jueves, 1 de mayo de 2008

Suave como las Dunas (14)

... En cuanto la polvareda volvió a su origen pudimos ver un acceso con el aspecto de la madriguera de un lémur. Fui por la linterna al coche, trinqué un cabo al todo terreno y lo amarré a la cintura, no fuera que entre tanto inesperado evento acabara devorado por algún enorme estómago maléfico de milenarias digestiones. Elvira quedó fuera mientras yo bajaba por aquella suave rampa a modo de escalera que oscurecía conforme me internaba en ella. No podía distinguir nada al principio, la extrema luminosidad exterior había cerrado mis pupilas como las de un gato, poco a poco fui abriéndolas hasta llegar a distinguir todo un conjunto objetos inesperados e incluso pude distinguir una caja que parecía el típico cuadro eléctrico de un edificio. Me acerque a él y gire la llave de base triangular que colgaba de una esquina que liberó el cuadro. A la luz de la linterna mi sorpresa aumentó, en inglés venían rotulados todos los interruptores, fui siguiéndolos hasta encontrar el oportuno rótulo que decía, “main switch”, estaba claro, subí el contactor y la luz se hizo.
- ¡Elvira! ¡Baja, por favor, vas a alucinar con esto!

Aquello era toda una pequeña base secreta en miniatura, encontré las baterías que suministraban aquella celestial luz justo detrás un pequeño generador “Kawasaki” con su correspondiente depósito de gasolina y algún bidón extra “a su vera”. Justo enfrente una puerta de aproximadamente un metro veinte de ancho ocultaba algo que me costó abrir, gracias a Elvira conseguimos llevarla hasta la mitad. Hacía mucho tiempo que aquella estancia no había sido pisada por algún curioso. Recorrimos sus secretos con la linterna penetrando en su oscuridad, sintiéndonos como Howard Carter en su tumba egipcia y mortal. Aquella sala era una estación de comunicaciones de hacía mas de 30 años, sé algo de radios y transmisiones y estaba seguro de que aquellos equipos databan de finales de los 70.

- Esto es una base de comunicaciones antigua, Elvira. Por lo que veo reaprovechada por nuestros aliados, pero está claro que esto fue alguna base secreta cedida en los tiempos del Sha a los yankees.
- No sé lo que harían aquí, pero al menos nosotros podremos descansar al fin.
- Tienes razón. Por el ancho de la rampa creo que hasta podremos ocultar el coche, si no completamente, casi todo y aprovechar el toldo para tapar lo que sobresalga. Antes voy a ver si puedo arrancar el generador.

Así lo hicimos. Aquel “Kawasaki” arrancó a la primera sus 15 Kw., se veía perfectamente que estaba cuidado de forma regular por algún servicio oculto, quizá la misma caravana era la que se dedicaba a ello. Con el generador en marcha puse las baterías “en carga” y bajamos el coche hasta ocultarlo con el toldo que había dejado tirado en aquella arrancada anterior. Fui conectando todos los interruptores que quedaban en el cuadro eléctrico de forma progresiva, lo que fue iluminando diferentes huecos excavados en la gruta que no habíamos detectado con las luces que alimentaban las baterías, en la que encontramos víveres deshidratados, un depósito de agua potable y todo un arsenal de armas cortas y subfusiles. Cuando me di cuenta ya había pasado casi una hora imbuido entre tanto descubrimiento, mientras tanto Elvira debía llevar el mismo tiempo recostada sobre el asiento del copiloto descansando. La observé con placer y un deseo de taparla con una manta me asaltó de forma inexplicable, quizá fuera algo animal, instintivo, no lo sé, quizá simplemente fue fruto de aquel calor algo atemperado en la gruta. Al final decidí hacerlo y taparla de forma quizá paternal, a mi acción llegó su reacción arrebujándose entre la suave manta y el respaldo del asiento. Quizá ese fue otro momento de felicidad de aquella inesperada expedición que nunca hubiera imaginado cuando firmé como agente del CNI. Con la calma y las horas aún para el anochecer me dormí encajonado entre dos sillas viejas de aquel centro de comunicaciones de tonos “setenteros”, propio de alguna película bélica de mi niñez con Gregory Peck al mando de alguna estación Polar.

Pasaron varias horas hasta que un susurro, como una ligera brisa se coló suave en mi oído vocalizando mi nombre. Abrí los ojos frente a los de Elvira, sonreía, no era la que había claudicado bajo el Sol justiciero del mediodía pasado. Cogí su mano y me levanté, el suave run-run del Kawasaki nos acompañaba en nuestro silencio compartido. Las sorpresas me inundaban y yo me dejaba inundar, una estupenda mesa sin radios viejas y cuadernos marchitos por el tiempo con extraños códigos de enemigos vencidos nos esperaba con una pequeña lámpara de gas a “medio gas” y una cena de exquisitos productos liofilizados “made in Frankfurt by NATO”. Solo pude mirarla borroso de felicidad, distinguir su silueta con la de nuestro vehículo destrozado tras ella en contraste y abarcar con mis manos aún dormidas sus mejillas para no parar de besar su piel reseca de tanto esfuerzo contra el sol.

Comimos y bebimos agua de los manantiales alemanes de Apollinaris, “reserva de 2003”, y salimos fuera al frescor del anochecer para esperar a nuestros salvadores. La plancha de madera, junto con algunas mantas viejas, nos sirvió de improvisada tumbona frente a las duras y frías temperaturas nocturnas. Cabeza con cabeza fuimos nombrando a todas las estrellas que se nos presentaban sobre nosotros, como un juego fuimos nombrándolas, Andrómeda y Perseo, Sirio, Polaris. Concursábamos por descubrirlas el uno antes que el otro, justo al señalarle victorioso la situación de Dubhe, me abrazó suavemente mientras comenzaba a besarme dándole la espalda a tanto brillo lejano. El concurso había terminado y mi estrella seguía brillando, mientras aquellos meteoros lejanos agotaban su existencia a millones de años luz de allí...

3 comentarios:

Armida Leticia dijo...

¡Esta historia tiene de todo, lágrimas, risas, amor, aventura, intriga, suspenso...!
¿En que terminará todo esto?

Saludos desde México.

Alicia María Abatilli dijo...

Era el capítulo que esperaba. Me cautivas más y más.
Te dejo un abrazo.
Alicia

Anónimo dijo...

De estos manantiales entre dunas la certidumbre de sus besos hoy, y bajo el espíritu de la Osa agoniza entre sus brazos y renace de su piel tallada de rocio.
La deseaba cercana no ha ni una luna y está en ella.
Un desierto que es vergel.
Alma árida, ávida de deseo que halló su fuente de vida eterna.
Y con los ojos abiertos de par en par de asombro y emoción susurra/o ¡más!