viernes, 22 de febrero de 2008

El Eclipse y su Mirada (3)

... Alcanzamos las primeras rampas de la colina, subíamos escoltados por una guardia de diez soldados armados como para un ataque en toda regla a alguna una aldea reacia a efectuar el pago de sus diezmos y a ajusticiar algunos mansos reacios a entregar el cereal que exigía su señor. La colina estaba poblada por robles y castaños desnudos por la estación, entre el ramaje esquelético podía distinguirse una enorme hoguera en lo alto de la suave loma. Parecía estar viviendo una película de esas oscuras medievales, con piras de herejes chamuscados, voces lastimeras frente a la sempiterna muerte riendo y rondando los caminos. No era una película, era la realidad, este eclipse estaba empezando a no gustarme nada, sobre todo porque no sabía exactamente como volver a mi tiempo, donde al menos tengo claro los peligros y ya estoy acostumbrado a combatirlos si no es posible evitarlos.

Llegamos a la loma mientras aquella Luna ,redonda como un medallón inmaculado, presidía todo el ceremonial, sin saber ella misma que era la invitada principal. La muchedumbre venida de toda la comarca nos abrió paso hasta la zona mas cercana al tosco estrado que los viejos carpinteros del lugar estaban acabando de manera algo chapucera y muy apresurada. El clérigo no paraba de increpar y ordenar a diestro y siniestro con una ansiedad nunca vista. A la derecha de aquel estrado había mandado colocar sobre una roca preeminente la imagen del Cristo crucificado traída desde la misma iglesia de Gauzón. La imagen era un esperpento, si no fuera que por menos de una sonrisa en esos tiempos se quemaba a cualquiera me estaria riendo a carcajada. Descabalgamos de nuestras monturas, el paje de Don Fadrique se llevó los caballos y quedamos todos, hidalgos y siervos, frente a la mirada hirviente del fanático clérigo.

- ¡Arrodillaos, temerosos de Dios!¡Arrodillaos y orad como si fuera el fin de vuestra miserable existencia!¡Nada queda ya mas que la misericordia divina, que sea nuestro Señor el que se apiade de nuestras negras almas!...
Mientras continuaba su arenga ante el mutismo de toda aquella multitud me permití observar todo mi alrededor. Desde Don Fadrique hasta el paje, todo el mundo bisbiseaba alguna oración en castellano antiguo o latín deformado, que no sabría que era realmente. La Luna, blanca como un circo tapado por nieves perpetuas, comenzaba a perder su perfecta continuidad adquiriendo una incipiente concavidad por uno de sus lados. Un color anaranjado oscuro rodeaba aquella curva inversa.
- ¡Ya está aquí! ¡El anticristo! ¡Miserables pecadores, habéis pecado mortalmente, habéis ofendido a nuestro Dios! ¡Esta es su señal, el fin esta cerca!
Aquel loco continuaba asustando de tal forma que algunas mujeres se desmayaron allí mismo, otros echaron a correr empujados por un pánico que quería adelantarse a ellos mismos en una loca huida. Miré a Don Fadrique, que me devolvió una mirada de incipiente incredulidad mientras pasaba el tiempo y la Luna comenzaba a empequeñecer por nuestra propia sombra planetaria. Ya no pude más.
- Don Fadrique, quizá crea que soy un hereje, pero he leído en algunos libros que sólo es un efecto natural y que como viene se irá. Es sólo el encaje entre los movimientos del Sol y la Luna* sobre nuestro planeta lo que hace que nos encontremos entre ellos durante un momento, eso hace que se perciba tal cosa. Créame, ese hombre va a hacer enloquecer a todo el pueblo.

Don Fadrique sólo necesitaba oir eso, era lo que estaba esperando y le importaba poco el argumento.
- Mire, Don Rodrigo, no entiendo nada de lo que me dice, pero mi corazón tiene clara una cosa, ese hombre es el puro diablo y como tal lo trataré.
A un gesto suyo ocurrió algo que parecía premeditado, sus hombres de forma sigilosa fueron adoptando posiciones en todo el contorno de los sumisos siervos, mientras dos de sus hombres de confianza se apostaron detrás del estrado. La luna ya tenía más de la mitad de su cuerpo manchado de negro con un arco anaranjado, cuando una voz hizo el silencio,
- ¡Ya basta, clérigo!
Las cabezas de todos aquellos sumisos corderos bípedos levantaron sus ojos hacia el Señor Don Fadrique, donde la peculiar luz de la luna herida en aquella noche sin nubes se reflejaba en la cruz de su espada. El clérigo, petrificado por lo inesperado de la orden, justo cuando iba a alcanzar el climax en su arenga destructora, no se dio cuenta de aquellos dos hombres que, en una rápida maniobra ensayada, lo noquearon con una buena porra. Con el energúmeno inconsciente, no sólo mental sino física gracias al golpe, y a buen recaudo tras el estrado, Don Fadrique desenvainó su espada apuntando con ella hacia todos los espantados espectadores.

La luna abandono su letargo relajante que cada eclipse le producía y buscó con su mirada de donde llegaba aquel alboroto que estaba alterando su ceremonia periódica y ancestral. Estaba empezando a interesarse por lo que ahí estaba ocurriendo, aquella mancha negra creciente sobre su torso irregular comenzó a molestarla. Al fin localizó a aquel pequeño grupo y les miró concentrándose en un humano vestido con armadura.
- ¡Pueblo de Gauzón! ¡Ya está bien de supercherías, de cantos fatales!
En ese momento la luz de la mirada lunar se concentró en él; quien no se desmayó, se lanzó de rodillas en el húmedo suelo mientras Don Fadrique hablaba y la Luna escuchaba…

1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Es la confirmación de mi comentario anterior...
Mañana te sigo leyendo. Es un placer hacerlo. Apresúrate, necesito saber cómo sigue.
Un abrazo Josu.
Alicia