sábado, 26 de abril de 2008

Suave como las Dunas (12)

...¿Nevaba?. No sólo era el frío del inminente amanecer adornado por los infinitos puntos titilando frente a mis ojos. Faltaban minutos para que nuestro Sol desperezase sus rayos y aquella enorme plancha hirviente volviera a eliminar cualquier arruga en nuestra piel. Comprobé la situación mientras retiraba los detectores de movimiento, la vista era única, un sector circular incandescente se abría paso entre aquella infinita línea arenosa intercalada de arbustos y rocas solitarias. Su aún corto perímetro circular se adivinaba cual sonrisa invertida que aún no había girado conmigo en el brutal vuelco en el que estaba inmerso. Sonreí, recogí la electrónica y encaminé mis pasos hacia el Range Rover donde Elvira recogía y aseguraba el material.

- Elvira, mientras relleno el depósito de gasolina intenta borrar al máximo las huellas, enseguida me pongo contigo
- A ver como me sale, vamos.

Creo que dejamos aquello tal y como lo encontramos, quizá las tristes hojas del solitario chaparral ya no lo estuvieran mas desde aquella noche, donde hasta fue posible la fotosíntesis entre tanta luz y reflejos de soles verdaderos. Había que preparar el paso de la frontera y a ello nos pusimos. Una vez en marcha siguiendo aquel GPS al que ya bautizamos como Lazarillo, Elvira sacó de la guantera la hja de ruta que comenzó a leer,




- Según indica el Sierpe, hemos de alcanzar los 27º 12' norte, 63º 9'este, en ese punto hay una pequeña loma bajo la que encontraréis una cueva donde ocultar el coche . En el interior de la cueva, a unos doscientos metros encontraréis gasolina, agua y varios fardos de lana que debéis cargar en la baca del todo terreno para haceros pasar por mercaderes. Os haréis pasar por padre e hijo, normalmente no hay nadie en aquella frontera perdida en medio del desierto, el pequeño edificio que veréis se encuentra en medio de la “raya” que separa los dos países; es un cuartel compartido al que no quiere ir nadie y los soldados que allí hacen guardia agradecen algún regalo y los eternos dólares que abren las puertas de todos los cielos. En el sobre que hay en uno de los fardos viene la dirección de vuestro destino al norte, en la ciudad de Zahedan. Eso, serenidad y suerte será suficiente para pasar la frontera. Desde allí todo al este hasta alcanzar Iranshahr donde os esperará nuestro contacto dos kilómetros antes, la posición está marcada en GPS, desde allí son 200 km. en camello hasta Chambahar.

- ¡Joder! ¡En camello 200 kilómetros! Menos mas que me leí “Los siete Pilares de la Sabiduría” de Lawrence de Arabia, porque es todo lo que se de esos bichos.
- No es complicado, Elvira. Pero si bastante jodido convivir con su olor ácido, el calor y el traqueteo incesante. Me imagino que será la mejor forma de pasar inadvertidos. Lo mejor es aprender a cabalgar dormido, así te cansas igual pero te pasa mas rápido
- Mira, eso si que lo recuerdo de las largas cabalgadas de aquellos locos antes de la toma de Akaba, solo que no me veo tan loca como él.
- Lo conseguiremos, Elvira. No habrá persa alguno entre la frontera y el avión de vuelta a España que me separe de ti.

Un beso, como un roce áspero de nuestros labios con sabor a arena y polvo hirviente de aquel desierto fue lo que selló aquella promesa al viento. Nos pusimos manos a la obra, en dos horas dejamos listo el Range Rover y nos sentamos al "frescor" de 30ºC dentro de aquella cueva a comer algo antes de dar aquel salto.


Arrancamos en dirección al paso fronterizo, intenataba mantener una velocidad suave de unos 30 km hora, el sudor frío de la tensión comenzaba a imponerse sobre el provocado por aquel calor opresivo. Trescientos metros antes de alcanzar la barrera un soldado con aspecto de recién despertado nos hacia gestos con el fusil ametrallador, mientras con la otra mano se ajustaba el uniforme. Solté la mano de Elvira y le intenté enviar una mirada de calma entre los pliegues de la ropa que sólo dejaban ver mi nariz y ojos. Detuve el todo terreno justo a dos metros de aquel hombre. En mi árabe mesopotámico me entendí con él, examinó la documentación, la carga y me indicó que estacionase el coche frente al pequeño cuartel. Con la tensión ya fuera del propio cuerpo aparqué el coche y seguí al soldado, suponía que el paso siguiente era la “donación” de un buen fajo de billetes acordes al calibre del subfusil. La situación no era muy normal, si nos olvidamos de el aspecto desvencijado del puesto fronterizo compartido, dos soldados iraníes tirados en el suelo con una expresiva borrachera corriendo por sus venas. Otro soldado, esta vez pakistaní y demasiado consciente, me dijo que me sentara de maneras bruscas. Comencé a explicarme mientras intentaba extender la documentación. No me dio tiempo a sacarla de la cartera de piel de camello, de un golpe la tiró al suelo mientras el otro soldado me incrustó el cañón del subfusil en la nuca. Querían robarnos y supongo que matarnos, estábamos solos en medio de un desierto en el que nuestros cuerpos darán de comer a un ecosistema ávido de carne fresca. Les intenté convencer de que mi hijo y yo íbamos a Zahedan, les ofrecí todo el dinero y la mercancía a cambio de la vida.


- ¡Tu vida, perro sirio! ¡Estás muerto, tú y tu hijo! ¡Ahora nos quedaremos con tu coche y nos lo jugaremos sobre tu maldito cadáver! ¡Vamos, fuera!


Salimos fuera, no sabía cómo avisar a Elvira. Teníamos dos "9 milímetros", una en la guantera y la otra bajo el asiento trasero. Tenía que sorprenderles, la situación se apretaba en segundos no podía hacer otra cosa, me tiré al suelo...

1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Bueno se nos está complicando la historia. Ya estoy perfilando algo inédito, no sé bien qué es.
Un abrazo.
Alicia