martes, 30 de octubre de 2007

Borodin


El piloto se aferraba a los mandos de su aeronave, un bombardero SB de la gloriosa aviación soviética. La primavera, que comenzaba mañana, era todavía un frío mes de marzo de 1945. El capitán Borodin comprobaba los datos de altitud y velocidad, mientras, su copiloto mantenía los ojos bien abiertos ante las posibles defensas antiaéreas del ejército alemán que defendía de forma encarnizada sus últimas posiciones en su propia tierra.
Desde que subió a bordo de Kristina, que así llamaba él a su bombardero, la foto de su familia iba con él pegada encima de los cristales de la cabina de mando. Lo bautizó, si en la Rusia Soviética se pudiese llamar de esa forma a dar un nombre, así el mismo.

Kristina, su esposa, Joseph y Katiuska, sus dos hijos de seis y cuatro años, le sonreían entre tanta vibración, ruido y olor a muerte. Eso era lo único que lo motivaba desde que le dieron el mando de su avión hacía ya un año. Esa pequeña foto era su todo, su ser, su vida, su razón para arrasar lo que hubiera delante con algún símbolo germano. Nunca llegaba a la base con un bomba sobrante, castigaba a sus artilleros si no hacían blanco en los aviones enemigos, en zonas de mala cobertura germana hacía pasadas en las aldeas obligando a utilizar aquellas ametralladoras para acabar con las vidas de cuanto inocente o culpable pasara cerca de su monstruo volador. Muchas veces ponía en peligro la integridad de su tripulación por hacer mas daño. El odio era su motor, la ira continua en su interior le mantenía con vida.

El Mando General del Ejercito Rojo le había condecorado ya tantas veces que había perdido la cuenta, además eso no le afectaba. Al contrario que sus camaradas, él no vivía la Gran Guerra Patria como cualquiera de ellos, solo deseaba destruir a su enemigo, esto era lo que realimentaba su espíritu. Sus hombres le tenían en medio del temor y la adoración, pero no deseaban estar muy cerca de él. Estaba solo y lo sabía, deseaba estarlo, solo aquella foto en medio de la nieve cerca de su dacha en las afueras de Leningrado le daba el calor que le faltaba, el bramar de los motores era su conversación y la apertura de las compuerta de bombas su alimento.

Aquella foto era lo que quedaba de su vida anterior, su pequeña dacha en Leningrado fue arrasada por las tropas alemanas en su avance relámpago hacia la toma de la ciudad. El llegó tarde para evacuar a su familia, pues su avión aterrizó con problemas y retraso en el aeropuerto de la ciudad. No lo consiguió, intento despegar para al menos defender su familia pero no se lo permitieron. Cuando las defensas de la ciudad consiguieron ganar algo de terreno, las noticias que le dio el comandante de su escuadrón a Borodin fueron terribles, desgarradoras, su dacha fue quemada, su familia murió torturada a manos de soldados finlandeses con ganas de cobrar sus deudas de Karelia. No le quedaba ya nada, ningún lugar al que poder volver, así que solicitó ingresar en el escuadrón mas arriesgado que hubiese, no le importaba morir. Pasó varios meses en los cazas de ataque hasta que le trasladaron de escuadrón según iba mejorando la situación de la guerra. Le asignaron este avión, en el que sus ansias de daño se saciaban mejor, aunque nunca lo hacían de forma completa. La ira y el odio nunca tienen bastante, residen en la mente del enfermo y nunca salen si no los echa él mismo.

Berlín estaba enfrente, comenzó a volar en un descenso prolongado, el atardecer plagaba de cañones de luz y se podían distinguir los pequeños destellos de las explosiones antiaéreas que luchaban sin conseguir defender lo poco que quedaba a aquel régimen sangriento...

1 comentario:

Anónimo dijo...

El odio es el sentimiento que muchas veces sustituye al amor cuando el corazón quiere olvidar