martes, 19 de febrero de 2008

Visión en Ambar

Tenía entre mis dedos una gota de ámbar, no llevaba el típico insecto milenario en su interior, lástima. Podría ver a través de su naturaleza muerta un trozo de pasado en este presente huidizo.

Su color amarillo tostado me decía que dentro de sí guardaba el calor de unos brillos solares de hace millones de años. Del mismo sol que me calentaba esta calva irremediable que enrojecería de no echarle crema, un astro que lo había iluminado todo, catástrofes naturales, extinciones de especies, caídas de metoritos, demasiadas cosas para un humano simple como yo.
También había iluminado los nacimientos de múltiples civilizaciones, ilusionadas y primitivas al principio, orgullosas después, poderosas gracias al esfuerzo de sus gentes, imperiales mas tarde, guerreras y violentas sobre otras que no tenían por móvil la ambición del sueño de los demás. Al final decadentes, pues es de ley que después de la victoria solo queda la lenta agonía hasta que el volumen, la fuerza exultante de antaño, acabe por amoldarse a su verdadera realidad.

Mientras, Helios, desde esa atalaya eterna continuaba su visión, contemplando algo sorprendido unas veces, otras escandalizado su particular película. Unos hombres con túnicas adorando a unos toscos muñecos de piedra y madera, sobre los que le ofrecían, ¡a él!, sangrientos rituales de servil adoración, en los que prefería que su hermana luna lo relevase. Mas tarde otros hombres con túnicas de otros colores reprendían a estos, mientras quemaban a otros por algunas razones que no alcanzaba a comprender. La historia de la película le parecía aburrida, pero sin saber por qué todos los días sus piernas en forma de rayos le llevaban hasta aquella butaca a modo de condena.
No pudo más y se puso a llorar, sus ojos invisibles por aquel resplandor segregaban aquellas gotas invisibles que sin pudor las ramas de tantos árboles las deseaban para sí, atrapándolas, degustando y digiriendo su energía para expulsarlas entre estertores a través de la corteza como sudor de una piel seca.
Dejé de mirar aquella gota de ámbar, o quizá fue ella la que dejo de contarme aquello, después de acostumbrarme a la luz real pude volver a ver como el sol desde lo más alto me miraba, no sé porque, pude distinguir una sonrisa entre un rostro aburrido y apesadumbrado por ver siempre lo mismo.

4 comentarios:

Un hombre sin importancia dijo...

...lágrimas que encierran tesoros...
..lágrimas que son tesoros..
...tesoros escondidos entre la luz deslumbrante...

AnA dijo...

Las lágrimas ante la imposibilidad de cegarse con la luz son siempre una buena droga, aún más si vienen de la mano de tus palabras.

Con cada nueva entrada me haces surcar mares distintos y ondear miles de atardeceres preciosos.

Cuídate. Un beso.

Lúcida dijo...

Ese tremendo observador que de alguna forma todo lo controla y aún escandalizado sigue observándonos y haciendo que cerremos los ojos ante su esplendor y que soñemos al mirarlo mientras cae.
Saludos

SOMMER dijo...

Esplèndidas fotos para espléndida reflexión de lo insignificantes que llegamos a ser ante la amenazadora y caritativa luz solar. La misma luz que todo lo contempla, que todo lo observa, que todo la juzga y que todo lo condena.