donde no deben arribar. Dispongo de soldados que seguro vos podréis convertir en verdadero tercio y proporcionar seguridad a nuestros asentamientos, abrir otras guarniciones que hagan que nuestros colonos se aventuren a establecer sus familias y posesiones, enriqueciendo de esta manera el reino de nuestro Rey. Tendréis todo el apoyo de nuestra parte en pertrechos, dinero y pólvora; aparte del quinto que corresponde a su Majestad, todo lo que vuestra excelencia logre como ganancia será para vos y vuestro tercio.

Espero vuestra confirmación o negativa, en cuyo caso lo lamentaré profundamente pero, Dios
lo sabe, os deseo la mayor de las suertes en nuestro Perú hermano."

Yo, el Virrey
Nueva España, 20 de enero de 1597

Enrollé de nuevo los dos legajos sin dejar de mirar al palmeral que se dejaba acariciar por la brisa frente la proa de “San Gerónimo”. No podía pensar en nada, solo recordaba mi pequeña aldea de Villahoz de las arras del Cid, intentaba dibujar los rostros de mis padres a los que creo que no vería más en la tierra. Las ovejas, Lerma, mis sueños imposibles de cumplir entre la enjuta y agreste tierra castellana. Qué es la felicidad si no es posible compartirla con quien amas, solo sueños reales, pero sueños. Don Pedro, mi amigo, mi verdadero amigo, mi familia actual. ¿Qué hacer? Leguas al norte estaba lo inexplorado, la gloria y la vida, o la muerte con la eterna e inútil gloria postrer. Al sur El Callao, Lima, Cuzco, viejos recuerdos con dolor, pero con la savia nueva de una vida recuperada. Aquel emisario permanecía firmes esperando la respuesta que llevar, el sol caía con rigor a pesar del invierno y su frente brillaba bajo el casco reluciente.
- Esperad aquí, mensajero. Iré a escribir vuestra respuesta.
Hablé con Don Pedro, me sonrió sin decir nada, simplemente me abrazó como si de mi ya se despidiera, mientras se encaminaba con lágrimas en los ojos a cubierta simplemente me dijo, “Suerte, vos os la merecéis toda”, y se fue a preparar la salida con la pleamar del atardecer.

- Aquí está mi respuesta. Decidle al Virrey que en menos de un mes estaré en palacio a sus órdenes.
El emisario partió raudo dejando una nube de polvo tras su cabalgadura. Con el atardecer ya tenía mis pequeños bártulos en la casa de unos colonos que se ofrecieron gustosos a alojarme. Uno de sus hijos menores, Sebastián, con unos ojos que alumbraban por si solos la bahía me acompañó. En él veíame a mi en otras cuitas, en otro hemisferio viendo a hombres con armadura como dioses terrenales; en este caso de seguro que algo de dios tendría yo para el muchacho. Nos apostamos en el malecón que hacía las veces de pequeña contención de los mares furibundos, para ver cómo lentamente nos pasaba por su costado de estribor El "San Gerónimo". Desde el galeón dos salvas rompieron el suave arrullo de las olas calmas sobre el malecón. No pude evitar que nuevas lágrimas brotasen de mi rostro que lo creía seco. Poco después pude ver el espejo de popa del “San Gerónimo” alejarse de la boca de la bahía mientras en él encendían sus faroles.

- ¿Te gustaría embarcar, eh? Hay un mundo por descubrir ahí fuera, Sebastián.

- Daría lo que soy por seguiros, Don Martín.

- Ya, ya. Tranquilo mozo que todo nos alcanza en esta vida y tu acabas de zarpar.



Ya de anochecida me retiré a descansar en la cómoda cama que me ofrecieron. Una vida nueva, nuevas ilusiones, peligros, logros, amores, amigos; no podría explicar cómo se puede alcanzar lo deseado, solo creo que hay que estar seguro de ello y mantenerse en su lucha. Los caminos serán siempre inescrutables para todos, pero no será eso lo que ha de atormentarnos.

Aquí termino esta historia que pretende ser una pequeña parte de un pequeño hombre en la gran montaña que es la humanidad. Quizá si mis manos me lo permiten o si Sebastián me ayuda les relate a ustedes mis peripecias frente a tanta tierra por descubrir, personas por conocer y sensaciones por revivir.
Siempre servidor de vos.

Don Martín de Oca, Conde de las Islas de Santa Cruz del Mar del Sur.
San Diego, a 3 de abril de 1635.

ç
Esta historia que tanto gusto me ha dado escribirla fue real en casi todo. Don Martín ha sido mi otro yo, mi personaje ficticio con quién modelar mis ilusiones, mis frustraciones, mis sueños que son, en definitiva, lo que a uno le da las razones para partir los mares de una vida que a veces es demasiado tosca y sin brillos en su diario devenir. Pues bien, esta historia la dedico a todos los que desde vuestra paciencia me leéis. Sois mi acicate y mi permanente ilusión. Gracias a los que os conozco de piel o de red de redes, a los que no os conozco también.

Gracias a Armida, Alicia, Mili, Jose Luís, Pilar, Ví, Enrique, Lúcida, Ana, Yolanda, mi padre, Galilea, a tantos que no conozco pero que sé que ahí están.






Gracias por estar ahí.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias a vos por compartir vuestra fantasía, vuestro saber y buen hacer.
Gracias por ofrecernos este acogedor espacio donde atrapados por historias excelentes o certeras reflexiones, olvidamos las pequeñas (o grandes) tribulaciones diarias o ponemos un broche perfecto a un día genial.
Vos parecéis disfrutar escribiendo, nosotros volamos con vuestros escritos
¡y es tan hermoso sentirse libres!
Gracias, señor, a vos y hasta muy pronto espero.

Armida Leticia dijo...

Relamente disfruté leyendo esta historia, gracias por compartir tu talento. ¡¡Maravilloso relato!!

Saludos desde México.

Lúcida dijo...

Gracias a ti por hacer volar nuestra imaginación con tus relatos.

Alicia María Abatilli dijo...

Coincido con "anónimo" GRACIAS a vos... Llegaste al final, pero me hubiera gustado que no, que no terminase digo. Quizás eso indique que estoy esperando tu próxima novela. Ufff!, no te dejamos descansar!! ja,ja. Pero es así, exigencia en lo bello, en lo bueno. Imaginaba que el personaje eras vos, así te intuyo. Admirable en realidad.
Te dejo un abrazo gigante.
Gracias por tus palabras finales, pero nosotros somos simplemente un eslabón más, vos sos el hacedor de tu propia maravilla.
Alicia

Anónimo dijo...

Yo ya leí el libro impreso, está muy bien, pero por favor, vos debés corregir los errores. "Más" lleva tilde cuando es adverbio de cantidad, como en el título de la novela, y hay muchos más errores en el texto.
Puliendo estas pequeñas faltas el diamante brillará más.